"Si descanso, me siento culpable". "No puedo parar". "Cuando tengo un rato libre, agarro el celular". "Yo descanso durmiendo". Después de mi columna anterior, llegaron cientos de mensajes de lectores contando cómo entienden el descanso, lo que me resultó muy interesante, sumado a la aparición de una confusión muy común: creemos que descansar y dormir son sinónimos y la realidad es que no lo son.
Dormir es una conducta basal, es decir una necesidad biológica básica irremplazable. Sin un sueño suficiente y de buena calidad, el cerebro no consolida recuerdos, no regula adecuadamente las emociones, disminuye la atención y aumenta el riesgo de enfermedades. La realidad es que la falta de sueño resulta sumamente nocivo para el funcionamiento adecuado de nuestro organismo y no es posible reemplazarlo con otra actividad.
Cuando recibo a un paciente por primera vez, el hecho de indagar sobre su calidad de sueño es básico dentro de la anamnesis inicial, ya que si el trastorno o la dificultad para dormir están presente, una de las primeras indicaciones va a estar orientada a mejorar la calidad del sueño, lo que nos va a permitir equilibrar múltiples aspectos de la vida del paciente que hacen a su bienestar y armonía psico-física.
Pero descansar es otra cosa. Se trata de darle al cerebro una pausa consciente de la exigencia constante. Es cambiar de estado. Es salir, aunque sea por un momento, del modo de productividad permanente para entrar en un espacio donde el sistema nervioso pueda recuperar recursos.
La ciencia lleva años estudiando este fenómeno. Sabemos que el cerebro no está diseñado para sostener un nivel alto de concentración durante horas sin interrupciones. La atención es un recurso limitado. Después de un tiempo de esfuerzo mental, disminuye la capacidad para resolver problemas, aparecen más errores y aumenta la sensación de cansancio, incluso cuando el cuerpo prácticamente no se movió. Lo interesante es que el descanso no siempre significa quedarse quieto.
De hecho, una de las mejores formas de descansar la mente puede ser mover el cuerpo. Parece una contradicción, pero no lo es. Cuando caminamos, andamos en bicicleta, nadamos o hacemos ejercicio físico, el cerebro cambia de tarea. Se activan circuitos diferentes, mejora el flujo sanguíneo cerebral, aumentan sustancias relacionadas con el bienestar y la plasticidad neuronal y disminuye la carga mental acumulada por horas de trabajo intelectual. Muchas personas encuentran soluciones a problemas complejos mientras caminan. No es casualidad: el cerebro necesita esos cambios de contexto para reorganizar la información además de obtener un “refreshed” y nutrirse de un aire nuevo.
Incluso una caminata consciente ( con los cinco sentidos en conexión con el entorno y con el pensamiento en el aquí y ahora) de veinte o treinta minutos puede producir una sensación de claridad mental que difícilmente aparezca después de seguir frente a la computadora intentando "hacer un esfuerzo más".
También ocurre algo parecido con las actividades recreativas. Cocinar, tocar un instrumento, leer por placer, cuidar plantas, pintar, jugar con los hijos, conversar con amigos o simplemente observar un paisaje pueden convertirse en verdaderas pausas restauradoras. Lo importante no es la actividad en sí, sino que permita salir del piloto automático de la rutina y las obligaciones. En cambio, debemos ser cuidadosos ya que no todo lo que llamamos descanso realmente descansa.
Pasar una hora haciendo "scroll" infinito en el celular puede dar la sensación de desconexión, pero muchas veces mantiene al cerebro procesando información, estímulos, comparaciones y novedades de manera constante. No siempre termina siendo una pausa; a veces es simplemente cambiar un tipo de sobrecarga por otro. Por eso cada vez más investigadores hablan de descanso consciente.
No significa meditar durante una hora ni irse a un retiro espiritual. Significa elegir deliberadamente una actividad que favorezca la recuperación mental. Es preguntarse: "¿Qué necesita mi cerebro en este momento?". Quizás necesite silencio. Quizás movimiento. Quizás naturaleza. Quizás una conversación agradable. Quizás simplemente cinco minutos sin pantallas. El descanso consciente también implica aceptar que detenerse no es perder el tiempo.
Vivimos en una cultura que premia la hiperactividad. Pareciera que siempre deberíamos estar haciendo algo útil. Sin embargo, la evidencia científica muestra exactamente lo contrario: las pausas mejoran la creatividad, favorecen la toma de decisiones, ayudan a regular las emociones y permiten sostener un mejor rendimiento a largo plazo. Paradójicamente, quien nunca descansa termina rindiendo menos.
El cerebro necesita alternar períodos de esfuerzo con momentos de recuperación. Funciona más parecido a un atleta que a una máquina. Ningún deportista de alto rendimiento entrenaría al máximo durante todo el día sin pausas. Sin embargo, eso es justamente lo que muchas personas esperan de su mente, generando una sobreexigencia mental devastadora.
Dormir sigue siendo insustituible. Es el gran trabajo de mantenimiento que ocurre mientras estamos inconscientes. Pero durante el día también necesitamos pequeños "reinicios" que permitan bajar la carga, reorganizar la atención y recuperar energía. Tal vez haya llegado el momento de cambiar una idea muy instalada: descansar no es un premio que uno se gana cuando termina todo. Es una necesidad biológica que hace posible que todo lo demás funcione mejor.
Porque el cerebro no solo necesita dormir para estar sano. También necesita, todos los días, aprender a parar. Descansar no es un lujo y no significa hacer menos. Es hacer posible ese “seguir haciendo”.