No es mala educación: por qué algunas personas se van de las fiestas sin despedirse, según la psicología

Psiquiatra explica qué tiene que ver la ansiedad y el agotamiento social con irse de las reuniones sin decir "chau"; en muchos casos, el sistema nervioso está pidiendo un respiro.

Ansiedad, reunión
Mujer siente ansiedad en una reunión social.
Foto: Freepik.

Redacción El País
Irse de una reunión, una fiesta o un encuentro social sin despedirse suele generar incomodidad. Para muchas personas, esa ausencia del “chau” final se lee como mala educación, frialdad o desinterés. Sin embargo, desde la psiquiatría, esta conducta tiene otra explicación, bastante más compleja y lejos de los juicios habituales.

Según la médica psiquiatra y especialista en salud mental Laura Villamil, irse sin despedirse rara vez es un gesto deliberado de descortesía. En la mayoría de los casos funciona como una estrategia de autorregulación emocional frente a contextos que resultan demasiado exigentes para el sistema nervioso.

“Las reuniones sociales implican convivir con muchos estímulos al mismo tiempo: ruido, conversaciones cruzadas, demandas constantes de interacción y la necesidad de interpretar señales sociales de manera permanente. Para algunas personas, todo eso activa un estado de alerta sostenido que, cuando supera la capacidad de procesamiento, dispara la necesidad de irse de forma rápida y silenciosa”, explica la especialista.

Desde esta mirada, el problema no es la reunión en sí, sino la sobrecarga que puede generar. Lo que para algunos es disfrute y energía, para otros se vuelve agotamiento. En ese punto, retirarse sin anunciarlo aparece como una forma de proteger el equilibrio emocional.

Depresión, ansiedad
Mujer angustiada en su habitación.
Foto: Freepik.

La despedida, ese momento socialmente esperado, también puede convertirse en una exigencia extra. Villamil señala que decir adiós implica contacto visual, explicaciones, validación del otro y, muchas veces, justificar la decisión de irse. Una secuencia que parece simple, pero que puede resultar abrumadora para personas con ansiedad social, alta sensibilidad, rasgos evitativos o determinadas historias de apego.

En esos casos, despedirse no es una formalidad menor, sino un pico de tensión que se suma al cansancio acumulado por la interacción previa. Cuando los recursos internos ya están al límite, la salida silenciosa se percibe como la opción menos costosa para el organismo.

Detrás de esta conducta también pesan experiencias aprendidas. Muchas personas crecieron en entornos donde expresar necesidades personales —como querer irse de un lugar— generaba reproches, conflictos o invalidación. En esos contextos, el silencio se volvió una respuesta adaptativa: irse sin avisar era una forma de evitar discusiones o explicaciones que no siempre eran respetadas.

Ansiedad
Joven con ansiedad.
Foto: Freepik.

Desde el punto de vista neurobiológico, la saturación social puede activar el sistema nervioso simpático, responsable de las respuestas de alerta. Esto se traduce en aumento de la ansiedad y una necesidad urgente de escape. Irse discretamente permite una desescalada más rápida de ese estado, facilitando la regulación emocional.

“No se trata de falta de afecto hacia los demás, sino de priorizar el equilibrio interno cuando la interacción deja de sentirse segura o tolerable”, aclara Villamil. El silencio, subraya, no debería interpretarse automáticamente como rechazo, sino como una señal de que los límites personales fueron alcanzados.

Mirar este comportamiento desde una perspectiva clínica ayuda a cuestionar lecturas simplistas sobre lo que está “bien” o “mal” en lo social. No todos los sistemas nerviosos procesan las normas del mismo modo, y lo que para algunos es un gesto amable, para otros puede ser una fuente real de estrés.“Reconocer esa diversidad no implica justificar todo, pero sí invita a leer el silencio con más empatía y menos juicio”, concluye la especialista.

En base a El Tiempo/GDA

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