¿Quién está del otro lado? Por qué la comodidad de la IA está haciendo que dejemos de pensar

Cómo impacta el avance de la Inteligencia Artificial en la salud mental y qué impacto tienen los algoritmos en la percepción de la realidad, según un psicoanalista.

Niño usa la computadora
Niño usa la inteligencia artificial en la computadora.
Foto: Freepik.

¿Cómo se habita un mundo donde ya no es evidente quién (o qué) está del otro lado? Antes usábamos el teléfono para llamar a alguien; ahora le hablamos como si fuera alguien. Le pedimos que escriba, que resuma, que nos diga si lloverá o qué conviene hacer con una decisión que hasta ayer era nuestra. Responde con eficacia y naturalidad, y casi nadie sabe cómo lo hace. Tampoco parece importar: alcanza con que funcione.

De chico la televisión me parecía magia pura. Alguien en un estudio lejano aparecía en el living de casa. Pero había algo tranquilizador, era una caja. Se la podía señalar, desenchufar, apagar. El misterio quedaba contenido dentro de un objeto con borde. No entendíamos qué pasaba adentro; apenas lo intuíamos. La psicología lo llama “ilusión de profundidad explicativa”: creemos entender algo hasta que intentamos explicarlo y descubrimos que no sabemos casi nada.

Inteligencia Artificial.
Inteligencia Artificial.
Foto: archivo El País.

Antes la ignorancia tenía forma: tornillos, cables, botones. El misterio estaba encapsulado. Ahora la caja desapareció. Lo que organiza lo que vemos son líneas de código sin borde visible. Y como no vemos el mecanismo, lo llenamos con fantasías. Si suena humano, suponemos que hay alguien del otro lado. Estamos hechos para atribuir intención a lo que nos responde con familiaridad.

No olvidemos que —por ahora— estos sistemas no piensan, calculan. Detectan patrones, estiman probabilidades y devuelven la opción más verosímil. No hay conciencia, hay estadística. El problema no es técnico sino perceptivo: empezamos a confundir eficacia con pensamiento. Con la inteligencia artificial no delegamos solo memoria o cálculo; delegamos síntesis, interpretación, redacción, incluso parte del criterio. Le pedimos que ordene nuestras ideas y decida qué es relevante. Y como lo hace rápido y con coherencia, se vuelve tentador tercerizar también la duda.

Mientras tanto, los algoritmos deciden qué aparece primero, qué se repite y qué queda enterrado. No son una herramienta que se usa y se guarda; son el escenario donde nos informamos y tomamos decisiones.

Personas estudiando
Personas utilizan la computadora.
Foto: Archivo El País.

El efecto más inquietante no es que las máquinas desarrollen conciencia, sino que la realidad pierda firmeza. Hoy una imagen puede no haber sido tomada, una voz no haber sido pronunciada y un texto no haber sido escrito por nadie, y aun así circular con autoridad. En una encuesta global de KPMG de 2023, la mayoría admitió no poder distinguir con seguridad entre contenido humano y contenido generado por inteligencia artificial. La escena es extraña: ante la sospecha de que algo sea artificial, le preguntamos a otra inteligencia artificial si es real.

Tal vez el primer paso sea aceptar que no entender del todo cómo funciona algo no nos vuelve ignorantes, sino humanos. Que algo suene convincente no lo vuelve verdadero y que sea veloz no lo convierte en criterio.

Habitar este mundo exige prácticas simples: verificar antes de compartir, demorarse antes de decidir, desconfiar de lo que encaja demasiado perfecto con lo que ya creemos. No se trata de demonizar la tecnología, sino de impedir que la comodidad del cálculo sustituya el trabajo incómodo de pensar.

La inteligencia artificial no ocupa un lugar, organiza los lugares y hasta sugiere el tono con el que hablamos. El problema no es que piense como nosotros; el problema sería que nosotros dejáramos de hacerlo porque alguien —o algo— ya nos entregó una versión procesada del mundo.

Y entonces aparece la sospecha: ¿hace falta aclarar que esto que estás leyendo fue pensado y no producido por una máquina? La sola necesidad de formular la pregunta ya dice bastante sobre el clima de época.

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