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¿Monstruo o mártir?

En pocos temas existe una contradicción más contrastante como la que se da entre los beneficios que el libre mercado ha arrojado en términos de mejora de la calidad de vida en la historia reciente de la humanidad y el resonante discurso de sus presuntos enormes perjuicios. La evidencia está sobremanera sobre el plato de los beneficios pero la idea de que pernicioso tiene enorme resonancia, lo que merece un análisis más detenido.

Desde los comienzos del capitalismo de libre mercado, quizá por los siglos XI o XII de nuestra era, cuando comienza el trabajo libre de las personas, las ciudades dónde primaba la libertad de empresas y trabajadores sobre el Mediterráneo -con destaque en lo que sería el norte de Italia- y el establecimiento progresivo del libre comercio, debemos comenzar esta historia. Lentamente, como corresponde al proceso de desarrollo espontáneo que fue segregando las características típicas de la civilización occidental, se van generando las condiciones que permitieron el desarrollo científico y su utilización práctica, típica de la etapa final de la Ilustración.

La división gran fragmentación política europea que permitía a los intelectuales emigrar de los lugares dónde resultaban peligrosos, la existencia de derechos del ser humano de origen judeocristiano que preexistieron a los estados nacionales y la república de las letras que deparaba la puesta en común y el intercambio entre los pensadores de la época son algunas de las condiciones que permitieron el comienzo de la revolución industrial.

Vale recordar que hasta comienzos del siglo XIX, cuando este proceso aún era incipiente casi toda la humanidad vivía en condiciones que hoy consideraríamos como pobreza extrema y sólo un porcentaje de privilegiados vivían por encima de ese nivel. El camino de mejora constante fue lento y desparejo, y va a ser recién hacia mediados del siglo XX que comienza una baja fuerte y sensible de la pobreza extrema que sólo una década descendió a menos del 10% de la población mundial. Esta mejora se dio en aquellos países y períodos en que se implementó alguna forma de libre mercado, no en aquellos que se aferraron a la planificación centralizada de la economía o a algún tipo de dirigismo económico. Nuestro país es un buen ejemplo del aserto.

Sin embargo, la sociedad comercial ha sufrido temibles ataques desde el mundo de las ideas desde la propia Ilustración, para no ir más atrás dónde también existieron. Rousseau con su desconfianza al progreso que representaba la sociedad libre sentó buena parte de los argumentos que hoy seguimos escuchando en la prensa y redes sociales o en filósofos de moda Byun-Chul Han.

Detrás de la incomprensión del mecanismo impersonal del mercado están nuestros reflejos atávicos de tiempos tribales y el reduccionismo antropomórfico y racionalista de atribuirle juicos éticos y responsabilidades específicas a lo que es resultado de la acción pero no del designio de los hombres. Y, vinculado a lo anterior, la incomprensión de los órdenes espontáneos y las consecuencias de jugar a semidioses toqueteando lo que no terminamos de entender, lo que no solo es infantil, sino que tiene consecuencias perniciosas para todo el orden legal y económico en que se sustenta una sociedad libre.

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Hernán Bonilla

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