Antiguos hábitos sureños

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Hugo Fontana

KATHERINE Anne Porter nació en Indian Creek, una pequeña localidad del estado de Texas, algunas versiones dicen que en 1890, otras, que en 1894, y falleció en 1980 en Washington. A pesar de su larga vida, pocos fueron los títulos que dio a conocer, los que bastaron, sin embargo, para colocarla entre lo más selecto de la literatura estadounidense del siglo XX. En 1962 publicó la novela La nave de los locos, que relata un extraño viaje desde el puerto mexicano de Veracruz hasta el puerto alemán de Bremenhaven, que la acercó al gran público. Su repentina fama permitió que en 1965 reuniera en un solo volumen tres libros de cuentos y novelas cortas que había publicado a partir de la década del 30, y por el que le fue otorgado el National Book Award y, cuatro años más tarde, el premio Pulitzer.

Descendiente de una numerosa familia, huérfana de madre desde los dos años, su vida estuvo marcada por viajes y precipitados acontecimientos. Se educó en colegios privados y conventos del sur de Estados Unidos pero a los 16 años se marchó de su casa para casarse con un muchacho con quien vivió apenas tres años. Súbitamente trashumante, se ganó la vida como actriz y bailarina, y en 1918 fue víctima de la epidemia de influenza; estuvo meses internada y a punto de morir. Viajó luego a Nueva York y más tarde a México con la intención de ser testigo directo de la revolución encabezada por Obregón. Pero a pesar de todos esos trabajos y traslados, alguna vez declaró que "a los seis años era lo suficientemente hábil como para redactar varias páginas de una historia que ilustré con lápices de colores y reuní en un pequeño libro titulado `nobela`. Por supuesto, se trataba de una pronunciación errónea de `novela`".

Su corta estadía en México la marcaría a fuego, al punto de que sus primeros relatos, los pertenecientes al libro Judas en flor, tienen justamente como escenario aquel país y sus habitantes, su cultura y su desenfreno, sus pasiones y desesperanzas. Vivió luego en Louisiana, en California y en Chicago, y también visitó Alemania antes de la Segunda Guerra, experiencia que se reflejaría en la novela corta La torre inclinada, en la que un joven pintor estadounidense de visita en Berlín se da de lleno contra los primeros debates étnicos y el irresistible ascenso de Adolf Hitler.

El sur. "No somos realmente dueños de nuestro destino. No dirigimos realmente nuestras vidas sin ayuda y sin impedimentos. Nuestro ser está sujeto a todos los azares de la vida", le dijo a Barbara Thompson en 1953, en una entrevista realizada para The Paris Review. Con esa idea de la vida, Porter dio forma a sus personajes y a sus historias. Desde los primeros relatos de ambiente mexicano, a los sucesivos cuentos y novelas cortas que fueron reunidos en sus Cuentos completos, la autora va pasando de individuos impelidos por una fogosa pero equívoca voluntad, a una serie de personajes atados a su destino, al lugar que les ha tocado ocupar en el mundo, a su condición de hombres y mujeres que por lo general poco y nada pueden hacer por sí mismos

Todo ello la hermana de manera radical con el resto de la literatura sureña, aunque Texas siempre haya sido un estado con características diferentes a los del llamado deep south, más rico y vertiginoso. Las criaturas que frecuentaron las novelas de William Faulkner o Erskine Caldwell, los cuentos de Eudora Welty o los primeros relatos de Truman Capote, aparecen una y otra vez por estas páginas, dibujados con exactitud y fineza. Niños con deficiencias intelectuales, ancianos solos, mujeres que generalmente se disponen al servicio absoluto de sus hombres, extensas y desperdigadas familias donde el matriarcado es gobierno habitual, esos son algunos de los elementos comunes del mundo de Porter, pero no hay en toda su obra ninguna estridencia ni, obvio anotarlo, el menor atisbo de declaración, de actitud panfletaria.

Un personaje en particular, Miranda, quien aparece niña y adolescente en las novelas cortas Antiguas muertes y El viejo orden, y ya una mujer joven en Pálido caballo, pálido jinete, se destaca del resto. Parece en un principio, y efectivamente así lo es en el desarrollo de estas piezas, no solo un alter ego de nuestra autora, sino alguien que protagonizó algunas de las vicisitudes que la propia Porter debió padecer en vida: rígida educación católica, temprana fuga de una de las instituciones de enseñanza, la devastadora gripe, la necesidad imperiosa de reconstruir en la memoria un mundo familiar del que, sin embargo, siempre está a un paso de alejarse.

Es este un libro formidable, una muestra más de ese grupo en el que también destacaron Willa Cather, Flannery O`Connor, Mary McCarthy o Carson McCullers, quienes no se propusieron una narrativa de, ni para, mujeres, sino que simplemente escribieron algunas de las mejores páginas de la literatura universal.

CUENTOS COMPLETOS, de Katherine Anne Porter, Debolsillo, Buenos Aires, 2009. Distribuye Random House Mondadori. 711 págs.

Conocer el mundo

-LA PROTAGONISTA de muchos de sus relatos es definida, y se define a sí misma a menudo, en relación con una organización familiar.

-Sí, pero no fue algo hecho a conciencia, ¿sabe usted? En aquellos días nos sentíamos unidos y vivíamos juntos porque pertenecíamos a una familia. La cabeza de nuestra casa era una abuela, una vieja matriarca, una mujer verdaderamente adorable y hermosa, un alma buena, de modo que no nos hacíamos ningún daño. Pero lo importante es que vivíamos así, con las amistades ancianas de la abuela. Y también estaban los jóvenes, todos ellos mayores que yo; cuando yo era una niña de ocho o nueve años ellos tenían entre dieciocho y veintidós y representaban para mí todo el encanto, toda la belleza y la alegría y la libertad. Estaban también los de mi edad y luego los bebés.

-Usted parece sentir poca de esa preocupación peculiarmente sureña por la culpabilidad racial y la muerte de la antigua vida agraria.

-Yo soy sureña por tradición y por herencia, y tengo sentimientos muy profundos respecto al Sur. Y, por supuesto, pertenezco a esa sociedad blanca agobiada por un sentimiento de culpa, pero ese problema sencillamente no me caló muy hondo. Tal vez no soy lo suficientemente judía, o puritana, para pensar que los pecados de los padres los pagan sus descendientes hasta la tercera y cuarta generación. O quizá ello se deba a mis influencias europeas, en Texas y Louisiana. Los europeos no tenían esclavos ellos mismos, pero pensaban que la esclavitud era una cosa muy natural... Pero ¿sabe usted?, yo siempre fui inquieta, siempre fui un espíritu errabundo. Cuando era muy niña me escapaba a cada rato de casa. Una vez, cuando tenía unos seis años, mi padre fue a buscarme por ahí y más tarde me contó que me había preguntado: "¿por qué eres tan inquieta? ¿Por qué no puedes quedarte aquí con nosotros?" y yo le dije "Porque quiero ir a ver el mundo. Quiero conocer el mundo como la palma de mi mano".

(Tomado de The Paris Review)

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