Si sos mujer y tenés más de 45 años, probablemente hayas pensado algo como esto: “Yo antes podía”. Antes podía dormir poco y funcionar igual al día siguiente. Antes podía resolver diez cosas a la vez. Antes podía trabajar todo el día, ocuparme de mi casa, de mis hijos, de mis padres y todavía encontrar energía para salir, entrenar o empezar algo nuevo. Antes podía, y es verdad yo también podía.
Pero hay algo que escucho cada vez más, tanto en consulta como en conversaciones con amigas, colegas y mujeres de mi comunidad: estamos cansadas.
No hablo solamente de cansancio físico. Hablo de esa sensación de llegar al final del día sintiendo que dimos mucho más de lo que recuperamos. De despertarnos ya pensando en todo lo que tenemos que resolver. De vivir apagando incendios mientras seguimos postergando aquello que sabemos que nos haría bien.
Y muchas veces interpretamos ese cansancio como un problema que tenemos que solucionar para volver a ser quienes éramos.
Buscamos más energía, más rendimiento, más productividad, más capacidad para hacer más cosas. Queremos volver a la mujer que podía con todo pero con los años y experiencia, empecé a preguntarme si ese es realmente el objetivo. Porque cuando miro hacia atrás, veo muchas cosas que extraño de esa etapa.
Pero también veo una mujer que normalizaba el agotamiento, que dormía menos de lo que necesitaba, que muchas veces se ponía última en la lista de prioridades, que confundía fortaleza con resistencia. Y creo que muchas nos vamos a reconocer en esa historia.
La transición hormonal tiene algo de espejo. Nos muestra con bastante claridad aquello que durante años logramos compensar.
El estrés que minimizamos, las horas de sueño que sacrificamos, los chequeos que dejamos para después, las señales del cuerpo que decidimos ignorar porque había otras urgencias. Por eso muchas veces el problema no es que cambiamos. El problema es que seguimos esperando que vuelva una versión nuestra que ya cumplió su ciclo.
Porque quizás la mujer que dormía cuatro horas y seguía adelante no debería volver. Quizás la que siempre decía que sí tampoco. Quizás la que podía con todo, pero llegaba agotada a cada fin de semana, tampoco. Y esto no tiene nada que ver con resignarse. Todo lo contrario.
Aceptar que estamos en una etapa diferente no significa bajar los brazos. Significa dejar de gastar energía intentando volver atrás para empezar a construir hacia adelante.
Entender que hoy necesitamos otras herramientas, otras prioridades y, muchas veces, otra relación con nosotras mismas.
La buena noticia es que llegar a esta etapa también trae algo valioso: experiencia. Sabemos más. Nos conocemos más. Tenemos más criterio para distinguir lo importante de lo urgente. Y aunque el cuerpo cambie, eso no necesariamente juega en nuestra contra.
A veces la verdadera transformación empieza cuando dejamos de preguntarnos cómo recuperar a la mujer que fuimos y empezamos a preguntarnos cómo queremos vivir las próximas décadas.
La experiencia nos enseña muchas cosas, pero no siempre nos muestra qué hacer con ellas. A veces también necesitamos guía, perspectiva y nuevas herramientas para transitar esta etapa de la mejor manera posible.
Porque lo verdaderamente importante no es recuperar una versión pasada de nosotras mismas, sino construir una nueva etapa con más salud, más energía y más bienestar. La mujer que eras ya no está. Y eso puede ser una gran noticia.