Hay canciones que tienen memoria. Suenan los primeros acordes y, casi sin darnos cuenta, volvemos a otra época: un cumpleaños, una reunión familiar, una salida con amigos o aquella noche en la que bailábamos hasta el amanecer. Pero la memoria no se activa solamente con la música. También puede hacerlo un sabor, un olor o una comida. Cada 24 de agosto Uruguay vuelve a celebrar una de sus tradiciones más particulares y si bien la Noche de la Nostalgia es una invitación a viajar al pasado a través de las canciones, también puede ser un recorrido a través de la comida.
La comida también tiene memoria
¿Quién no recuerda inmediatamente a su infancia con una comida? Puede ser una torta de cumpleaños, una pizza compartida con amigos, un sándwich de miga, una porción de fainá, un pancho, una picada llena de papitas y snacks, un helado después de salir o una merienda sencilla con pan y algo dulce.
No necesariamente eran comidas sofisticadas. Lo que las convirtió en especiales fue el momento en el que aparecieron. La alimentación está profundamente relacionada con nuestras experiencias. Comemos para nutrirnos, pero también comemos en celebraciones, reuniones y encuentros. Por eso determinados alimentos pueden quedar asociados a personas, lugares y etapas de nuestra vida.
Un plato puede recordarnos a la casa de nuestros abuelos. Un determinado refresco puede transportarnos a los cumpleaños de nuestra adolescencia. Una golosina puede hacernos pensar en el kiosco de la esquina. Y una pizza puede llevarnos directamente a una salida con amigos. La comida, igual que la música, puede funcionar como una pequeña máquina del tiempo.
¿Qué había en la mesa?
Si pensamos en las reuniones familiares y los cumpleaños de los años 80 y 90, seguramente encontremos algunas coincidencias. Los sándwiches de miga eran protagonistas. También las pizzas, empanadas, panchos, tartas, masas, tortas caseras y las clásicas picadas. En las mesas aparecían papitas, palitos, chizitos y otros snacks. Para el postre estaban los helados, las tortas, el flan, el arroz con leche o alguna preparación con dulce de leche.
Y los refrescos también estaban presentes, pero con una diferencia importante: para muchas familias eran bebidas asociadas a momentos puntuales. Se compraban para un cumpleaños, una reunión, un asado, una salida o el fin de semana. No necesariamente formaban parte de la alimentación cotidiana. Esto no significa que antes todo fuera saludable. Había azúcar, grasas, sal, golosinas, bebidas azucaradas y productos ultraprocesados. La diferencia importante estaba también en el acceso y la disponibilidad.
Hoy vivimos en un entorno alimentario muy diferente. Tenemos una oferta enorme de productos listos para consumir, disponibles prácticamente a cualquier hora y en cualquier lugar. Alimentos y bebidas que antes podían estar reservados para una ocasión especial hoy pueden formar parte de la vida cotidiana. Ese cambio es relevante desde el punto de vista nutricional. No es lo mismo que un alimento de baja calidad nutricional aparezca ocasionalmente en una celebración a que esté disponible todos los días, a toda hora y además sea fácil, económico y atractivo.
¿Antes comíamos mejor?
Esta es una de las preguntas que recurrentes al hablar de nostalgia alimentaria. La respuesta no es tan sencilla como sí o no. Es cierto que muchas comidas caseras tenían un lugar importante y que algunas preparaciones se hacían con ingredientes básicos. Pero eso no significa que todo lo que se comía décadas atrás fuera saludable.
También había desayunos y meriendas con productos azucarados, refrescos en las reuniones, golosinas y grandes cantidades de alimentos ricos en grasas, azúcares o sodio en determinadas ocasiones. Por eso, decir que “antes comíamos mejor” sería una simplificación.
Una de las grandes diferencias actuales es que estamos mucho más expuestos a los alimentos de baja calidad nutricional. Están en supermercados, kioscos, estaciones de servicio, máquinas expendedoras en el trabajo, aplicaciones de delivery y prácticamente cualquier lugar donde haya comida disponible. La cuestión no es solamente qué alimentos existen, sino con qué frecuencia los encontramos y qué tan fácil es acceder a ellos.
Antes podía ser necesario esperar al cumpleaños para tomar un refresco o comer determinados snacks. Hoy podemos tenerlos en casa, pedirlos desde el teléfono o comprarlos de camino al trabajo. La disponibilidad permanente modifica nuestra relación con la comida.
Cuando lo excepcional se vuelve cotidiano
Este quizás sea uno de los cambios más importantes para entender nuestra alimentación actual. Un alimento puede no ser problemático por sí mismo, pero sí puede ocupar demasiado espacio cuando está disponible permanentemente.
Pensemos en los refrescos. Que una familia comprara una botella para el cumpleaños era una situación diferente a tener bebidas azucaradas todos los días en la heladera. Lo mismo puede ocurría con golosinas, galletitas, snacks, productos de panadería o postres.
Cuando la oferta aumenta y el acceso se vuelve permanente, también aumentan las oportunidades de consumirlos. Y esto ocurre en un contexto en el que además muchas veces comemos mientras hacemos otras cosas: trabajando, mirando televisión, viajando, estudiando o usando el celular. El acto de comer puede dejar de estar vinculado con el hambre y pasar a responder también a la comodidad, la disponibilidad o el estímulo constante.
Por eso, quizás una de las grandes diferencias entre aquella época y la actual no sea que antes existieran alimentos saludables y hoy no, sino que hoy convivimos con una oferta más amplia, accesible y permanente de productos de baja calidad nutricional.
Nostalgia no significa prohibición
Acá aparece la parte que más nos interesa desde la nutrición. Cuando llega la Noche de la Nostalgia, pueden aparecer muchos de esos alimentos que asociamos con otras épocas. Pizza, picada, snacks, postres, golosinas, tragos y refrescos pueden formar parte de la celebración. No necesitamos convertirlos en alimentos prohibidos. Una alimentación saludable no significa eliminar todo lo que disfrutamos. Significa que esos alimentos tengan un lugar adecuado dentro del conjunto de nuestra alimentación.
Una pizza una noche no define nuestra alimentación. Una porción de torta tampoco. El problema aparece cuando una excepción se transforma en la rutina cotidiana.
Por eso, el objetivo no debería ser llegar al 24 de agosto pensando “esta noche puedo comer todo porque mañana empiezo de nuevo”. Mucho menos pasar el día comiendo casi nada para “guardar calorías” para la noche.
¿Cómo disfrutar la fiesta?
La mejor estrategia es mucho más sencilla. Comer normalmente durante el día. No llegar a la fiesta con hambre extrema. Si hay una cena, intentar que sea una comida completa y no solamente picoteo durante horas. En la mesa, elegir lo que realmente queremos comer y disfrutarlo. Si hay pizza, podemos comer pizza. Si queremos una porción de torta, podemos comerla. Y si además hay otras opciones, podemos combinarlas.
También es importante prestar atención al alcohol. Además de aportar calorías, puede aumentar el apetito y hacer que perdamos registro de cuánto estamos comiendo y bebiendo. Alternar las bebidas alcohólicas con agua es una estrategia sencilla que puede ayudar a mantenernos hidratados durante una noche larga. Y si vamos a bailar, disfrutar. El movimiento también forma parte de una noche activa, aunque no debería utilizarse como una forma de “compensar” lo que comimos.
¿Y al día siguiente?
Después de una noche larga puede aparecer cansancio, sed, falta de sueño y poco apetito. También puede aparecer la clásica idea: “ayer comí de más, hoy no como nada”. No es necesario. No necesitamos ayunar, hacer una dieta líquida ni recurrir a jugos detox para “limpiar” el organismo. Si tenemos sed, tomamos agua.
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Si tenemos hambre, comemos. Podemos volver a nuestras comidas habituales, priorizar frutas, verduras, proteínas y alimentos frescos y darle al cuerpo algo que probablemente necesite mucho más que una dieta depurativa: descanso. Porque después de una noche de fiesta, muchas veces el principal problema no es haber comido una porción de pizza o una torta. Es haber dormido poco.
Comer también es recordar
Quizás la Noche de la Nostalgia sea una buena oportunidad para recuperar una idea que a veces perdemos de vista cuando hablamos de alimentación saludable. La comida no es solamente un conjunto de nutrientes. Es también cultura, historia, familia, encuentros y recuerdos. No todo lo que comíamos en los 80 y 90 era saludable. Pero tampoco todo lo que nos daba placer necesita desaparecer de nuestra alimentación para que podamos cuidarnos.
La gran diferencia es que hoy necesitamos prestar más atención a un entorno en el que tenemos acceso permanente a alimentos y bebidas que antes podían estar reservados para ocasiones especiales.
Porque el equilibrio no se define por una comida aislada, de la misma manera que una alimentación saludable no se construye por una sola comida saludable. Este 24 de agosto, mientras vuelvan a sonar aquellas canciones que marcaron otras épocas, quizás también aparezcan sobre las mesas algunos sabores conocidos. Porque la nostalgia también se sirve en el plato. Y comer saludable no significa dejar los recuerdos afuera.