Por Cyntia de los Santos
Dolor, ardor, ampollas y muchos mitos alrededor. La culebrilla -o herpes zóster- suele acompañarse creencias populares que van desde pensar que es contagiosa “por el aire” hasta asociarla con el bextremo o con cuestiones emocionales. Qué hay de cierto y qué no sobre esta enfermedad causada por el mismo virus de la varicela.
Veamos algunos mitos:
1. “La culebrilla aparece por un disgusto o por estrés solamente”.
El estrés puede influir porque debilita el sistema inmune, pero la enfermedad tiene una causa concreta: la reactivación del virus de la varicela, que permanece “dormido” en el cuerpo durante años.
La Culebrilla, nombre como se conoce al Herpes Zoster, se produce por la reactivación del virus de la varicela Zoster. Una vez que la persona estuvo en contacto con el virus, queda latente y puede reactivarse en forma de herpes zoster.
2. “Solo les pasa a las personas mayores”.
Aunque es más frecuente después de los 50 años, también puede aparecer en adultos jóvenes e incluso en personas sanas que tuvieron varicela en la infancia.
Es una enfermedad que afecta predominantemente a las personas mayores. Se produce como resultado de la disminución, relacionada con el envejecimiento, de la inmunidad celular contra el virus varicela-zóster (VVZ). También es más frecuente en personas inmunodeprimidas, pudiendo ser más severo en estos casos. Los sucesos vitales estresantes podrían desempeñar un papel importante en el desarrollo del herpes zoster. Pero también puede aparecer en personas sanas, incluso en niños.
3. “Es una enfermedad contagiosa”.
No se contagia como tal la culebrilla, pero alguien con herpes zóster puede transmitir el virus de la varicela a una persona que nunca tuvo varicela ni fue vacunada.
Una persona con herpes zoster puede contagiar la varicela a quien nunca tuvo la enfermedad ni fue vacunada contra la varicela.
La vacuna contra la varicela, hace parte del carnet obligatorio de vacunación del Ministerio de Salud Pública y la primera dosis se da al año de vida. Por eso es importante que la persona con un herpes zoster en actividad no esté en contacto con niños menores de 1 año, ni tampoco con mujeres embarazadas que no hayan tenido nunca varicela. En estos casos podrían contagiarlos de varicela.
4. “Si las ampollas rodean el cuerpo, la persona puede morir”.
Este es uno de los mitos populares más extendidos y no tiene base científica.
La gravedad depende de cada caso y de posibles complicaciones, no de que el sarpullido “se cierre” alrededor del torso. También depende de las complicaciones que pudieran surgir, esto se refiere más a un herpes zoster diseminado cuya gravedad iría por el inmunocompromiso de fondo y las posibles complicaciones, no porque las lesiones se cierren alrededor del tronco.
5. “Es solo una erupción en la piel”.
El dolor neuropático puede ser intenso y persistir incluso después de que desaparecen las lesiones. Algunas personas desarrollan neuralgia posherpética, una complicación dolorosa que puede durar meses.
El virus comienza a replicarse y afectar primero al nervio, antes de llegar a la piel y manifestar las lesiones. Por tal motivo genera un dolor neuropático, generalmente muy intenso. Pudiendo persistir en el tiempo como neuralgia post herpética, más frecuente en personas mayores. Pudiendo alterar mucho la calidad de vida.
Prevención
Existen vacunas que reducen significativamente el riesgo de desarrollar herpes zóster y sus complicaciones, especialmente en adultos mayores. La vacuna indicada para la prevención de esta enfermedad principalmente en adultos mayores de 60 años, ha demostrado reducir la incidencia y la gravedad del herpes zoster, así como la incidencia de la neuralgia postherpetica.
*Médica, Dermatóloga clínica y estética. Docente, integrante de AAD, CILAD, SDU. Directora de Montevideo Skin. @montevideo_skin.
Un relato en primera persona, por Karen Parentelli
Un lunes sentí un dolor raro. No era muscular, ni óseo, no era una contractura. Era otra cosa. Pero qué.
Primero le eché la culpa a la postura. Una espera me mantuvo sentada torcida horas. Después pensé en el viaje en ómnibus interdepartamental, incómoda, apretada. Luego le atribuí el dolor a una caminata larga. O a esa silla que sé tengo que cambiar. También pensé en el estrés. Tengo 35 años y vivo en la sociedad del cansancio donde nos autoexplotamos solos. Hacer ejercicio, trabajar, salir, leer, ver amigas, cuidar a la familia, estar con la pareja, producir, rendir y ser felices.
El miércoles el dolor no se iba y tomé analgésicos. El viernes pasé todo el día con un parche en la espalda, tratando de sostener la rutina.
Cuando lo saqué vi tres manchas rojas en la panza. Pensé que era alergia. O alguna pulga de Milanesa, mi gata. No sabía que ahí empezaba un pequeño infierno. Una “culebra” sin veneno me había rozado el cuerpo y empezaba a enroscarse bajo la piel. Esa noche me desperté con vómitos y temblando de dolor. Me metí en la ducha y las vi: las ampollas empezaban a aparecer sobre la piel. El sábado ya no podía caminar derecha. La mancha era un cinturón de ampollas que nacía debajo del ombligo, subía por la cintura y terminaba en la espalda. Un fuego avanzando por debajo de la piel. Terminé en la emergencia con un diagnóstico claro: herpes zóster. Tener nombre para el dolor no alivió nada. Hasta el lunes seguían apareciendo ampollas y el dolor nervioso era eléctrico. Cada pocos segundos una descarga atravesaba mi cuerpo y me dejaba dura, inmóvil, esperando la próxima. Dormir era imposible. Estar quieta también. Después de varios días entrando y saliendo de emergencias, internada por horas, me cambiaron el tratamiento para el dolor. Recién ahí el cuerpo empezó a aflojar. Cinco días después de empezar el antiviral, las ampollas comenzaron a secarse. Y entonces apareció otra etapa: el ardor, la picazón, la sensación de piel quemada. Incluso donde ya no había marcas, el dolor seguía. El nervio seguía ahí, encendido, como si la enfermedad hubiera dejado cables pelados.
Y como toda mujer rural que soy, fui a dos curanderos. Este bicho llamado culebrilla me hizo entender algo básico y brutal: cuando el cuerpo manda, la carne no entiende de explicaciones médicas. Solo quiere que el dolor pare.