Por: Mariángel Solomita
Se trata de sentir los desórdenes cotidianos. De mirarlos bien, a los ojos, y domesticarlos. De ser francos: son frenéticos, enfermizos, pero cuidarlos del desborde. Alberto Zimberg, 46 años, licenciado en informática, actor de cine y teatro, el director teatral más visto y premiado desde 2010, sabe cómo ajustar las riendas.
Habla con serenidad, con un ritmo que parece no dejar pasar tiempo sin palabra. Parece un canto. Los personajes que elige dirigir son su opuesto. Explosivos, ágiles, desfachatados, caprichosos. Y sobre todo, perversos.
El amante (Harold Pinter), Anhelo del corazón (Caryl Churchill), Los padres terribles (Jean Cocteau), El rey se muere (Eugène Ionesco). Con doce años de historia teatral, Zimberg se mantiene con la informática pero vive del teatro, y la Comedia Nacional lo supo ver. Por eso le propuso dirigir una obra a su medida.
Diego Arbelo es el Sr. Sloane, seductor, joven y cruel. Esta crueldad estará en juego desde las primeras atenciones de Katty (Isabel Legarra), una mujer cuarentona, rota, que vive con su padre (Levón) en una casa quedada en el tiempo. Deben ser los `60 y Edu (Juan Worobiov), el hermano adinerado, aparece trajeado en terciopelo verde. En medio de ellos se contornea el Sr. Sloane. Promiscuo, poderoso, violento e ingenuo, inquietante y feroz, como el resto de los personajes. Quién tiene la verdad en medio de ese caos, Zimberg lo resolvió aprovechando otra verdad que está en el texto: la de su autor.
A Joe Orton lo mató su amante a martillazos, el 9 de agosto de 1967. Tenía 34 años.
Orton mantuvo una relación homosexual con Kenneth Haliwell, su asesino, por dieciséis años. Y junto a él encaminó la creación de unas cuantas obras satíricas que la crítica ubicó entre las mejores de su época. El estilo de Orton se transformó en un neologismo: "lo ortonesco, lo ultrajantemente macabro". La oscuridad es inmensa, y el humor también. Negrísimo. Atendiendo al Sr. Sloane se estrenó en 1964 y fue un éxito. "Fue una obra transgresora por la historia que estaba contando, por sus personajes y las situaciones que estaban viviendo. Trasladarlo a 2011 era un desafío porque, ¿qué podemos decir hoy en día que puede transgredir, no?"
Zimberg está de acuerdo: cuando Edu, con su cuerpo pesado y la barba renegrida, toca los genitales de Sloane, el espectador no es indiferente. Es parte de la perversión, tan agresiva como los golpes que se dan, las insinuaciones sexuales-maternales de Katty, sin bombacha y sin dientes, y la lógica que se arma en esa casa.
Este director decidió desobedecer la primera voluntad del autor. La puesta es en un living, pero incluye otros planos: el cuarto de Sloane, una escalera, una cocina. Hay simbolismo, pero calculado. El control lo establece el crecimiento de este personaje, "me interesaba que vaya ganando espacio dentro de ese espacio, que las alturas del cuarto de Sloane a medida que va pasando la obra vayan tomando otra dimensión. Consciente e inconscientemente hay como cierta semiótica o como ciertos recursos simbólicos que sí, me interesan."
El mecanismo de dirección: potenciar la verdad. "Es una puesta y una apuesta donde busqué que los actores generaran vínculos creíbles, que las situaciones que se ven en escena sean creíbles para que la agresión que muchas veces causa lo que se ve, la perversión o ese doble sentido en cuanto a lo sexual que está muy presente, o esa voracidad que tienen esos personajes por conseguir lo que quieren, sean creíbles. Es un teatro más de impacto. Creo que intentamos a partir de la vida de este autor, lo que él quiso hacer, aunque sea un poco, sentir que lo está logrando".
Zimberg trabaja en equipo, con el mismo desde sus inicios. Algún actor puede sumarse, pero la cimiente permanece. Esta condición es muy valiosa en el teatro independiente, permite un conocimiento personal y profesional que se comprueba en el crecimiento que ha tenido Los Terribles Producciones. Martín Blanchet en luces, Paula Villalba en vestuario, Claudia Schiaffino y Beatriz Martínez en escenografía. La música, Ojos del cielo.
Alicia Garateguy, colaboradora habitual, se encargó de la traducción. "Busqué una traducción que no distanciara. Sacarle al lenguaje las referencias locales, que el decir sea fluido, que no sea teatral, incluso los tiempos verbales, que sean los que uno usa. El tema de `usted` y de `vos` lo manejé a propósito, cómo se va perdiendo el `usted` de Sloane lo discutimos mucho, porque en inglés no está esa diferencia."
-¿Qué dirías que modeló tu estilo?
-Es un estilo muy enfocado en unificar lo que es la actuación con lo que es la estética: potenciar el texto con una estética que vaya en conjunto con lo que se está diciendo, con lo que se quiere decir, con lo que se sienta que el texto está diciendo. A mí me influyen muchas cosas. En este caso, hay referencias a Alex de la Iglesia, donde el humor, el drama y la agresión están de la mano, los vínculos están llevados al extremo, la relación de los personajes, son personajes muy al borde. Pedro Almodóvar toca también estos personajes sin transiciones. Parecen vivir en un mundo propio, se sienten fuera de lo "normal". En este caso son personajes con una soledad extrema y con una historia pasada muy intensa que no han podido resolver e intentan resolver como pueden.
-Trabajás con la exageración, ¿cuál es tu termómetro para medir el desborde sin faltar a la verdad?
-En Los padres terribles nos fuimos más al extremo, había más juego en cuanto a determinadas situaciones de puesta porque Cocteau tiene cierto resorte melodramático. Nosotros potenciamos el vodevil, el humor, sin dejar de lado el drama. En este caso el humor ya está, si bien los personajes sufren y cuentan realidades muy oscuras y dramáticas, hay muchos resortes ya dados por el texto y las situaciones que provocan la risa. Son personajes muy al borde, en este caso esa exacerbación se da por el lado de la violencia: de lo que ellos son capaces de hacer para conseguir lo que quieren.
-¿Cómo interviene la creatividad de los actores para manejar a sus personajes?
-Mucho, yo soy actor y siento con los actores en primer lugar. Obviamente tengo mi visión personal, de mi primera inspiración, pero lo fascinante es justamente deambular en estos dos meses y medio de ensayos de trabajos con actores. Desde la propuesta, en mi estilo de dirección trabajamos mucho con la improvisación de situaciones que estaban dentro y fuera del texto para que esos vínculos fueran creíbles, y esos personajes fueran verdaderos, para que no quedara una caricatura y sintiéramos que podemos reconocerlos. También me pasa en el trabajo con los rubros técnicos, uno tiene un concepto a nivel estético, de época o incluso a nivel de puesta, uno tiene que tener una idea de qué cosas quiere que se vean, qué cosas no, trabajar distintos planos, eso inicialmente fue mi propuesta. Trabajar el realismo a nivel de lo que puede ser conceptual de lo que puede ser una casa, salir de lo simbólico e irme a lo realista justamente para potenciar ese conflicto.
-¿En el montaje qué priorizás?
-Depende. En El rey se muere, un texto totalmente estático, donde el conflicto es único, priorizé el tema del ritmo y el movimiento. En este caso, la verdad, que no se perdiera la agresividad que podían llegar a tener los personajes, no caer en el melodrama o en el drama, y no irme tampoco a la risa fácil, sino estar en esa delgada línea donde los personajes se permiten llorar como lloran, donde se permiten reírse pero seguir sufriendo, y cuando se pegan se pegan, cuando se tiran se tiran.
-¿Cuáles son las provocaciones que a vos te mueven como director?
-Me doy cuenta que donde se involucra familia o vínculos bastante oscuros son textos que realmente me siento muy cerca, donde se cuenta lo más terrible de una manera, con ciertas grietas de humor, donde si bien lo psicológico está - porque los vínculos y esos personajes están montados desde una psicología muy particular-, no prima la psicología, porque no hay casi transición de un estado a otro. Esos son los autores que me interesan.