La renuncia de Adrián Peña al cargo de Ministro de Ambiente, fue el desenlace lógico a una situación insostenible. Adjudicarse un título que no se tiene, aún cuando no se ejerza, y/o permitir que otros por ignorancia lo usen, constituye una conducta reprobable. Ya había ocurrido en el anterior período de gobierno, en el caso del vicepresidente Raúl Sendic y la sanción social fue la misma, la renuncia al cargo que ocupaba, aún cuando en su caso se agregaban ingredientes de mala praxis en la función, que motivaron su condena penal.
No se trata, como se repite incautamente, de un mero error sino de una conducta, que, aún cuando no haya sido ésa su finalidad, lesiona la fe pública.
Los actos de impostura ejercidos por quien se arroga un título profesional que no tiene, erosionan la confianza ciudadana generando una situación pública de incertidumbre, más o menos marcada, cuando se permite que este tipo de accionar se generalice. De allí la incumbencia en el mismo del derecho penal.
Sociologicamente es la fe pública la que está en cuestión. Y si bien el daño por este tipo de prácticas puede considerarse un mero engaño generado porque quien pretende investirse de falsas competencias, termina por atentar contra la sociedad en su conjunto. Por más que esto no suponga abrir juicio sobre las destrezas políticas de quien cometa este delito. Tampoco cabe discutir que éticamente este proceder supone una falta grave que afecta la honorabilidad de quien la comete. De allí la necesidad de dejar de confundir el error, una acción cometida por desconocimiento, innadvertencia o impericia, con una conducta deliberada concientemente asumida. Por más que en el análisis individual, como creo que también aquí ocurre, pueda advertirse una cierta candidez de Peña que mayormente, por omisión, dejó configurar una realidad, que más tarde no pudo manejar.
Otro tema es considerar esta situación, primero en sus efectos sobre el actual gobierno y en segundo lugar sobre el Partido Colorado ya afectado por el retiro de Talvi.
Respecto al gobierno, cuya estimación pública está mayormente centrada en la actuación de la presidencia, con sus logros y sus falencias, la actuación de sus ministros no parece afectarlo de manera directa. La popularidad del primer mandatario, inusualmente alta, no ha variado con los cambios de gabinete. Sí con la actuación de su círculo íntimo, donde pueden atribuirsele responsabilidades directas, como en el caso Astesiano.
En cuanto a las repercusiones de lo ocurrido sobre su partido, como es el caso de Ciudadanos, la circunstancia es otra. Allí la sucesión de recambios de ministros han dañado al sector.
El Partido Colorado, uno de los partidos fundadores de la nacionalidad y protagonista esencial de su historia se encuentra sometido a tensiones que disminuyen su apoyo ciudadano. A ellas no es ajena las renuncias sucesivas de jerarcas de este sector. Tanto que ultimamente se han recordado las predicciones de Seregni sobre la vuelta al bispartidismo. Una perspectiva infeliz para la República.
A su vez deberá esperarse el fallo de la justicia para calificar la actuación del ex ministro Germán Cardoso, a priori más compleja que la renuncia de Peña.