El ahogamiento continúa siendo una de las principales causas de muerte no intencional en la infancia temprana. En particular, afecta con mayor frecuencia a niños de entre 1 y 4 años. Sin embargo, se trata de un desenlace que puede prevenirse casi en su totalidad si se adoptan medidas básicas de cuidado y supervisión.
Las estadísticas de los últimos veranos vuelven a encender una señal de alarma. Como pediatra, considero indispensable insistir una y otra vez en este tema, porque cada fallecimiento por ahogamiento representa una tragedia evitable y una responsabilidad compartida por los adultos a cargo.
Supervisión es clave
El principal factor de riesgo es la falta de vigilancia directa. Los niños deben estar siempre bajo la mirada atenta de un adulto responsable, sin distracciones y a una distancia que permita intervenir de inmediato ante cualquier situación de peligro.
Es fundamental comprender que el ahogamiento puede ocurrir en pocos segundos y de manera silenciosa. Por eso, no alcanza con “estar cerca”: hay que mirar activamente.
Dispositivos de flotación
El uso de chalecos salvavidas u otros elementos de flotación certificados puede ser de ayuda, pero nunca reemplaza la supervisión adulta. En algunos casos, incluso generan una falsa sensación de seguridad que lleva a bajar la guardia.
Aunque el niño sepa nadar o flotar, el riesgo sigue existiendo si no hay un adulto atento en todo momento.
Medidas simples
La prevención del ahogamiento se basa en acciones claras y accesibles, que deben estar siempre presentes. Recordemos: el ahogamiento es prevenible y somos los adultos quienes debemos evitarlo.
-Vigilar permanentemente a los niños cuando estén cerca del agua o dentro de ella, aun si saben nadar.
-Elegir espacios habilitados, señalizados y que cuenten con guardavidas.
-Evitar bañarse en ríos, lagunas o zonas cercanas a cascadas, donde pueden existir corrientes internas, algas u otros riesgos ocultos.
-No utilizar canteras como lugares recreativos: son especialmente peligrosas y están prohibidas para el baño.
-Los niños nunca deben ingresar solos al agua ni permanecer allí sin supervisión.
También es importante conocer previamente la profundidad y las características del fondo antes de realizar zambullidas, y enseñar a los niños a no correr alrededor de las piscinas para evitar resbalones y golpes.
En piscinas e hidromasajes, se recomienda nadar y jugar lejos de los desagües, ya que pueden provocar lesiones por succión o atrapamiento, especialmente del cabello.
Riesgos en el hogar
El peligro no se limita a playas o piscinas. Los niños pequeños no deben quedar solos en bañeras, latones o jugando con baldes que contengan agua. Aquellos que aún no tienen estabilidad pueden ahogarse en apenas unos pocos centímetros de agua o caer dentro de un recipiente sin poder salir.
Saber cómo actuar
Además de la prevención, resulta clave que los adultos conozcan las maniobras básicas de reanimación y la llamada cadena de supervivencia. Ante un episodio de ahogamiento, una respuesta rápida y adecuada puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, o evitar secuelas graves.
Disfrutar del verano también implica hacerlo de forma segura. Aplicar estas recomendaciones permite reducir riesgos y proteger a los más chicos. A esto se suman otros cuidados esenciales, como el respeto de las normas de tránsito y la protección frente al sol.
Cuidar a los niños requiere atención constante, anticipación y compromiso. Un verano seguro es posible si asumimos, como adultos, esta responsabilidad.