La autoestima no se construye por repetir que tu hijo es “el mejor”. Hay que ayudarlo a que desarrolle una relación de confianza consigo mismo que no dependa constantemente de la mirada externa. Tampoco sirve decirle una y otra vez que tiene que “quererse mucho”. La arquitectura de la autoestima es más compleja: tienen que frustrarse y tener límites claros.
Todos queremos que nuestros hijos crezcan seguros, que puedan defenderse, que no necesiten permanentemente la aprobación de los demás. Para lograrlo, también tienen que aprender a confiar en ellos, aunque no estemos todo el tiempo para recordarles cuánto valen.
Un error común es evitar las frustraciones y dificultades, liberando el camino de obstáculos. Pero no: la vida tiene muchos problemas y la manera de aprender a abordarlos es enfrentándose a ellos. Un niño no puede desarrollar una autoestima sólida si no se siente mal. Hay que apuntar a que sienta su valor, a pesar de sentirse mal.
Otro de los grandes errores de la crianza actual es confundir acompañar con solucionar. Si un hijo tiene un problema con un amigo, intervenimos. Si pierde, intentamos compensarlo. Si se frustra, buscamos rápidamente una manera de que vuelva a estar contento. Lo hacemos por amor, pero no ayudamos. Una clave es elogiar más el proceso y menos el resultado final.
Tener autoestima no significa que un niño siempre se sienta capaz o exitoso, sino que logre pensar que, por más que todavía no pudo resolver un problema o ganar en un deporte, podrá hacerlo en algún momento. Y eso no significa que valga menos que el resto.
Los límites también construyen autoestima
Los límites son una de las formas más antiguas y eficaces de cuidar. Un niño necesita saber que existen reglas, que hay consecuencias y que los adultos pueden decir “no” (y eso no significa que ya no lo aman). Con límites saludables ayudamos a que construya sus propias referencias: qué quiere, qué no quiere, qué puede aceptar, qué le hace mal.
La autoestima no se instala desde afuera. Se construye desde adentro, a partir de miles de pequeñas experiencias: con un adulto disponible para escuchar, con errores que se reparan, con un “te quiero” sin depender de una buena nota o un comportamiento perfecto. Es clave enseñarles que no necesitan pasar la vida demostrando cuánto valen para sentirse dignos de amor.
Cuando aparecen los límites, también llega la culpa
A muchos padres les cuesta decir que no y se llenan de preguntas. ¿Seré muy dura? ¿Le estaré generando un trauma? ¿No debería escucharlo más? Sin embargo, poner un límite no significa dejar de validar una emoción. Y no todas las conductas son aceptables. Tu hijo puede estar enojado, castigado por algo que no debía hacer, pero eso no lo hace menos querido. El amor no debería estar en juego nunca.
Tampoco necesitamos convencerlo de que el límite es maravilloso ni conseguir que esté de acuerdo. La función de un límite no es que el niño lo agradezca, es ofrecerle un marco. Los límites claros ayudan a que los chicos sepan qué esperar, qué se puede hacer y qué no. Y también permiten que poco a poco desarrollen recursos propios para manejar la frustración.
La culpa puede aparecer incluso cuando estamos haciendo algo saludable. Por eso, el gran desafío es no convertir esa culpa en una brújula. Porque, si cada vez que se angustia, modificamos nuestras decisiones para dejar de sentirnos culpables, mostramos que su malestar tiene que desaparecer inmediatamente. Que no lo toleramos. Y entonces, ¿por qué debería tolerarlo él?
La autoestima se construye aprendiendo que se puede sobrevivir a la frustración. Que es parte de la vida. Que puede escuchar un “no”, equivocarse, sentirse triste. Y seguir sintiendo confianza en su propio valor.