La confianza en uno mismo y en los otros es uno de los pilares más importantes que los adultos pueden ofrecer durante la infancia. No se trata solo de cubrir necesidades materiales, sino de estar disponibles emocionalmente, de poder registrar lo que el niño siente y responder de manera sensible. Cuando esto no ocurre, cuando el adulto no logra captar lo que el niño está vivenciando o responde de forma inadecuada, se instala la inseguridad.
En los comienzos de la teoría del apego se hacía hincapié en las ausencias físicas, vividas muchas veces como abandono. Hoy, en cambio, observamos con mayor frecuencia otro fenómeno: la ausencia emocional. Padres que están presentes en lo concreto, pero que no logran conectar con las necesidades psicológicas de sus hijos. Esta desconexión también genera carencias afectivas profundas.
La seguridad o inseguridad en el apego se construye en la relación entre el niño y sus cuidadores, y está influida por las características de ambos. Lejos de culpabilizar a los adultos, es importante comprender que hay niños que, por su temperamento, requieren mayores niveles de contención, paciencia y disponibilidad emocional.
Ausencia emocional
Un mismo niño puede desarrollar apego seguro con uno de sus padres e inseguro con el otro, o incluso encontrar seguridad en figuras secundarias como una maestra, una abuela o una niñera. Esto muestra que el apego no es una condición fija, sino un proceso dinámico que se construye en cada vínculo significativo.
En la actualidad se observan diversas distorsiones en el vínculo entre padres e hijos. Una de ellas es la invalidación emocional. Ocurre cuando el adulto desestima lo que el niño siente: ante el miedo, en lugar de contenerlo, lo minimiza o lo ridiculiza. Frases como “no es nada” o “no seas débil” no solo no alivian, sino que enseñan al niño a desconfiar de su propia experiencia emocional.
Otra forma de distorsión aparece cuando se niega la percepción del niño. Por ejemplo, cuando presencia una discusión entre sus padres y se le dice que “no pasó nada” o que “eran los vecinos”. Este tipo de mensajes genera confusión y debilita la confianza en sí mismo y en el entorno.
También contribuyen a la inseguridad las comunicaciones culpógenas, en las que el adulto responsabiliza al niño por su propio malestar: “si seguís así, me voy a enfermar”. A esto se suman los dobles mensajes o vínculos paradójicos, como exigir independencia pero reaccionar con tristeza o enojo cuando el niño la logra. Estas contradicciones dificultan la construcción de una referencia emocional clara.
Vínculos que marcan
Las comparaciones desfavorables —“tu hermano puede y vos no”— y los comentarios desalentadores —“mejor no lo intentes”— afectan directamente la autoestima. Del mismo modo, los comentarios autorreferenciales, en los que el adulto desplaza el foco hacia sí mismo, invisibilizan la experiencia del niño y debilitan la posibilidad de que se sienta escuchado.
Las reacciones exageradas por parte de los padres también generan inseguridad. Cuando un adulto responde de manera desmedida frente a situaciones cotidianas, el niño puede inhibir sus propios pedidos de ayuda para evitar conflictos o proteger a sus padres de sus propias reacciones.
A esto se suman las exigencias excesivas y la presión por el rendimiento, que instalan un temor constante a no estar a la altura. Estos escenarios suelen dar lugar a emociones displacenteras como la ansiedad, la frustración o la rabia.
Otra distorsión relevante es la inversión de roles o parentificación. Se da cuando el niño asume funciones que corresponden a los adultos: cuida, contiene o incluso aconseja a sus padres. Aunque pueda parecer una muestra de madurez, en realidad implica una sobrecarga emocional. Estos niños, ya en la adultez, suelen presentar dificultades para poner límites y una tendencia a responsabilizarse por el bienestar de los demás.
La seguridad afectiva se construye en lo cotidiano, en la repetición de experiencias donde el adulto está disponible, escucha, contiene y valida. No se trata de perfección, sino de presencia sostenida en el tiempo. Es un proceso que requiere tanto cantidad como calidad de vínculo.
El psiquiatra francés Boris Cyrulnik sostiene que los estilos de apego son tendencias, no destinos. Esto significa que, aun cuando una persona no haya contado con una base segura en su infancia, es posible desarrollarla a lo largo de la vida.
Los vínculos significativos, la terapia, las amistades y los espacios de apoyo pueden convertirse en nuevas bases de seguridad. La confianza en uno mismo y en los otros no queda determinada de manera definitiva en la niñez: puede reconstruirse.
Comprender estas dinámicas no implica buscar culpables, sino abrir la posibilidad de revisar, reparar y construir vínculos más saludables. Porque siempre es posible ofrecer —y ofrecernos— nuevas experiencias emocionales que fortalezcan la seguridad y la autoestima.