A veces, cuando atravesamos una dificultad o un problema y lo compartimos con nuestros allegados, podemos recibir la respuesta bien intencionada que nos invita a ver el lado bueno de la vida y poner la intención y la voluntad para ser felices.
Esa frase puede parecernos vacía y tal vez nos haga sentir que no nos ayuda, pero en realidad puede ir mucho más allá de una simple fórmula de etiqueta social. Si la interpretamos en profundidad, puede convertirse en una hoja de ruta para nuestro bienestar emocional.
Esta hoja de ruta está marcada por risas, sonrisas y felicidad. Se trata, por un lado, de no tomarnos la vida tan en serio. La risa rompe la tensión y nos permite ver el absurdo en las dificultades. Es un recordatorio de que, incluso en el caos, podemos encontrar momentos de ligereza.
Las sonrisas, en tanto, son una elección de actitud. Sonreír implica amabilidad hacia los demás y hacia uno mismo. Es la fachada que decidimos mostrarle a las circunstancias; una señal de resiliencia que le dice al cerebro que, a pesar de todo, estamos a salvo. Mientras la risa es explosiva, la sonrisa es un gesto consciente.
Si aceptamos el consejo que nos propone ser felices, nos abrimos a una decisión de vida, más allá de una mera acción. La felicidad no es la ausencia de problemas, sino la paz con esos mismos problemas. Ser feliz implica gratitud y presencia. Mientras que reír y sonreír son herramientas, ser feliz es el propósito: cultivar una satisfacción interna que no dependa exclusivamente de lo que ocurre afuera.
Entrenar la alegría
Si nos lo proponemos, podemos dejar de ver la alegría como un sentimiento que nos sucede para comenzar a verla como una habilidad que se entrena. En esta disciplina, el cerebro no solo recibe órdenes, sino que se reconfigura mediante la repetición y el enfoque.
Cuando estamos atrapados en un bucle de pensamientos negativos o estresantes, el cerebro está operando bajo un esquema rígido. La risa irrumpe de forma súbita y rompe ese patrón. Es un reinicio cognitivo que nos obliga a salir del estado de alerta para procesar la incongruencia que nos propone el humor. Reírnos de nosotros mismos o de una situación difícil, por ejemplo, es un ejercicio de reencuadre. Es un ejercicio que evita que nuestra mente se quede anclada en una sola interpretación de la realidad y nos permite encontrar múltiples salidas a un mismo problema.
La sonrisa funciona mediante un proceso de condicionamiento a través del cual los gestos físicos influyen en nuestro estado mental. Al sonreír de manera consciente, nuestro sistema de procesamiento de información recibe una señal de seguridad. No hablamos de fingir por falsedad, sino de manejar una instrucción técnica para bajar los niveles de defensa mental. Al decidir sonreír, predisponemos a nuestro filtro de atención para que detecte estímulos más amables en el entorno. Configuramos nuestro radar cognitivo para priorizar lo que funciona sobre lo que falla y la abundancia sobre la carencia, lo que constituye una capacidad crítica de la inteligencia emocional.
En este nivel de introspección e intención, la felicidad requiere que gestionemos nuestra atención y construyamos resiliencia.
El entrenamiento cognitivo nos permite optimizar aquello en lo que ponemos nuestra atención. Así, la felicidad es el resultado de un ejercicio constante de dirigir el foco hacia la gratitud y el presente, en lugar de divagar hacia la ansiedad (futuro) o la rumiación (pasado). La felicidad no es una meta, sino el desarrollo de una estructura mental robusta. Se trata de fortalecer la percepción de cada aspecto del bienestar que experimentamos para que, cuando lleguen los estímulos negativos, tengamos la estabilidad suficiente para amortiguar su impacto. Es pasar de un estado reactivo a uno proactivo.
Evitar el optimismo ciego
El ejercicio de las capacidades que colaboran con nuestra felicidad no implica evasión, frivolidad ni superficialidad. En el contexto del entrenamiento cognitivo, el bienestar emocional no equivale a ignorar la existencia del dolor, la injusticia o los problemas, sino elegir desde qué estado mental vamos a enfrentar esa realidad.
Cuando nos enfrentamos a una realidad cruda, nuestro cerebro tiende a entrar en un estado de alerta o angustia que nubla nuestro juicio. Reír o sonreír en esos momentos es una estrategia de regulación: al recuperar la calma a través del gesto, recuperamos nuestra capacidad de aplicar la lógica, planificar y resolver problemas.
Ser felices en un entorno difícil constituye también un acto de autonomía, y lo alcanzamos cuando nuestro estado interno no refleja automáticamente las circunstancias externas. No se trata de ser indiferente al caos, sino de decidir que no nos vamos a mimetizar con ese caos.
Sin embargo, siempre podemos correr el riesgo de confundir la herramienta cognitiva interna de buscar el bienestar con la presión social de estar bien, que puede ser opresiva. Todo debería comenzar con un reconocimiento de la verdad, admitiendo cuando algo nos duele o cuando cierto desafío se nos presenta como cargado de dificultad. Una vez validada la emoción, se utiliza la risa o la sonrisa como un recurso de gestión sin que se convierta en una venda que nos cubre los ojos y nos impide ver la realidad.
Cuando nos sumimos en la amargura o el cinismo perdemos agudeza; si nos gana la frivolidad, somos incapaces de profundizar. Pero cuando entrenamos nuestra felicidad asumimos la realidad con una estructura emocional que nos permite sobrevivir y ayudar a otros sin desgastarnos.
Para recordar
- Riamos para no quebrarnos. La risa libera nuestro cuerpo y desbloquea nuestra rigidez mental.
- Sonriamos para mantener la conexión humana. Al sonreír, calmamos nuestra mente y recalibramos nuestra percepción inmediata.
- Construyamos nuestra felicidad para ser capaces de transformar la realidad, por dura que esta sea. Si nos proponemos ser felices, nutrimos nuestro bienestar emocional y sostenemos un sistema de pensamiento saludable a largo plazo.
La alegría es producto de un ejercicio diario, pero no debemos esperar a sentirnos bien para ponerla en práctica. Las acciones de reír y sonreír preceden y construyen nuestro estado mental feliz. Nuestra verdadera madurez cognitiva se manifiesta cuando somos capaces de sostener la sonrisa mientras tenemos la mirada fija en los desafíos.
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