Asalto al fortín económico

Henry Trujillo

SOBRE PIERRE Bourdieu hay muchas opiniones. Algunos lo consideran uno de los más grandes teóricos de la sociología. Otros lo ven como un acaparador de prestigio, explotador de sus colaboradores y manipulador de medios. En los últimos años, fue —valga la expresión—uno de los gurúes de la nueva izquierda, aunque en su juventud hubiera pasado mejor por intelectual de derecha. En todo caso, parece claro que fue un hombre ambicioso. También en su proyecto científico, buena parte del cual quedó por realizar. Y es posible que también haya quedado a mitad de camino una de las apuestas más audaces que pudiera proponer un sociólogo. Subsumir el campo profesional más poderoso de las ciencias sociales —la economía— al de la sociología. Ese proyecto, insinuado en sus primeros trabajos de campo en Argelia, fue abordado más explícitamente en los años noventa, con la ejecución de proyectos de investigación sobre el funcionamiento de la economía de la vivienda familiar en Francia. Fuera una quimera o no, uno de los últimos libros aparecidos antes de su fallecimiento en el 2002 parece representar el postrer intento de realizar esa conquista. Se trata de Las estructuras sociales de la economía.

PUNTO CIEGO. Cuando Bourdieu critica a la "economía", en realidad critica a la escuela neoclásica, y al formalismo matemático de la econometría. Sin embargo, puede aceptarse que los modelos económicos habituales parten de una serie de supuestos que hacen a la propia constitución de la disciplina, y que por lo tanto son difíciles de cuestionar desde dentro. El supuesto, por ejemplo, de que los agentes actúan en el intercambio de bienes movidos por la intención de maximizar su beneficio, que los individuos eligen entre un bien y otro a la hora de consumir, aplicando criterios racionales para diseñar la estrategia que más les conviene. Así pensado, este comportamiento totalmente calculador es en realidad extraño a los seres humanos, pero al mismo tiempo parece una explicación obvia para cualquiera que viva en las sociedades modernas, como si fueran conceptos de mero sentido común.

Que tengan esa apariencia es comprensible, porque en efecto son nociones de sentido común. Un elemento básico en la concepción de Bourdieu (aunque heredera de una larga tradición sociológica) es que las formas de interpretar la sociedad en la que cada hombre vive no son independientes de las características de esa misma sociedad. Las ideas que las personas tienen del mundo se determinan recíprocamente con el mundo social en el que están inmersos. En términos de Bourdieu, el sistema de representaciones sociales y la estructura social misma tienden a ajustarse. Los hombres piensan aquello que la sociedad en que viven les permite pensar, y esto mismo hace más probable la reproducción de la sociedad.

Al señalarse esto, queda en cuestión el grado de objetividad que el discurso científico puede pretender para sí. Dado que es también una clase de representación sobre la realidad, está determinado por la realidad y no puede ser del todo independiente a ella. De allí que sea pertinente preguntarse en qué consiste la verdad de los enunciados de las ciencias sociales. Las respuestas a esta espinosa cuestión acumulan bibliotecas, pero lo que interesa destacar aquí es que el pensamiento económico dominante padece de este problema tanto como cualquier otra forma de interpretación del mundo. O más, porque su propio estatuto científico —respaldado por su posición de "ciencia oficial del Estado"— lo lleva a ser ciego sobre ese punto.

Así, se entiende en qué consiste al final la crítica: si la economía puede suponer que los hombres son átomos calculadores que se mueven en un campo abstracto guiados por el exclusivo interés en su propio beneficio, es porque con la modernidad la esfera de la economía se ha separado del conjunto de los intercambios sociales. En las sociedades Cabilias, recuerda Bourdieu, el intercambio de bienes es un elemento más dentro del conjunto de intercambios simbólicos. Forma parte de una serie de actividades sociales reguladas por la solidaridad familiar y el sentido del honor. Fueron necesarios muchos años para que las personas se conformaran para actuar con una mentalidad calculadora (y no meramente con actitudes de cálculo). "Sólo una forma muy particular de etnocentrismo, que se disfraza de universalismo, puede inducir a dotar universalmente a los agentes de la aptitud para un comportamiento económico racional, soslayando con ello la cuestión de las condiciones económicas y culturales del acceso a dicha aptitud", afirma Bourdieu. Por ejemplo, la aptitud para adoptar la idea del trabajo como actividad que reporta beneficios monetarios o para que surgiera la disposición a la inversión a largo plazo. La separación de la esfera de lo económico no fue natural, por cierto. Implicó e implica todavía un violento ejercicio de poder, especialmente desde el Estado.

HUMANOS, DESPUÉS DE TODO. Establecido esto, el propósito de Bourdieu consiste en reconocer el carácter "empotrado" de lo económico en el todo social. Como tal, el análisis no debería hacerse sin un modelo histórico, que a partir de ciertas regularidades comunes en cualquier sector de la acción humana (en cualquier "campo") permita entender las singularidades de cada acontecimiento económico. El "modelo" de Bourdieu es el que aplicó al análisis de la sociedad argelina en los sesenta, y luego a una diversidad de esferas de la actividad humana en Francia, fuera la literatura (Las reglas del arte), la escuela (La reproducción) o los estilos de vida (La distinción). En pocas palabras, el modelo parte de suponer que los humanos organizan sus prácticas según un sistema de disposiciones no conscientes —el "habitus"— y en función de las dotaciones de recursos culturales, económicos o sociales que disponen —las distintas formas de "capital"—. Para tomar una metáfora usada por Bourdieu (que él toma de Lévi-Strauss) los agentes actúan en la sociedad como jugadores de cartas. Valoran las cartas de que disponen (es decir, las dotaciones de capital que poseen) y las aplican según ciertas reglas de juego. Hay que agregar que el valor del capital, y las propias reglas de juego, dependen de qué se esté jugando. O sea, dependen del campo al que el jugador concurre. Y lo más importante: el juego no está orientado racionalmente en sentido estricto. Así como ocurre con los jugadores de truco, es un "sentido de juego" básicamente intuitivo lo que orienta cada apuesta.

Por tanto, ingresar al análisis de la economía implica estudiar simultáneamente el sistema de disposiciones de los agentes y las características del campo. Esto último significa: estudiar el volumen y la estructura de capital de las empresas que compiten o se alían en cada campo (o en este caso, en cada sector de la producción). El libro Las estructuras sociales de la economía está basado en las investigaciones hechas por Bourdieu y sus colaboradores alrededor de la producción y consumo de la vivienda, pero no se limitan al "estudio del mercado" como simple agregado de productores y consumidores, sino al sistema de relaciones de fuerza instaurado entre los agentes. El modelo puede aplicarse tanto al sector de viviendas, como a los consumidores y las propias organizaciones empresariales. Cada una de éstas, a su vez, puede estudiarse como un campo. Lo mismo las organizaciones burocráticas.

Al mismo tiempo, entender las prácticas de las empresas implica pensar en las historias de los agentes que pesan en las decisiones. De esta manera, los hombres de carne y hueso entran en escena. Porque las empresas, como cualquier organización, toman las decisiones que toman quienes las dirigen. Y estas decisiones nunca son simplemente racionales. El razonamiento, la estrategia calculadora que opta por la mejor línea de producción, es la resultante del enfrentamiento de distintos agentes, cada uno actuando a partir de su habitus, que a su vez es producto de la historia social de cada uno de ellos.

Dado que en general un agente que no tiene un habitus apropiado para el desempeño en un campo particular termina por desaparecer de ese campo, es comprensible que quienes acceden al campo económico estén a priori "ajustados" para comportarse más o menos correctamente en él. De allí que el comportamiento de los agentes aparezca como racional. No porque lo sea totalmente, sino porque su propio sistema de disposiciones lo inclina a ello. Los consumidores que concurren a comprar viviendas, los vendedores de las mismas, los constructores y los funcionarios públicos que diseñan las políticas son lo bastante competentes como para no actuar más allá de los límites que les impone la estructura del campo. Por eso las conductas son ajustadas a las circunstancias. Por eso los compradores rara vez aspiran a viviendas que están completamente fuera de su alcance adquisitivo. No es sólo por falta de dinero. Es porque sus deseos tienden a enfocarse sobre otro tipo de viviendas.

Son los economistas los que, al contemplar semejante milagro, hablan de una mano invisible que organiza el mercado. El mito del homo economicus o la teoría de la acción racional, dice Bourdieu, son la "forma paradigmática de la ilusión escolástica que induce al estudioso a introducir su pensamiento pensante en la cabeza de los agentes actuantes y a situar el fundamento de las prácticas de éstos, sus propias representaciones, espontáneas o elaboradas, o, peor aún, los modelos que ha tenido que elaborar para dar razón de esas prácticas".

HERENCIAS Y OLVIDOS. Si el proyecto de Bourdieu era el de subsumir la economía a la sociología, cabe preguntarse hasta qué punto su "modelo" es capaz de efectuar esa proeza. En principio, las escuelas más recientes dentro de la economía han captado el desfase crónico entre los modelos clásicos y la realidad, y han comenzado a estudiar las particularidades de las instituciones históricas sin considerarlas simples imperfecciones del mercado. En ese sentido, no parece que Bourdieu haya descubierto la pólvora. Además, ya es hora de señalar que la falta de formalización de sus conceptos —habitus, campo, capital—puede deberse al incipiente estado de desarrollo de su teoría, pero también a la carencia de consistencia de un pensamiento a veces más audaz que preciso.

Por ejemplo, la introducción del concepto de habitus dentro de los estudios organizacionales es prometedora, toda vez que amplía el alcance del análisis estratégico clásico. Pero el mismo concepto continúa siendo ambiguo. La sociología debió defender su competencia en el estudio de las organizaciones, como en muchas otras áreas, resaltando la fuerza de las estructuras sobre las características de los individuos, que quedaban, para ella, en un cono de sombra. A lo más, remitida a la caja negra de la "cultura organizacional". En Las estructuras sociales de la economía Bourdieu parece acercarse a lograr el pequeño milagro de incluirlas en un modelo coherente. Pero las "disposiciones" de los agentes siguen siendo una entelequia difícil de separar de otros conceptos como "sentido del juego" o el propio capital cultural.

Tales carencias pueden interpretarse como la consecuencia de abandonar el trabajo teórico en beneficio de la acción pública, a partir de mediados de los noventa. Pero no es obligatorio atar la teoría al autor. Tal vez el mejor homenaje que se le pueda hacer a Bourdieu es olvidarlo como militante y recoger, en cambio, la herencia del gran científico que escribió El Sentido Práctico. Desde ese punto de vista, Las estructuras sociales de la economía podrá ser recordado como su último gran aporte.

LAS ESTRUCTURAS SOCIALES DE LA ECONOMIA, de Pierre Bourdieu. Anagrama, Barcelona, 2003. 286 pág.

Anatomía de una reforma

H.T.

ENTENDER EL papel del Estado ha implicado para las ciencias sociales esfuerzos no siempre exitosos. Por un lado, deben explicar su autonomía en tanto institución legitimadora por excelencia. Por otro, deben dar cuenta de su dependencia de las relaciones de fuerza entre los múltiples grupos que conforman la sociedad. En paralelo, enfrentan el desafío de vincular las decisiones de los seres humanos que conforman el aparato de Estado, y esa capacidad, al menos aparente, de funcionar como un ente con voluntad propia, independiente de aquéllos. Este problema se hace particularmente agudo cuando se trata de entender el papel del Estado en la economía.

Dar cuenta de esas contradicciones es uno de los principales objetivos de Las estructuras sociales de la economía, a través de la investigación sobre los procesos que llevaron a la reforma de la política de viviendas en la Francia de mediados de los setenta. Una reforma de cuño neoliberal, que podría entenderse como la simple consecuencia de una expansión de ese tipo de políticas a lo largo y ancho del mundo.

Cualquiera puede suponer que el fenómeno fue bastante más complejo. El asunto es desgajar los factores que intervinieron. Bourdieu avanza unos cuantos pasos en esa dirección al introducir un modelo explicativo que no es más que la aplicación de su "sistema conceptual" al análisis del campo particular que se constituyó alrededor de la vivienda, y de las acciones del Estado con relación a ella. Un campo donde se enfrentaron poderosos intereses privados —sobre todo los de los bancos, interesados en promover la subvención de préstamos individuales para la compra de casa—, los movimientos sociales interesados en el mantenimiento de subvenciones para la construcción de viviendas de bajo costo, o los propios organismos públicos, muchas veces divididos por intereses contingentes.

El modelo, como siempre, parte de una hipótesis general: las posiciones que los agentes toman frente a la propuesta de reformas dependen de su posición en el campo y de sus disposiciones individuales. Tras localizar a un centenar de estos agentes efectivos (directores de organismos públicos, asesores, parlamentarios, dirigentes de movimientos sociales, etc.), el análisis estadístico permite identificar agrupamientos, organizados a lo largo de tres ejes.

En primer lugar, un eje separa a los altos funcionarios públicos de los agentes que están en la esfera privada o en organismos oficiales de menor nivel. Estos funcionarios, por regla general, se caracterizan por pertenecer a familias con tradición en la función pública, y ser egresados de colegios y universidades de prestigio. Mantienen lealtades de cuerpo que los llevan a identificarse con las instituciones que dirigen o representan, y su capital cultural está basado no sólo en su formación académica, sino en su experiencia dentro de la burocracia.

Este grupo no es homogéneo. Un segundo eje de diferenciación, que atraviesa el primero, es el que separa a los "financieros" de los "técnicos". Y un tercero, fundamental, es el que distingue a los "innovadores" de los gestores más clásicos. Es importante el papel que cumplieron los innovadores en la reforma. No sólo fueron sus más acérrimos partidarios, sino que además lograron vencer muchos de los bloqueos que les oponían los sectores más tradicionales, inclinando el fiel de la balanza hacia el lado de los reformistas. En buena medida, su éxito se debió a que estaban dispersos a lo largo de los otros dos ejes. Es decir, se ubicaban en posiciones en principio antagónicas dentro del Estado, pero compartiendo una serie de características que los llevaron a una concertación implícita de sus acciones. En general, los innovadores eran jóvenes de clase alta, educados en universidades extranjeras y en algunos casos con pasajes por organismos internacionales. "Jóvenes tiburones" al decir de sus opositores más viejos, que se destacaban por su precocidad, su ambición y su entusiasmo. Un perfil similar al de muchos de los jóvenes liberales que asolaron el mundo desde los setenta.

Pero la ambición, la inteligencia y el entusiasmo de los jóvenes sólo se entiende en función de la "precocidad". Protagonistas de carreras profesionales de vertiginoso ascenso, estos hombres crearon una imagen de sí que los impulsó a ser más radicales y audaces todavía. Sin embargo, lo que parecen características excepcionales no lo son en realidad. Sus espectaculares ascensos, en definitiva, fueron la consecuencia de los privilegios inherentes a un origen social alto. Comparados contra carreras normales, es obvio que los éxitos de esos jóvenes parecen hablar de una brillantez personal inaudita.

Y de allí esa imagen de sí tan positiva, que los propios innovadores no dudaron en alentar. Opuestos a los funcionarios de carrera, cuya movilidad se basa en la acumulación de experiencia —es decir, de antigüedad— no dudaron en saltarse muchas formalidades, allanando el camino para la adopción de las reformas en medio del complejo entramado de intereses que constituye el Estado.

En el análisis de los procesos de reforma pública a largo plazo es sencillo caer en el reduccionismo: la determinación de clase, la influencia de las corrientes filosóficas, la propia dinámica interna de las organizaciones son candidatos eternos a ubicarse en el origen de las explicaciones. Próximo por momentos a los trabajos de algunos continuadores de Norbert Elias —en especial Abraham de Swaan— el enfoque de Bourdieu promete dar cuenta de la complejidad del proceso. Eso debería tentar a aplicarlo al caso latinoamericano, donde las reformas fueron particularmente agudas y desastrosas.

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