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¿Cuál es la enfermedad más difícil de curar? Expertos contestan la interrogante de una joven de 13 años

En The Conversation Júnior, especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años.

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Científicos
Científicos en el laboratorio.
Foto: Freepik.

The Conversation
Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Las preguntas pueden enviarse a [email protected]

¿Cuál es la enfermedad más difícil de curar?
Pregunta de Helena, de 13 años. CDP Stella Maris. Almería.

Para quien sufre una enfermedad larga, la suya siempre será la más difícil de curar. Aunque en realidad hay algunas enfermedades objetivamente incurables: solo podemos tratar sus síntomas para que dejen de causar sufrimiento y avancen lo más lentamente posible.

Dentro de este catálogo a lo mejor te vienen a la cabeza el cáncer o alguna de las llamadas enfermedades autoinmunes –cuando las células del sistema inmunitario atacan por error a las células de nuestro propio organismo–, como la esclerosis múltiple, el lupus o la diabetes tipo 1.

Sin embargo, en los últimos años, los científicos han aprendido mucho sobre los orígenes de estos temibles enemigos de nuestra salud y cómo se relacionan con ciertos mecanismos biológicos. ¡Hay luz al final del túnel!

El cáncer: una enfermedad terrible pero cada vez más arrinconada

Primera buena noticia: durante las últimas décadas, muchos tipos de cáncer han dejado de ser letales. De hecho, casi todos podrían ser curados si los detectáramos con suficiente antelación como para poder eliminar las células cancerosas antes de que éstas se dispersen e invadan muchos órganos.

Hoy en día, los tratamientos que están permitiendo curar a muchos enfermos de este conjunto de enfermedades que conocemos como cáncer son:

Radioterapia dirigida. Consiste en lanzar poderosos haces de energía —normalmente rayos X— al tumor, intentando no causar daños a las células sanas que están a su alrededor.

Quimioterapia. El paciente recibe un cóctel de medicamentos que matan a las células malignas. Se han mejorado mucho las combinaciones de fármacos y su uso para cada tipo de cáncer.

Inmunoterapia. Son las técnicas que utilizan el sistema inmunitario –el sistema defensivo de nuestro cuerpo– para atacar a las células cancerosas.

De todas formas, la mejor terapia es la prevención. Un gran avance en este campo ha sido crear vacunas que ponen contra las cuerdas al virus del papiloma, responsable de cánceres como el de cuello de útero y otras mucosas.

También se están desarrollando vacunas que permiten reconocer proteínas muy concretas de las células malignas y, como si fueran dianas, dirigen el ataque del sistema inmunitario contra ellas. Por ejemplo, se está investigando cómo señalizar así a Her-2, una proteína muy abundante en células del cáncer de mama, para que el sistema inmunitario aniquile a las células que la contienen.

Pero la terapia más prometedora consiste en “reclutar” linfocitos T —un tipo de glóbulo blanco— como soldados de élite en la guerra contra las células tumorales. Los investigadores extraen los linfocitos, seleccionan los más activos, los cultivan en el laboratorio y los vuelven a introducir en el paciente. Actualmente están probando esta técnica con un cáncer llamado TIL (siglas de tumor-infiltrating lymphocytes).

quimioterapia

Una táctica similar es modificar genéticamente estos linfocitos para que detecten específicamente a las células cancerosas y las ataquen de manera fulminante. Este es el “superpoder” de las células CAR-T. Los científicos ya han creado cinco generaciones de CAR-T, cada vez más eficaces, que están dando resultados muy positivos contra leucemias y linfomas. Posiblemente pronto podrán ser utilizadas con éxito contra otros tipos de cáncer.

Enfermedades autoinmunes: cuando nuestro sistema defensivo nos ataca

Otro grupo de enfermedades muy difíciles de curar son las autoinmunes, que ya hemos mencionado antes. En especial, aquellas cuyo origen aún es un misterio, como el lupus eritematoso sistémico o la esclerosis múltiple.

Estas dolencias aparecen cuando el sistema inmunitario genera células defensivas que, en vez protegernos de los virus, bacterias y otros patógenos externos, acaban identificando como peligrosas a nuestras propias células.

En los últimos años, los científicos están ideando terapias que intentan restaurar el orden o, por lo menos, atenuar los daños. El uso de anticuerpos —las proteínas que reconocen y neutralizan a los “intrusos”— o moléculas que regulan el funcionamiento del sistema inmunitario está dando algunos resultados, aún pocos pero prometedores.

Conocer los intríngulis del sistema inmunitario puede permitir que encontremos terapias para tratar y, quién sabe, eliminar definitivamente estas enfermedades. Aunque descubrir su talón de Aquiles requiere más investigación.

Enfermedades del sistema nervioso central: el mayor reto

En mi opinión, las enfermedades más difíciles de curar son las que afectan al sistema nervioso central (el cerebro y la médula espinal). Van desde las enfermedades autoinmunes como la esclerosis múltiple a otras que pueden tener o no un componente autoinmune como la famosa esclerosis lateral amiotrófica (ELA), pasando por desajustes que pueden trastornar la personalidad y las enfermedades neurodegenerativas. Estas últimas son las peores: cuando descubrimos sus síntomas, el daño ya está hecho.

Las enfermedades neurodegenerativas tienen su origen en la pérdida de neuronas que cumplen determinadas funciones. Estas son las más importantes:

Las enfermedades mitocondriales. Aparecen cuando hay mitocondrias —las “centrales energéticas” de nuestras células— defectuosas. Entre ellas nos encontramos el MERRF o el síndrome MELAS. Producen ataxia, es decir, una descoordinación de los movimientos, entre otros problemas.

La enfermedad de Huntington. El paciente pierde el control de los movimientos, se vuelve torpe y tiene problemas de equilibrio. Y cuando el mal avanza, ya no puede caminar, hablar o tragar. Tanto esta enfermedad como las mitocondriales son genéticas y sus efectos, irreversibles, ya que el problema está dentro del genoma de las células.

La enfermedad de Parkinson. Se debe a la pérdida de neuronas en una zona muy concreta del sistema nervioso: la sustancia nigra, responsable de controlar nuestros movimientos. Aunque hay fármacos que ayudan a recuperar ese control y el movimiento puede regularse con estímulos eléctricos, estos remedios solo sirven para que la enfermedad siga su curso más o menos rápidamente.

Demencia senil y alzhéimer. El sistema nervioso es un complicadísimo sistema de conexiones entre neuronas, las cuales forman circuitos que ignoramos cómo funcionan. Por eso, no hay medicina que valga contra la pérdida natural de neuronas a lo largo de la vida o por culpa de dolencias como el alzhéimer, que borra la memoria de quien la sufre.

Hoy, las dolencias neurodegenerativas no pueden curarse, pero conociendo las causas y evitando los peligros podemos conseguir que el deterioro de las neuronas se produzca muy tarde y avance lentamente.

Poco a poco estamos más cerca de entender cómo se desencadenan este tipo de enfermedades y —confiemos en la ciencia— tal vez encontrar el arma definitiva para derrotarlas.

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