Redacción El País
Aunque para muchos el verano es sinónimo de vacaciones, playa y días eternos, no todas las personas lo viven con entusiasmo. De hecho, odiar el verano es una experiencia más común de lo que se cree y, lejos de ser un capricho, tiene explicaciones desde la psicología y la salud emocional.
El calor intenso, el ruido constante y ciertas expectativas sociales pueden influir —y mucho— en cómo se transita esta época del año.
Calor, ánimo y emociones: una relación más profunda de lo que parece
La psicología del clima viene estudiando desde hace años cómo las altas temperaturas impactan en el estado de ánimo. En algunas personas, el exceso de calor puede provocar irritabilidad, cansancio persistente, alteraciones del sueño y una sensación general de incomodidad. Incluso existe lo que los especialistas denominan depresión estacional de verano, menos conocida que la invernal, pero igualmente real.
Quienes atraviesan este cuadro suelen experimentar malestar emocional, insomnio, pérdida de apetito y dificultades para concentrarse. No se trata solo de “no bancarse el calor”, sino de una respuesta más compleja del organismo y la mente frente a estímulos intensos y prolongados.
Personalidades introspectivas y rechazo al ruido del verano
Más allá de los aspectos clínicos, la personalidad juega un rol clave. Las personas que no disfrutan el verano suelen tener un perfil más introspectivo, valorar la rutina y sentirse cómodas en ambientes tranquilos. Para ellas, esta estación puede vivirse como una invasión permanente: demasiado sol, demasiado ruido y demasiada exigencia por mostrarse activos y felices.
El verano también trae consigo una fuerte presión social: salir, viajar, aprovechar cada día. Quienes prefieren planes más caseros o espacios calmos pueden sentirse fuera de sintonía con ese entusiasmo colectivo, lo que refuerza la sensación de rechazo y aislamiento.
Preferencias personales que también hablan de bienestar
El rechazo al verano no implica una actitud negativa ni pesimista. Muchas veces responde a una mayor sensibilidad física y emocional frente al calor, la humedad y las multitudes. Cambios en el descanso, incomodidad corporal y dificultad para sostener rutinas habituales terminan afectando el equilibrio emocional.
Entender que no todas las personas disfrutan del sol, el bullicio y las vacaciones multitudinarias es clave para respetar la diversidad emocional. Reconocer estas preferencias no solo valida distintas formas de sentir, sino que también ayuda a cuidar la salud mental. Al fin y al cabo, cada estación tiene su encanto… y no amar el verano no es un problema, sino una manera distinta de habitarlo.
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