Redacción El País
Las dinámicas de pareja han cambiado de forma notable en los últimos años. Las redes sociales, la inmediatez y la falta de vínculos profundos han transformado la manera de relacionarnos. En ese escenario, la psicología actual comenzó a hablar de las llamadas relaciones de transición, un tipo de vínculo afectivo que suele aparecer poco después de una ruptura amorosa, un duelo o una crisis personal.
Se trata de un lazo que, más que consolidarse, busca acompañar un proceso. Es decir, no tiene como objetivo perdurar, sino ofrecer contención mientras la persona intenta recuperar estabilidad emocional y confianza en sí misma.
Un concepto con raíces en el psicoanálisis
La idea proviene del psicoanalista británico Donald Winnicott, quien desarrolló la noción del “objeto de transición”: ese elemento —como una manta o un peluche— que brinda seguridad al niño cuando debe separarse de sus padres. En la adultez, algo similar puede ocurrir con las relaciones afectivas. Hay personas que, sin proponérselo, se convierten en una suerte de refugio emocional mientras la otra atraviesa una pérdida o una etapa de cambio.
De acuerdo con especialistas en salud mental, este tipo de vínculo tiene una función reparadora: ayuda a reconstruir la autoestima, ofrece alivio ante la soledad y favorece la autocomprensión. Sin embargo, suele ser inestable o de corta duración. Su rol principal no es crear una historia nueva, sino acompañar el cierre de la anterior.
Cómo reconocer una relación de transición
Aunque cada historia tiene sus matices, hay señales que permiten identificar cuándo se está viviendo una relación de este tipo.
- Suele comenzar poco tiempo después de una ruptura o una pérdida.
- Surge de una necesidad de apoyo o consuelo, más que del deseo de construir a largo plazo.
- Genera alivio emocional y refuerza la autoestima.
- Puede implicar dependencia afectiva o miedo a la soledad.
- Ayuda a clarificar qué se busca realmente en una pareja.
En palabras del terapeuta estadounidense Robert Taibbi, la etapa de transición debería aprovecharse para “aprender de lo vivido, imaginar el ideal y explorar sin prisa”. Es decir, no se trata de negar el dolor, sino de procesarlo con conciencia y tiempo.
El riesgo de enamorarse demasiado rápido
Después de una separación, muchas personas buscan una nueva relación como forma de aliviar el vacío. Eso no necesariamente está mal, pero si la nueva historia se convierte en un refugio para esquivar el duelo, puede volverse un terreno confuso. Cuando la conexión se usa para tapar heridas sin sanar, el vínculo corre el riesgo de transformarse en una dependencia emocional.
Por eso, los especialistas recomiendan no apurar los tiempos. Antes de lanzarse a una nueva historia, conviene revisar lo que quedó pendiente, entender qué se necesita realmente y permitir que la soledad cumpla su papel reparador.
Puentes que enseñan
Una relación de transición no siempre es un error. Puede ser un aprendizaje valioso si ayuda a sanar, a recuperar la confianza y a redefinir lo que se busca en el amor. Pero cuando se convierte en un intento de olvidar a alguien o en una huida del propio malestar, termina generando más sufrimiento que alivio.
En definitiva, las relaciones de transición son como puentes: sirven para cruzar de una orilla a otra, pero no para quedarse a vivir en medio del camino.
En base a El Tiempo/GDA
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