Hay pérdidas que no se superan, se atraviesan. Y aunque el tiempo suavice los bordes del dolor, nunca vuelve todo exactamente al mismo lugar. Porque cuando alguien se va, algo en nosotros también cambia: la forma de mirar el mundo, de recordar, de estar.
Hablar de duelo no es hablar de tristeza solamente, sino de una transformación profunda en la forma en que nuestro cerebro, nuestro cuerpo y nuestra identidad procesan la ausencia.
El cerebro ante la pérdida
Desde la neuropsicología, sabemos que el duelo no es solo un proceso emocional: también es un proceso cerebral de adaptación. Cuando una persona significativa muere, las redes neuronales asociadas a su presencia (sus gestos, su voz, sus rutinas) siguen activas por un tiempo.
Por eso al principio el cerebro “espera” volver a verla o escucharla. Es lo que se conoce como disonancia neuroemocional: una parte racional sabe que la persona ya no está, pero otra parte todavía la busca.
Esa desconexión entre lo que se sabe y lo que se siente explica por qué los primeros tiempos del duelo son tan confusos. No es negación, es biología. El cerebro necesita reconfigurarse para aceptar una nueva realidad emocional.
Las fases no son lineales
El duelo no se vive por etapas ordenadas, aunque a veces se lo simplifique así. Las emociones se mezclan y se repiten: incredulidad, tristeza, enojo, alivio, culpa. No hay una forma “correcta” de sentir. Lo importante es permitirse el movimiento emocional: dejar que las emociones aparezcan y cambien, sin forzarlas ni detenerlas.
Desde la terapia cognitivo-conductual (TCC), se trabaja en ayudar a la persona a aceptar las emociones sin juzgarlas, identificar los pensamientos que alimentan la culpa o la negación, y reconstruir rutinas que devuelvan una mínima sensación de estructura. No se trata de olvidar, sino de aprender a vivir con la ausencia.
La memoria afectiva: por qué los recuerdos duelen
Uno de los desafíos más complejos del duelo es que los recuerdos no son solo mentales: son sensoriales. El olor a su perfume, una canción, una palabra… todos esos estímulos activan la amígdala, estructura cerebral encargada de procesar emociones intensas, especialmente las relacionadas con el apego.
Por eso los recuerdos duelen físicamente. Y por eso mismo, con el tiempo, también pueden consolar. A medida que el cerebro reorganiza la información, esos recuerdos se integran en una narrativa más amplia: dejan de ser una herida abierta para convertirse en una parte del relato personal.
Esa transición, del dolor agudo a la nostalgia serena, es uno de los signos más claros de que el duelo está avanzando.
El duelo y el cuerpo
El cuerpo también llora. Cambios en el sueño, en el apetito, en la energía, en la concentración, son expresiones físicas del proceso de duelo. El sistema nervioso autónomo entra en un estado de hiperactivación, como si intentara procesar una amenaza que no puede resolver.
Por eso, durante el duelo, prácticas simples como respirar de manera consciente, caminar, escribir o pedir ayuda no son recursos menores: son formas concretas de regular el sistema nervioso.
No es fortaleza no sentir; es salud mental poder sostener el dolor sin dejar de cuidar el cuerpo que lo siente.
Cuando el duelo se complica
La mayoría de los duelos evolucionan de manera natural, pero a veces el proceso se bloquea. Puede pasar cuando la pérdida fue traumática, cuando hubo culpas no resueltas o cuando no hay red de apoyo.
En esos casos puede aparecer lo que se llama duelo prolongado o complicado, caracterizado por tristeza persistente, pensamientos recurrentes sobre la muerte, evitación de todo lo relacionado con el ser querido o sensación de vacío constante.
En esas situaciones, la intervención psicológica es fundamental. Terapias como la TCC, la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) y el EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares) han mostrado gran eficacia para ayudar a integrar la experiencia traumática y restablecer el vínculo con la vida.
Pedir ayuda no es un signo de debilidad, es un acto de cuidado emocional.
Acompañar el dolor del otro
Acompañar a alguien en duelo también requiere sensibilidad. No se trata de decir “tenés que ser fuerte” o “el tiempo lo cura todo”, sino de estar presente sin intentar reparar lo irreparable.
Escuchar, ofrecer silencio, preguntar qué necesita, o simplemente compartir un mate o una caminata pueden ser gestos profundamente terapéuticos. La empatía no busca borrar el dolor del otro, sino hacerlo un poco más habitable.
El amor que permanece
El duelo no termina cuando dejamos de llorar, sino cuando aprendemos a recordar sin que duela tanto. La relación con el ser querido no desaparece: cambia de forma. Se vuelve una presencia interna, una parte de la identidad emocional que nos acompaña de manera distinta.
La neurociencia del apego muestra que los vínculos significativos dejan huellas duraderas en el cerebro: redes neuronales que se activan incluso en la ausencia física.
Por eso, aunque duela, también es posible sentir amor, gratitud y conexión incluso después de la pérdida.
Superar no significa olvidar. Significa seguir viviendo con amor, sin que el dolor sea el único idioma.
Volver a mirar hacia adelante
El duelo es una tarea emocional y también una forma de amor. Porque solo se llora lo que se amó profundamente. Y con el tiempo, ese amor se transforma en impulso vital: en el deseo de seguir honrando la vida, incluso cuando una parte de ella ya no está.
Quizás nunca dejemos de extrañar, pero aprendemos a hacerlo con menos angustia y más ternura. Y en ese aprendizaje silencioso, poco a poco, el dolor encuentra su lugar.
Una recomendación necesaria
Si estás atravesando una pérdida, no te apures a “superarla”. No hay tiempos correctos ni maneras exactas. Hay caminos, idas y vueltas, momentos de calma y de tormenta.
Permitite vivirlo todo: las lágrimas, el enojo, los recuerdos, la risa que vuelve sin culpa.
Porque cada una de esas emociones está ayudando a reorganizar el amor en vos y a mantenerlo vivo en su ausencia.
Al final, no se trata de dejar ir del todo, sino de aprender a quedarte con lo que sigue vivo en tu memoria y en tu historia. Y quizás, un día, sin darte cuenta, te descubras recordando sin que duela tanto. Ese día no habrás olvidado: habrás sanado un poco.
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