El aburrimiento es una emoción desagradable que aparece cuando el niño siente que no tiene estímulos que lo motiven. Sin embargo, estímulos siempre hay: lo que sucede es que el pequeño aún no logra percibirlos ni tomar contacto con ellos para transformarlos en algo creativo, divertido o placentero. El niño aburrido no encuentra interés ni puede concentrarse en una actividad que le resulte significativa.
Solemos pensar que lo opuesto al aburrimiento es la diversión. En realidad, también lo es la creatividad. Y aquí aparece una paradoja de época: nunca hubo tantos juguetes, juegos, deportes y propuestas de entretenimiento, y sin embargo nunca hubo tantos niños aburridos.
El niño que se aburre experimenta un vacío que necesita ser llenado desde adentro hacia afuera, desde su mundo interno hacia el mundo externo. Muchas veces, los adultos intentan hacerlo en sentido contrario: compran juguetes, proponen salidas, los llevan a espacios donde la diversión parece garantizada. Pero ese vacío, tarde o temprano, vuelve a aparecer.
La sobreoferta de estímulos tiene un riesgo silencioso: que todo les llegue servido. Cuando no necesitan crear, inventar ni imaginar, la creatividad -uno de los recursos personales más valiosos- queda paralizada, anestesiada.
El aburrimiento, entonces, no solo habla de falta de motivación para una tarea, sino que también puede convertirse en una oportunidad para encontrar algo desafiante y propio.
Construir
Salir del aburrimiento implica iluminar los recursos personales que todos los niños poseen: creatividad, ingenio, perseverancia, humor, inteligencia.
El rol de los adultos es acompañarlos para que aprendan a usar esos recursos, en lugar de ofrecer siempre actividades estructuradas y listas para consumir, como los videojuegos o el entretenimiento digital permanente.
Aburrirse también puede ser algo positivo. Permite pensar, crear, conectar ideas.
No es necesario taparlo de inmediato con propuestas como ir al shopping, llamar amigos o pasar horas frente a una pantalla. El verdadero camino es el contacto con lo que el niño tiene a su alcance y con sus propios talentos para generar una actividad que lo motive.
Si su hijo decide aburrirse, déjelo. Es una opción y, como tal, una experiencia necesaria. Aprender a gestionar esta emoción tan incómoda fortalece su mundo interno y su autonomía emocional.
El psicoanalista argentino residente en España, Joseph Knobel Freud, lo resume con claridad: “Los niños dejaron de jugar para consumir y los adultos dejaron de cuidar para mirar pantallas. El resultado es una infancia sin juego, una adolescencia sin sostén y una sociedad donde las pantallas organizan la vida más que los vínculos humanos”.
Los padres pueden sugerir dos o tres actividades posibles, teniendo en cuenta la edad, el momento y los intereses del niño. Será él quien elija qué hacer para dejar de estar aburrido. Para eso, los adultos necesitan pausar por un instante sus propias tareas y poner el foco en el niño, acompañándolo sin dirigirlo.
Este recorrido -de la motivación y la imaginación desde el mundo interno hacia el externo- es fundamental. Fortalece la autoestima en una sociedad marcada por lo inmediato, lo rápido y lo que requiere poco esfuerzo. No es casual que muchos niños presenten hoy baja tolerancia a la frustración.
Buscar respuestas en el mundo interno y no en los estantes o en los juegos online es clave para que el niño se sienta emocionalmente fortalecido.
En un contexto donde cada vez se evita más el esfuerzo y la espera, y donde todo parece poder preguntarse a la inteligencia artificial, el verdadero desafío es ayudar a los niños a que le pregunten a su propia inteligencia.
Este ejercicio interno es tan importante como hacer deporte. Es un entrenamiento consigo mismo que desarrolla talentos y recursos que los acompañarán a lo largo de la vida.
Las vacaciones, terreno fértil para el aburrimiento, pueden convertirse en una gran oportunidad: la de poner en marcha la imaginación, el ingenio y la creatividad, habilidades esenciales que se cultivan desde la infancia y que serán fundamentales para la vida adulta.
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