La explicación evolutiva de por qué tu cuerpo te pide comer más guisos y chocolates cuando llega el frío

Un mecanismo de supervivencia prehistórico y la caída de la serotonina por la falta de luz regulan nuestros antojos invernales.

Guiso
Fue a un almuerzo familiar, comió guiso y murió por intoxicación.
Foto: Shutterstock.

El frío, la menor cantidad de horas de luz, los cambios en la rutina y hasta algunos mecanismos biológicos hacen que durante esta época del año aumente el apetito y aparezcan más antojos. Comprender qué sucede en nuestro organismo permite tomar mejores decisiones sin caer en restricciones ni culpas.

¿Te pasó que apenas llegaron los primeros días de frío empezás a pensar en un guiso, una pasta o algo dulce para acompañar el café? O después de cenar sentís unas ganas irresistibles de comer "un pedacito de chocolate"... que termina siendo bastante más que un pedacito.

No sos el único. Es una consulta que escucho todos los inviernos en mi clínica. Muchas personas sienten que durante esta época les cuesta más controlar el apetito, aparecen más antojos y mantener una alimentación saludable parece mucho más difícil que unos meses atrás.

La realidad es que nuestro cuerpo cambia con las estaciones. Cambian las rutinas, las horas de luz, el tiempo que pasamos al aire libre, el estado de ánimo y hasta la forma en que nuestro cerebro interpreta el hambre. Todo eso influye en las decisiones que tomamos frente a la comida.
Entender por qué ocurre nos permite dejar de pelear contra nuestro cuerpo y empezar a trabajar con él.

1. El frío nos hace buscar alimentos que nos reconforten

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Foto: Pxhere.

No es casualidad que en julio nadie sueñe con un plato de sandía. Cuando bajan las temperaturas buscamos comidas calientes, abundantes y con mayor aporte de energía. Un guiso, una sopa cremosa, una lasaña recién salida del horno o un chocolate caliente generan una sensación de bienestar que va mucho más allá del sabor.

Nuestro cerebro asocia esos alimentos con confort, placer y protección. Es un mecanismo que tiene mucho de evolutivo. Durante miles de años, el invierno significó escasez de alimentos y temperaturas extremas. Quienes lograban almacenar energía tenían mayores posibilidades de sobrevivir.
Hoy vivimos en casas calefaccionadas y tenemos comida disponible durante todo el año, pero nuestro organismo sigue conservando parte de esos mecanismos. Eso explica por qué el cuerpo parece "pedir" alimentos más energéticos cuando hace frío.

2. Nos movemos bastante menos de lo que creemos

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Foto: Pickpik.

En verano salir a caminar después de trabajar parece una buena idea, en invierno, cuando oscurece temprano y hace ocho grados, la historia cambia. Cancelamos caminatas, dejamos de hacer actividades al aire libre y muchas veces también abandonamos el gimnasio por algunas semanas... que terminan siendo varios meses, quienes trabajan desde casa suelen pasar muchas más horas sentados. Menos caminatas, menos actividades al aire libre y más tiempo frente a pantallas, reducen el gasto energético diario, incluso en personas que no abandonan completamente el ejercicio.

Gastamos menos energía, pero muchas veces seguimos comiendo igual o incluso más. No hace falta convertirse en un atleta para compensarlo.
Treinta minutos de caminata, una rutina de ejercicios en casa o simplemente intentar interrumpir los períodos largos de sedentarismo ayudan a mantener el gasto energético y, sobre todo, mejoran el estado de ánimo.

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Foto: Pxhere.

3. El invierno también cambia nuestro estado de ánimo

Si sentís que durante esta época estás más cansado, con menos energía o con menos ganas de hacer cosas, tampoco estás imaginándolo. La disminución de horas de luz puede influir sobre la producción de algunas sustancias relacionadas con el bienestar, como la serotonina.

Y cuando nos sentimos más apagados, muchas veces buscamos una recompensa rápida. Ahí aparecen las galletitas, el chocolate, las facturas o cualquier alimento que nos genere una satisfacción inmediata. No es hambre, es otra necesidad que estamos intentando resolver a través de la comida.

Por eso muchas veces abrimos la despensa pocos minutos después de haber cenado, no porque el cuerpo necesite energía, sino porque el cerebro está buscando sentirse mejor. Aprender a diferenciar el hambre física del hambre emocional puede cambiar completamente la relación con la comida.

4. En invierno cambian nuestras elecciones

Mientras que en verano llenamos el carrito con frutas, verduras para ensalada, yogures y alimentos frescos; en invierno aparecen las masas, los bizcochos, las galletitas, los chocolates, los quesos y las comidas listas para calentar. No hay nada malo en disfrutar un plato de pasta o un guiso, el problema aparece cuando esos alimentos desplazan a las verduras, las frutas y las legumbres durante semanas enteras.

Una alimentación saludable también puede ser caliente. Las sopas caseras, los estofados con abundantes verduras, los guisos con legumbres, las carnes al horno con vegetales o un buen pastel de carne preparado con una base importante de verduras son excelentes opciones para esta época del año. No se trata de dejar de comer lo que nos gusta. Se trata de encontrar un mejor equilibrio.

5. El entorno invita a comer más

En invierno hacemos mucha más vida puertas adentro. Hay más tardes de películas, más rondas de mate, más cafés compartidos y más reuniones donde la comida ocupa un lugar central, y cuanto más tiempo estamos cerca de la cocina, más oportunidades aparecen para picar algo.
Muchas veces no tenemos hambre. Simplemente el alimento está ahí. Está demostrado que el ambiente influye enormemente en cuánto comemos.

Si sobre la mesa hay un paquete de galletitas abierto, probablemente terminemos comiendo más que si hubiera una fruta lavada y pronta para consumir. Por eso, organizar el entorno muchas veces resulta más efectivo que intentar depender únicamente de la fuerza de voluntad.

Entonces... ¿es normal comer más en invierno?

Sí. Lo que no es inevitable es aumentar de peso. Hay una gran diferencia entre escuchar las señales del cuerpo y comer de manera automática cada vez que sentimos frío, aburrimiento o ansiedad.

El problema no es disfrutar un chocolate caliente una tarde de lluvia o un plato de pasta un domingo en familia. El problema aparece cuando todas las comidas de la semana empiezan a responder a esa lógica.

La salud nunca depende de un alimento aislado. Depende de lo que hacemos la mayor parte del tiempo.

Algunas estrategias que realmente funcionan

En lugar de pensar en restricciones, vale la pena enfocarse en pequeños hábitos que hacen la diferencia.

  • Elegir preparaciones calientes que incluyan verduras en buena cantidad.
  • Mantener el consumo de frutas, aunque sea cocidas, al horno o en compotas sin azúcar agregada.
  • Tener opciones saludables listas para cuando aparezca el hambre entre comidas.
  • Intentar sostener una rutina de movimiento, aunque sea dentro de casa. • Dormir lo suficiente, porque descansar poco aumenta el apetito y favorece los antojos. • Preguntarse antes de abrir la heladera: "¿Tengo hambre o estoy buscando otra cosa?".

Esa pausa de apenas unos segundos muchas veces alcanza para tomar una mejor decisión.

El invierno no es el enemigo

Comer más en invierno no es un error, es una respuesta esperable del organismo frente a un cambio de estación, cada estación tiene sus desafíos. En verano aparecen los helados, las vacaciones y las reuniones al aire libre. En invierno llegan los guisos, las meriendas largas y las ganas de quedarse debajo de una manta. No se trata de luchar contra eso sino de adaptarnos y aprender a reconocer cuándo el cuerpo realmente necesita alimento y cuándo simplemente está buscando abrigo, descanso o una pausa en medio de la rutina. La alimentación saludable no consiste en ignorar esas señales, sino en interpretarlas correctamente para encontrar un equilibrio que podamos sostener durante todo el año.

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