La experiencia como brújula: lo vivido también puede ayudarnos a tomar decisiones con mayor autonomía y confianza

Los aciertos y tropiezos construyen un criterio propio que permite afrontar la incertidumbre y tomar decisiones con mayor seguridad. Pero aprender del pasado también exige reconocer sus límites y mantener una mirada abierta al cambio.

Hombre parado sobre las rocas del Parque Nacional Torres del Paine, ubicado en la Patagonia chilena.
Hombre parado sobre las rocas del Parque Nacional Torres del Paine, ubicado en la Patagonia chilena.
Foto: Canva,

Muchas veces vivimos prestando atención a nuestros conocimientos teóricos, pero tenemos presente que la práctica y los tropiezos dejan una huella que actúa como un faro realista frente a la incertidumbre.

El concepto de la vivencia como brújula fundamental se apoya en la idea de que el conocimiento adquirido mediante la acción directa supera con creces a cualquier saber abstracto.

Cuando nos enfrentamos a una encrucijada, la experiencia personal actúa como un filtro de máxima fiabilidad debido a varios factores clave:

• La vivencia propia deja una marca física y emocional imposible de replicar con la simple lectura o la escucha de consejos ajenos.

• A diferencia de las opiniones de terceros (que suelen estar sesgadas por intereses, percepciones subjetivas o expectativas ajenas), el resultado de una acción vivida es innegable.

• Tomar decisiones basadas en lo que ya hemos transitado disminuye el margen de error. Aunque cada contexto es único, el criterio forjado a través de los aciertos y tropiezos previos proporciona una base sólida de discernimiento.

Gracias a la autoevaluación y a nuestro recorrido podemos tomar decisiones conscientes y coherentes.

La experiencia.

Aunque nuestra experiencia es una herramienta valiosa, reconocer sus límites resulta crucial para no caer en la rigidez o el exceso de confianza. La vida se caracteriza por su dinamismo y constante cambio:

• Nuestra experiencia pasada ofrece un marco de referencia, pero no es infalible. Suponer que un escenario futuro se desarrollará exactamente igual que uno anterior ignora que las variables, el tiempo y las personas cambian.

Puesta de sol.jfif
Cuando las cosas se compliquen, agradecerás haber desarrollado tu resiliencia.
Foto: Canva.

• La realidad es compleja y frecuentemente presenta situaciones totalmente nuevas que no encajan en los moldes del pasado. Confiar ciegamente en lo conocido puede impedir que veamos las particularidades de un desafío actual.

• Limitarnos únicamente a lo vivido puede volvernos prisioneros de nuestros precedentes, haciendo que interpretemos los nuevos eventos exclusivamente a través del filtro de viejos errores o éxitos.

Debemos mantener una actitud de apertura y humildad intelectual. La sabiduría consiste en usar el pasado como punto de partida.

Mayor certeza.

Nuestro conocimiento acumulado actúa como un ancla de estabilidad cuando nos enfrentamos a decisiones complejas. Aunque ningún escenario futuro es una copia exacta del pasado, el haber transitado caminos similares transforma el caos de lo desconocido en un terreno con coordenadas conocidas:

• Nuestros aciertos y tropiezos forjan un discernimiento más afinado. Este criterio nos permite filtrar el ruido externo y evaluar las opciones con mayor serenidad y perspectiva.

• Contar con referencias propias evita que caigamos en errores de novatos o en riesgos innecesarios que ya fueron experimentados. Al conocer las consecuencias reales de acciones pasadas, calibramos mejor los pasos siguientes.

• La experiencia nos otorga resiliencia. Saber que ya hemos salido adelante en situaciones difíciles o imprevistas reduce la ansiedad ante la falta de información, y nos permite actuar con mayor seguridad.

Una reducción de la incertidumbre nos brinda una base sólida y probada desde la cual tomar mejores decisiones.

La autonomía.

Nuestra autonomía en la edad adulta requiere que dejemos de actuar por mandato o imitación y nos regimos por nuestro entendimiento. Al validar las cosas a través de los hechos vividos desarrollamos un mapa mental auténtico que nos permite decidir, porque poseemos una referencia real de nuestras capacidades y límites.

Necesitamos blindarnos ante la manipulación, las promesas vacías o las expectativas sociales impuestas por terceros. El conocimiento adquirido mediante la experiencia actúa como un escudo protector: al haber transitado la realidad, poseemos un filtro que nos permite discernir entre discursos idealizados y hechos concretos.

Al utilizar el criterio forjado por las luces y las sombras de nuestro pasado, disminuimos el margen de error y gestionamos mejor el vértigo de lo desconocido. Esta reducción de la incerteza nos permite trazar rumbos con confianza, asumir riesgos calculados y actuar con independencia.

Estas ideas, desarrolladas por los especialistas, muestran que la autonomía adulta es el resultado de un recorrido validado por la experiencia, donde nos convertimos en autores y jueces responsables de nuestras propias elecciones.

Mujer nerviosa.
Mujer ansiosa.
Foto: Freepik.

El rol del cerebro.

El proceso de transitar vivencias, reconocer sus límites, reducir la incertidumbre y consolidar la autonomía adulta requiere un entramado de habilidades cognitivas:

• Extracción de patrones generales a partir de casos particulares y aplicación de principios lógicos o experiencias previas para anticipar consecuencias en situaciones nuevas.

• Análisis objetivo de la información, cuestionamiento a las opiniones o discursos externos y, fundamentalmente, reflexión sobre el propio pensamiento (evaluación de la forma en la que tomamos decisiones, reconocemos sesgos y aprendemos de los errores).

• Consideración de alternativas, cálculo de riesgos y elección de un curso de acción óptimo basándonos en evidencias empíricas y en el criterio acumulado.

• Cambio de enfoque, adaptación de estrategias previas cuando la realidad cambia y aceptación de que las respuestas del pasado no siempre sirven para los desafíos inéditos.

• Almacenamiento del archivo de las vivencias pasadas (logros y reveses), mientras retenemos y articulamos esa información en tiempo real para resolver el problema actual.

• Inclusión del plano afectivo con una base cognitiva profunda y gestión de la incertidumbre. Tolerancia de la frustración ante el error y conservación de la calma frente al riesgo sin que nos domine la ansiedad.

¿Encontraste un error?

Reportar
Te puede interesar