La última metamorfosis de Marosa

| La notable escritora tuvo la capacidad de crear un universo singular e inimitable en sus obras

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EDUARDO ROLAND

Ha muerto una de las voces poéticas más originales y poderosas del mundo hispanohablante. Ayer, a las nueve de la mañana, la escritora uruguaya Marosa di Giorgio (Salto, 1932) dejó el mundo de las apariencias luego de pasar tres meses encerrada en casa de su hermana, aquejada de una enfermedad terminal que no quiso admitir. Sin embargo, mantuvo una lucidez implacable hasta el final de sus horas. Hoy, sus restos mortales serán inhumados en el cementerio de Salto. Así, la ciudad de los naranjales será la morada definitiva de la mejor escritora nacida en ella desde que fuera fundada. Sólo Horacio Quiroga es capaz de compartir junto a Marosa el sitial más elevado del Parnaso salteño.

DESPEDIDA. Sus dos últimas apariciones públicas —desde ahora históricas— tuvieron lugar en un mismo sitio: el Museo Blanes del Prado, es decir la vieja casona de los García de Zúñiga, donde hace un siglo el futuro poeta-dandy Roberto de las Carreras pasó parte de su dorada infancia. En efecto, en noviembre del año pasado la escritora cerró allí el Primer Encuentro de Literatura Uruguaya de Mujeres, leyendo textos de Misales y de Rosa mística, mientras que en marzo pasado, con motivo del Día de la Poesía, leyó poemas de su último libro: La flor de lis, publicado hace un mes en Buenos Aires.

Quienes alguna vez presenciaron una lectura de Marosa saben del imán irresistible de su forma de decir, sin duda la más adecuada para comunicar ese mundo extrañamente fabuloso que a un tiempo evoca y construye su prosa poética, en donde naturaleza, inocencia infantil y erotismo se mezclan, provocando en el escucha la sensación de haber sido conducido, como por arte de magia, a una versión barroca y latinoamericana del País de las Maravillas de Lewis Carroll.

OBRA. Catorce son las obras originales que Marosa di Giorgio editó en 50 años: desde Poesía (Salto, 1954) hasta Flor de lis (Buenos Aires, 2004). Aunque, como es sabido, todos sus libros se han ido reeditando de manera conjunta (y con agregados) bajo el título de Los papeles salvajes. El primer volumen, incluye sus siete primeros títulos, hasta 1979, y el segundo (Los papeles salvajes II) recopila La libre de marzo (1981), Mesa de esmeralda (1985) y La falena (1987), a los que agrega otro poemario.

Queda pendiente ahora la tarea de publicar el tercer y último volumen de Los papeles salvajes, que deberá incluir los cuatro libros más recientes: Misales (1993), Camino de las pedrerías (1997), Rosa mística (2002) y Flor de Lis, recién editado. Pero no será tarea fácil, ya que son diversas casas editoriales las que han publicado estas obras, todas subtituladas por la autora como "Relatos eróticos".

RECONOCIMIENTOS. Innumerables resultan los reconocimientos obtenidos —dentro y fuera de fronteras— por esta genial heredera de Delmira Agustini que acaba de morir. (La poesía uruguaya del siglo XX se abre y se cierra con dos poetisas excepcionales en la historia literaria hispanoamericana). En Uruguay se cansó de ganar los principales concursos de poesía, a la vez de conseguir varias becas entre las que se destacan dos que la llevaron a residir un tiempo fuera del país: la que otorga la Comisión Fulbright (Estados Unidos) y la de la Casa del Escritor Extranjero de Saint-Nazaire (Francia).

Un personaje sin par

J. A.

Había que verla, atrincherada en sus lentes negros, con el gesto dramático que enmascaraba una de las naturalezas más cordiales de que tenga memoria el medio literario uruguayo. Ropa vistosa, melena flotante, labios muy rojos y voz discreta, hablando siempre a capella, Marosa no sólo fue una de las mayores poetas de este país sino que además fue una personalidad singular por derecho propio, perfil que se imponía no ya por su presencia fuera de lo común sino por su carácter, que no todos sus lectores conocían.

Hace veinte años este cronista quiso hacer a Marosa una entrevista radial que saliera al aire en directo, pero ella insistió —de manera suave aunque infranqueable— en tener previamente por escrito las preguntas. El cronista obedeció y entonces ella escribió prolijamente todas las respuestas. Cuando llegó el momento del programa, Marosa miró al cronista y dijo: "No te preocupes, porque voy a leer esas respuestas de tal manera que todo el mundo va a creer que estoy improvisando". Así fue.

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