Redacción El País
El final de las vacaciones no siempre viene acompañado de entusiasmo. Para muchas personas, la vuelta a la rutina laboral, académica y familiar supone un verdadero sacudón emocional conocido como síndrome postvacacional, un cuadro transitorio que puede afectar la salud mental, el rendimiento y el clima vincular.
Este fenómeno suele expresarse con dificultades de concentración, menor capacidad para tomar decisiones y una sensación persistente de desgano. A eso se suma la percepción de estar desbordado frente a tareas acumuladas, lo que incrementa el estrés y refuerza el malestar inicial.
Cuando el cuerpo pierde el ritmo
Uno de los principales detonantes del síndrome postvacacional es el desajuste del reloj biológico. Durante el descanso, los horarios se flexibilizan: se duerme menos o más tarde, se alteran las comidas y se reduce la estructura diaria. Al retomar la rutina, el organismo debe adaptarse de golpe a exigencias que había dejado en pausa.
Especialistas advierten que este cambio brusco puede generar irritabilidad, cansancio extremo y una baja tolerancia a la frustración. El impacto no se limita al ámbito laboral: también puede tensionar los vínculos familiares y sociales, afectando el bienestar general.
Factores que aumentan el riesgo
No todas las personas atraviesan el regreso de la misma manera. Existen condiciones que vuelven más vulnerable la transición, como la falta de motivación laboral, vacaciones poco reparadoras o excesivamente largas y una mala adaptación previa al entorno de trabajo o estudio.
También influye poner todas las expectativas de felicidad únicamente en el período de descanso. Cuando el año se vive como una larga espera hasta las próximas vacaciones, el regreso puede sentirse como una pérdida abrupta de sentido y disfrute.
Estrategias para una vuelta más saludable
La prevención es clave para amortiguar el impacto. Los expertos recomiendan iniciar el reordenamiento de horarios algunos días antes de volver a la actividad: regular el sueño, normalizar las comidas y retomar gradualmente ciertas rutinas ayuda a que el cuerpo y la mente se adapten mejor.
En lo práctico, ordenar el espacio de trabajo y planificar tareas según prioridades reales reduce la sensación de caos. También es útil proponerse objetivos pequeños y alcanzables durante la primera semana, evitando la autoexigencia excesiva.
Entre las recomendaciones más efectivas se destacan:
- Fraccionar las vacaciones a lo largo del año para no llegar al agotamiento total.
- Mantener hobbies o actividades placenteras más allá del verano.
- Incorporar pequeños planes de ocio semanal que funcionen como motivación.
- Permitirse un período de adaptación sin expectativas irreales de rendimiento inmediato.
Cuando el malestar se prolonga y aparecen síntomas como ansiedad intensa, insomnio persistente o tristeza profunda, consultar a un profesional de la salud mental resulta fundamental. Un abordaje oportuno puede marcar la diferencia entre un malestar pasajero y un problema que se cronifica.
En base a El Tiempo/GDA