Redacción El País
Los problemas neurológicos abarcan un amplio abanico de afecciones que pueden comprometer el cerebro, la médula espinal y los nervios periféricos. Se estima que existen más de 600 trastornos que impactan en funciones como el movimiento, el lenguaje o la capacidad cognitiva. Frente a este escenario, la prevención y el cuidado cotidiano ganan un lugar central.
El neuropsicólogo Saúl Martínez-Horta, director de una unidad especializada en neuropsicología en Barcelona, sostiene que uno de los errores más frecuentes es subutilizar el cerebro. Desde su mirada, mantenerlo activo no es un lujo intelectual, sino una necesidad biológica. Resolver problemas, aprender cosas nuevas y vincularse con otros forman parte del uso natural para el que fue diseñado.
El cerebro como sistema complejo
Martínez-Horta subraya que la mente humana —la memoria, la conciencia o las emociones— no reside en un punto específico, sino que surge de la interacción constante entre múltiples sistemas. Esa complejidad explica por qué una misma enfermedad neurodegenerativa puede evolucionar de formas muy distintas según la historia de vida y los hábitos de cada persona.
Si bien la genética juega un rol importante, el estilo de vida puede modular cómo y cuándo aparecen ciertos trastornos. Factores como la estimulación mental, el descanso, la alimentación y el entorno social influyen directamente en la llamada reserva cognitiva, una especie de “colchón” que protege al cerebro frente al paso del tiempo.
Aislamiento, presión arterial y consumo de azúcar
Entre los principales factores de riesgo, el especialista destaca el aislamiento social. La falta de vínculos sostenidos impacta negativamente en la estructura y el funcionamiento del cerebro, ya que la interacción social es un estímulo clave para su desarrollo y mantenimiento.
También alerta sobre la hipertensión arterial, que puede dañar los vasos sanguíneos cerebrales y generar lesiones microscópicas asociadas al deterioro cognitivo. A esto se suman los efectos del consumo excesivo de azúcar, que favorece la obesidad y altera los niveles de colesterol y triglicéridos, con consecuencias directas sobre la salud cerebral.
El alcohol, el tabaco y las drogas ocupan otro lugar de preocupación. Desde una perspectiva neurológica y cardiovascular, no existe una dosis de alcohol que pueda considerarse saludable, más allá de su aceptación cultural como práctica social.
Alimentación, movimiento y vínculos
Para quienes buscan empezar a cuidar su cerebro, las recomendaciones son claras y accesibles. Una alimentación equilibrada, basada en frutas, verduras, legumbres, frutos secos y aceite de oliva —al estilo de la dieta mediterránea— aparece como una aliada clave. El consumo de ultraprocesados, alcohol y azúcares debería ser limitado.
La actividad física regular es otro pilar fundamental: mejora la circulación, reduce el estrés y estimula funciones cognitivas esenciales. Por último, mantener una vida social activa, cultivar vínculos y evitar largos períodos de soledad no solo mejora el ánimo, sino que protege activamente la salud cerebral a lo largo de los años.
Cuidar el cerebro no es una meta a largo plazo: es una práctica cotidiana que empieza mucho antes de que aparezcan los primeros síntomas.
En base a El Tiempo/GDA
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