Al rescate de una Premio Nobel

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Andrea Blanqué

EN SUECIA EL ESTADO ha homenajeado a su gran escritora de varias maneras, entre otras con su imagen en el billete de veinte coronas. Hay museos con su nombre y hasta un premio literario "Selma Lagerlöf", muy ambicionado.

Fue la primera mujer que ganó el Nobel, en 1909. Las malas lenguas pueden aventurar que el hecho de ser sueca, y adorada por el pueblo sueco, la benefició. Sin embargo, no le fue fácil ganarlo. El presidente de la comisión Nobel de la Academia Sueca, C.D. af Wirsén, no soportaba a Selma Lagerlöf. Era un hombre complicado: también había "rebotado" a Tolstoi, Zola, Ibsen y Pérez Galdós.

Con el dinero que ganó a raíz del Nobel, Lagerlöf hizo algo idealista: compró la propiedad de su infancia, Marbackack, con las tierras que rodeaban a la casa natal. Con sus derechos de autor había logrado ya comprar la casa y el jardín, pero con el Nobel, se hizo de la granja entera, que su madre había debido vender al quedar viuda y no saber resolver negocios.

Simbólicamente, ese gesto (los libros salen de la granja y vuelven a ella), la pinta de cuerpo entero. Es una escritora campesina. Nunca lo dejó de ser, a pesar de haberse convertido en maestra, en referente ineludible de la literatura infantil con el mítico libro El Maravilloso Viaje de Nils Holgersson a través de Suecia, y en una activista por los derechos de la mujer y por la paz, luego de la Primera Guerra Mundial.

Murió a los 82 años, y hasta último momento trabajó para la Academia Sueca y ayudó a quienes huyendo del nazismo llegaban a Suecia. También a los fineses aplastados por el oso soviético.

Las dificultades editoriales. El desprevenido lector en español que obtiene un libro de Selma Lagerlöf en la Feria de Tristán Narvaja, quizás sufra alguna decepción. En la España franquista de 1959, la Editorial Aguilar publicó una serie llamada "Los premios Nobel de Literatura". Incluyeron a Lagerlöf, por supuesto, pero la selección es discutible. Por ejemplo, comienza con un libro que hizo mucho ruido, pero que es francamente insoportable: La saga de Gösta Berling. Luego salta al precioso y moralizante El Maravilloso Viaje de Nils Holgersson a través de Suecia, pero saltea (¡elude!) la obra maestra de Lagerlöf, la novela en dos partes titulada Jerusalén. Por suerte, la edición de Aguilar dedica un buen porcentaje de sus 1.282 páginas de letra pequeña y papel biblia a los fantásticos cuentos recogidos como Los lazos invisibles. El volumen termina, como era de esperar, con Las leyendas de Cristo, cuentos muy bien escritos, pero de trama religiosa, donde la Navidad es a menudo pretexto para contar historias.

Gran lectora de Dickens, tal vez la propia Lagerlöf haya descubierto la veta que tiene la Navidad para la literatura, aunque hay críticos que sostienen que todo se trata de una cuestión de mercado: a principios del siglo XX había revistas que publicaban relatos de Navidad a medida que se acercaba la festividad cristiana.

Felizmente, hace muy poco Ediciones B tradujo Jerusalén, la novela amada por Marguerite Yourcenar: la llamaba la "epopeya-río". Es una muy buena versión, completa. En Montevideo se ha visto también la fiel adaptación cinematográfica, de 1995, dirigida por el danés Bille August.

Quien comience leyendo la obra de Lagerlöf con La saga de Gösta Berling, se preguntará una y otra vez cómo es posible que a esta escritora se le haya adjudicado un premio emblemático del siglo XX. Ese primer libro es de un romanticismo totalmente trasnochado. Lo escribe en 1890, cuando la gran novela realista se había ganado a los lectores europeos y el naturalismo estaba perturbando sus conciencias.

En este contexto, sin embargo, la joven y decimonónica Selma Lagerlöf escribe una novela tremebunda a lo Lord Byron, a lo George Sand de la primera época, a lo leyenda de Bécquer, a lo Rosalía de Castro con sus novelones inspirados en el mar. La saga de Gösta Berling respira una gran cantidad de leyendas folklóricas y su personaje es un hombre bellísimo, un ex cura que se alcoholiza en un grupo de doce caballeros terribles que transgreden las normas de convivencia.

El estilo es densamente poético y suena a 1800, salvo por algunos pasajes que recuerdan a Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë, (por ejemplo, cuando la bella hija de un propietario es abandonada en la nieve por su padre, a causa de haberse enamorado de un hombre maldito). Pero los rasgos violentos de La saga de Gösta Berling que pueden hermanarla a la literatura naturalista de fines del siglo XIX no alcanzan para elevar la cursilería de este folletín.

No obstante, esta obra la lanzó a la fama. Sin ella, quizás no habría habido más escritora. Antes de este libro Selma Lagerlöf era una maestra nacida en el campo, en una familia de eclesiásticos y granjeros, con un padre militar retirado, y una abuela de fantasía y memoria portentosa que la enredó en un lago de leyendas.

Todo el folklore sueco pasó por los oídos de la niña, que cuando llegó a la adolescencia, no tenía más caminos que olvidar sus ambiciones literarias (escribía poemas en forma abundante), para casarse y trabajar. O, sin casarse, para quedar anexada para siempre a su padre y a su madre, como era frecuente en las solteronas.

Pero Selma eligió una tercera opción: estudiar en Estocolmo, primero en el liceo femenino y después, durante tres años, en la Escuela de Magisterio. No es una opción revolucionaria: ser maestra ha sido una tarea impregnada de los tradicionales valores de femineidad y maternidad en la sociedad patriarcal, pero para esta mujer llena de afán de independencia y de necesidad de escribir, le servía. Estudia, escribe poemas empalagosos, se titula y consigue una plaza de maestra en la escuela de muchachas de Landskrona, en el extremo sur de Escandinavia. Basta de Estocolmo, ciudad que no citará prácticamente en sus obras literarias.

Durante cinco años, desde que se recibió de maestra, hasta los 32, escribe y rompe papeles. No se ha casado, y su vida transcurre en un mundo de mujeres: colegas, alumnas y amigas. Pero su imaginación es desbordante y concibe a Gösta, el don Juan de quien todas se enamoran. Ella misma, con su novela bajo el brazo, toma un tren para Estocolmo en busca de editor. No es nadie, es sólo una maestra de chicas sin casar. Pero su obra gana un concurso literario en una revista ¡con un premio de 500 coronas! En el discurso del Nobel, realizado en 1909, tantos años después, recuerda esas idas a Estocolmo llena de desasosiego a buscar que le avalen sus trabajos literarios, que la juzguen y le tomen examen.

Éxitos y fracasos. Pero las cosas siempre parecen difíciles en los comienzos de una escritora. El libro puede completarse gracias al alivio que le da la remuneración literaria y los apoyos económicos de amigos: pero, una vez en la calle, los críticos la ignoran o la desalientan. No les gusta. Al público tampoco. No se vende. Es uno de esos momentos en que los escritores creen que ya no habrá más literatura.

Selma sigue escribiendo poemas e historias de Navidad, cuentos, para los que, como demostrará en Los lazos invisibles, tiene un verdadero talento. El fracaso está ahí, sin embargo, hasta que un día, el azar se pone de su parte. La saga de Gösta Berling se traduce al danés, y en Dinamarca es un éxito: obtiene el aval de un crítico prestigioso y se vende como el pan. A raíz de esto los suecos comienzan a leer a su compatriota. Por fin ha entrado al mundo literario y ha cerrado la puerta. De allí no saldrá nunca más.

El éxito constituye a menudo un estimulador del talento. En 1894 Selma Lagerlöf publica el libro de relatos Los lazos invisibles. Su sugestivo título es un acierto: hay tal mezcla y trenza en estos relatos entre realidad y fantasía, entre leyenda fantasmagórica y realismo campesino a lo Tolstoi, que parece que el mundo estuviera tejido de una profunda espiritualidad a pesar de los trozos gigantes de nieve, del aliento peligroso de los osos, del ulular de los lobos, del trabajo incesante de los campesinos suecos que sacan su alimento aprovechando hasta el último palmo de la tierra.

Son veinte cuentos de una belleza tan perturbadora que debe ser muy difícil elegir uno para una antología. "La pizpireta", que abre la colección, cuenta la historia de una pareja a punto de casarse que va a visitar al tío rico para obtener beneficios de su fortuna. La vuelta de tuerca no se hace esperar: la chica se enamora del viejo tío porque es un hombre poderosamente seductor y su guapo novio en cambio es un guiñapo.

"El epitafio" es el drama de la madre que ha tenido un bebé con un amante y al que su esposo no quiere enterrar en la tumba familiar. Sin duda, es uno de los más conmovedores.

En todos los relatos, como en el grueso de la obra de Lagerlöf, planea el sentido de responsabilidad y el cumplimiento de la palabra empeñada: son historias profundamente morales. En el impresionante cuento "La Paz de Dios", un hombre perdido en un bosque en una noche de Navidad se salva de morir congelado en la cueva de un oso, bajo el calor de éste. Pero el hombre no es capaz de respetar a la bestia cuando prefiere continuar la tradición de cazar un oso en esa fiesta colectiva.

Como en tantas obras de Selma Lagerlöf, los personajes se hallan a menudo en disyuntivas morales desgarradoras, que los obligan a decidir siguiendo valores lejanos al egoísmo. Un bellísimo cuento que se ubica en Italia, y que sale de la obsesiva referencia al campo sueco que pinta toda la obra de Lagerlöf, muestra a una enamorada, una chica que está por casarse con un oficial italiano que va a una inútil e injusta guerra en África: la chica pretende hacerlo desertar, por su amor y porque esa guerra no vale la pena, es una fantochada. El oficial, por orgullo y no por moral, no quiere desertar por nada del mundo, entonces la chica le clava un cuchillo para que el barco parta sin él y así pueda abandonar el ejército.

Tan emocionantes fueron estos cuentos que el rey Oscar de Suecia y el príncipe Eugenio, amantes de las letras, le concedieron una suerte de beca de por vida, para que pudiera dejar la absorbente docencia y así dedicarse por entero a la literatura.

Y no se equivocaron. En los años siguientes se gestó su obra cumbre, la novela Jerusalén, inexplicable si no hubieran mediado unos viajes que le permitieron ver el mundo en su anverso y su reverso. En 1895 viaja a Italia y de este viaje pergeña una novela socialista que cosechará grandes elogios: Los milagros del Anticristo, ambientada en Sicilia.

Luego vuelve a Suecia, se instala en la ciudad de Falun, al noroeste de Estocolmo, y sigue escribiendo cuentos. Pero en 1900, otro viaje, realizado con su amiga y compañera Sophie Elkan - escritora de novelas históricas- mueve las piezas de su vida con consecuencias incalculables. Se dirige a la Tierra Santa (donde hoy es Israel), porque sabe que hasta allí se ha trasladado un grupo de suecos alucinados y místicos.

Son campesinos que salieron de Dalecarlia, el corazón de Suecia, (lo sueco por antonomasia), para dirigirse a la Palestina que en aquel momento estaba dominada desde hacía siglos por los turcos.

En medio de un paisaje de pobreza económica, social y humana, de la mugre y el atraso, había varias colonias de místicos alemanes, rusos, ingleses, norteamericanos y también suecos. El resultado es una novela espectacular, basada en hechos históricos y publicada en 1901 y 1902. Jerusalén tiene dos partes, "En Dalecarlia" y "En Tierra Santa". Leyéndola se entiende por qué se le dio el Premio Nobel a Lagerlöf, descartando todo nacionalismo.

estilo justo. Lo que más sorprende cuando se adentra el lector en las páginas de Jerusalén es el estilo: no hay una sola palabra de más. Nada queda del neorromanticismo lírico de la primera Lagerlöf escritora. Se está ante el realismo más puro: descripción de casas, de aserraderos, de animales, de bailes, de vestidos, de árboles, de torrentes que llevan desbocados y peligrosos trozos de hielo.

En mitad de esta Naturaleza que casi se acaricia y se huele, aunque también se teme, está el ser humano. Los suecos. Arraigados y con una poderosa habilidad para sobrevivir en ese mundo que aparentemente está lleno de hostilidades. Viento, frío, animales, dificultad para ganar el pan: todo es descrito por Selma Lagerlöf con los ojos de una conocedora absoluta, que ve la tierra permanentemente y conoce hasta la última de sus leyendas.

Parece que el lector es un campesino más, que pertenece a la comunidad. En el centro brilla una familia: los Ingmarsson, seres feúchos y pelirrojos que se han hecho un prestigio indiscutible en el pueblo, no por su riqueza sino por su superioridad moral y su capacidad heroica de trabajo.

El lector sufre en estas páginas los avatares de los Ingmarsson, latido a latido: el viejo Ingmar, tratando de salvar unos niños que flotan a merced de la corriente, es golpeado por un tronco perdido. Tan fuerte es el golpe que el viejo reloj que siempre lleva en el pecho se hunde por el impacto.

Pero las desdichas para los Ingmarsson no terminan allí. La hermana mayor se casa con un hombre que resulta ser un violento, un borracho. El hermano menor debe crecer al amparo de la familia del maestro, pobre y relegado. Allí sucede el destino o el designio de Dios: el joven Ingmar y la hija del maestro Gertrum, se enamoran de modo casi sobrenatural.

De pronto, en la comunidad, cae una suerte de rayo: llega Hellgum, un delirante que cree que Dios lo ha elegido para llevar a otros elegidos a la Tierra de Dios. Hellgum es sueco, pero ha estado años en Chicago, y vuelve para partir en dos a la comunidad. Es carismático y estúpido a la vez, pero muchos le creen.

En la comunidad muchos rematan y venden sus propiedades que han heredado y trabajado durante siglos. Se van a buscar a Dios. Pocas veces se ha pintado con tal viveza e inteligencia el fanatismo religioso. Lagerlöf no los condena: la narración permite que sea el lector solo quien se horrorice.

El detalle editorial interesante es que la primera parte de Jerusalén, la que transcurre en Suecia, tuvo un éxito arrollador. Pero no su segunda parte, la que transcurre en Tierra Santa. La propia Lagerlöf pensó que quizás el desinterés podía tener algo que ver con el estilo denso de su comienzo. Para una edición de bolsillo, le hizo modificaciones que mejoraron sustancialmente la prosa.

La segunda parte también es un hermoso libro. Se ve Palestina como una tierra de conflicto, de amor y de delirio religioso. Los fanáticos suecos establecen allí una comunidad socialista, donde no se cobra el trabajo ni se tienen relaciones sexuales.

Ingmar, el joven, el que no quiso abandonar su tierra y se negó rotundamente a emigrar a Palestina, viaja pasado un tiempo para rescatar a los que considera perdidos por su culpa. Vuelve a Suecia con un ojo menos: como en la mitología nórdica, como Odín, que tiene en un plato un ojo que le permite ver el pasado y el futuro, Ingmar es el que ha tenido la visión más aguda y más moral de todos los personajes del libro.

La traductora de la versión al castellano de Ediciones B pone al lector al tanto, en el prólogo, del renacimiento que está experimentando la figura de Selma Lagerlöf en la literatura sueca. Durante mucho tiempo se la consideró como una "abuela de las letras suecas". Una solterona que escribía cuentitos religiosos.

Desde los años 90, con el auge de los estudios feministas se ha comprendido la complejidad de esta mujer, pero sobre todo al publicarse la correspondencia con su amiga y compañera Sophie.

Hoy se advierte que modernizó el estilo, que hizo hablar en sueco coloquial a sus personajes, que a diferencia de la intelectualoide literatura de sus colegas simplificó y llenó al mismo tiempo de lirismo a la prosa sueca.

Lo que más llama la atención en las narraciones de Lagerlöf es que los personajes son parcos, pero dicen exactamente lo que tienen que decir.

El pato y el enanito. En forma paradójica, como muchas veces sucede, esta gran escritora sueca es conocida como "autora para niños". Se debe, claro, al éxito que tuvo su larga y morosa obra El Maravilloso Viaje de Nils Holgersson a través de Suecia. Fue escrita en 1906, y prácticamente se trató de un encargo: las autoridades suecas querían para las escuelas un libro de Geografía que enseñara amor por su tierra.

Y Selma lo escribió. Nils Holgersson es un personaje del estilo de Pulgarcito, un niño que para crecer debe volverse pequeño. Siendo diminuto comprende el mundo mejor. Cuando era grande y poderoso era profundamente egoísta. Al quedar hechizado por un duende y volverse pequeño, y subirse a un pato salvaje para volar por el mundo, comienza a comprender que hay una perfecta organización en la naturaleza donde todo tiene su ética y su razón de ser.

Si el comienzo de este libro infantil resulta farragoso, y tal vez más de un niño se haya aburrido si se trataba de una lectura obligatoria, la historia poco a poco seduce al lector hasta poseerlo por completo. El libro tiene algo de saga, porque cada capítulo es un episodio donde por lo general el diminuto héroe ayuda a un necesitado o mejora su propia situación. Uno de los más bellos episodios es aquel en que un cervatillo herido es criado en cautiverio y Nils, la noche anterior a que lo lleven a vivir a un zoológico, lo lleva a pasear bajo la luna en el bosque profundo: le enseña la belleza de la libertad. El ciervo no quiere volver al encierro y llega a ser el líder viejo de la manada de ciervos.

El profundo espiritualismo nunca agobia, porque Selma es una hábil narradora de cuentos y todo tiene un planteo, un nudo y un desenlace.

Cuál no sería la sorpresa de los suecos, cuando el japonés Kenzaburo Oé, al ir a recibir su premio Nobel en 1994 a Estocolmo, dijo que había sido Selma Lagerlöf quien le había enseñado a hacer mitología. En su tierra japonesa, Nils Holgersson lo acompañaba desde niño. De ahí que en Suecia todo le resultaba familiar.

JERUSALÉN, de Selma Lagerlöf. Ediciones B, Barcelona, 2005. Distribuye Ediciones B. 469 págs.

Lagerlöf en cine

LA LITERATURA de Selma Lagerlöf nutrió una etapa del cine sueco que hasta hoy sigue siendo evocada por críticos y realizadores como Bergman. Körkarlen (La carreta fantasma /1921), de Victor Sjöström, marcó la cumbre de la llamada Edad de Oro del cine sueco, mientras que Gösta Berlings Saga (La saga de Gösta Berling /1924), de Mauritz Stiller, supuso el final de un estilo de nueva producción. Stiller realizó además El tesoro de Arne (1919), La leyenda de Gunnar Hede (1923).

De Körkarlen se ha destacado su riqueza narrativa, su fotografía, el uso de dobles exposiciones y la habilidad para reproducir el tono del relato de Lagerlöf, generando una sensación de vorágine y a la vez trascendiendo el realismo.

En 1917 Sjöström había efectuado su primera adaptación de la obra literaria de Selma Lagerlöf, un cuento titulado "Tösen frn Stormyrtorpet" (La muchacha de la turbera). El director dijo que las obras de Lagerlöf eran fáciles de adaptar: "En realidad, todo lo que había que hacer era animarlas".

Sjöström adaptó también otra obra de Lagerlöf en la película Ingmarssönerna o La voz de los antepasados (1919), que apenas cubre las treinta páginas iniciales de la novela Jerusalén. Por eso se ha dicho que se trata de la primera obra cinematográfica realizada a partir de un breve motivo literario. Según la revista Biografbladet, en Estocolmo la vieron 196.000 espectadores cuando la población no superaba las 400.000 personas. En 1920 filmó otro guión extraído de la misma novela: Karin Ingmarsdotter.

Körkarlen tuvo una nueva versión (francesa) en 1939, con dirección de Julien Duvivier, y con el título La Charrette Fantôme. La tercera versión es sueca, la dirigió Arne Mattson, y en castellano se tradujo como El cochero. El clásico Las aventuras de Nils Holgersson se llevó al cine en 1962, dirigida por Kenne Fant. Jerusalén motivó en 1996 otro largometraje, con dirección de Bille August.

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