El capo de Radiohead, Thom Yorke, y Flea, el bajista de los Red Hot Chili Peppers, juntos y en vivo: una oferta irresistible.
Por: Elbio Rodríguez Barilari
El capo de Radiohead y el bajista de los Red Hot Chili Peppers, juntos y en vivo, eran una oferta irresistible para mi corazón rockero. Claro que tengo como cuatro corazones más: el tanguero, el jazzero, el clásico y hasta uno brasilero.
Pero el corazón rockero era un solo de batería cuando Thom Yorke y su amigo Flea salieron al prestigioso escenario del Aragon, en Chicago.
A ver si nos entendemos… Según yo, este tipo, Thom Yorke, y su banda, Radiohead, han hecho algunas de las mejores canciones del rock, desde John Lennon para acá.
En un momento tenebroso para el rock como es el actual, solo comparable a los momentos más bajos en los años 70, cuando todo era dominado por la música disco, el pop blandengue de Abba y otros bagayos, Radiohead sigue siendo una referencia que está vivita y coleando.
Con músicas sensibles, letras bastante deprimidas pero inteligentes y que son una unidad con la música, con arreglos sutiles, Radiohead tiene ganado su lugar en el Panteón del glorioso rock británico.
Y qué decir de los Red Hot Chili Peppers… Esta banda californiana y original, fue parte esencial de la recuperación del rock durante los años 80. Su estilo es único, con gran peso de las líneas de bajo construidas sobre el ejemplo del jazz-rock inventado por Miles Davis, nada menos. Y el músico a cargo de esa parte esencial ha sido, precisamente, Michael Balzary, alias Flea.
El repertorio para este concierto se basó, más que nada, en el CD solista que Yorke sacó en el 2006, intitulado The Eraser. Solo, que, al frente de su banda personal, Atoms for Peace, y con la invalorable asistencia de Flea en el bajo, Yorke hizo una relectura de aquel material.
Lo que era música de cantautor, llena de fantasmas y angustias, fue servido acá con ritmos poderosos, basados en música tecno, pero que en vez de ser tocada con máquinas, era tocada por músicos de carne y hueso.
La pirueta no le gustó a la crítica en general. Acá, los críticos de rock son más estrechos que los de ópera, les cuento. Y no le perdonan a Yorke que combine esas melodías baladísticas con grooves de discoteca.
A mí, en cambio, la mezcla me pareció buenísima. La música de Yorke es angustiada y deprimida, porque pertenece a una generación angustiada y deprimida.
La música tecno es depresiva, deshumanizada y triste. No apela a alegría colectiva, sino a la hipnosis colectiva. Así que se mezclan bien.
El bajo tremendo, virtuoso y obsesivo, obediente a los dedos de acero de Flea, las tramas entretejidas por dos excelentes percusionistas (Joey Waronker y el brasileño Mauro Refosco), y el muy competente trabajo del tecladista y guitarrista Nigel Godrich, aportaron un colchón perfecto para las letanías de Yorke.
A veces como un llanto, a veces como un lamento, diría Antonio Machado, otras más como aullando, Yorke fue desgranando sus canciones a manera de himnos para una generación triste.
En las presentaciones de Radiohead el talentoso Yorke se trabaja un molde, pero acá, tanto él como Flea estuvieron muy físicamente activos. Yorke por momentos parecía Gabriel Peluffo, mientras que lo de Flea era más espástico, más onda Canela, el de la Baracutanga.
La gente ocupaba una franja entre los 25 y los 35 años, diría yo. Con algunos cuarentones para matizar.
Como tribu urbana son más bien indiferenciados. Ni cuero, ni tachas. Ni ropa hippie, ni pilchas negras. Una onda más bien cantopopu, digamos, vaqueros, championes así nomás, buzos de lana, ojotas para las chicas, pelos al natural, nada de maquillajes, algunas barbas más bien ralas…
Y salvo los muchachones sin novia de la primera fila, allá contra el escenario, y alguna chicas atrás de todo, nadie baila. Cuatro mil personas paradas, quietas en su lugar, oyendo, mirando y masticando al unísono el peso de haber nacido en el último cuarto del siglo XX, cambalache.
Párrafo aparte merece el momento íntimo en el que Yorke, él solito, hizo tres temas de Radiohead: uno con guitarra eléctrica, uno sentado al piano y otro con viola acústica. Y después de verlo a él, valoro aún más a Fernando Cabrera.
barilarius@yahoo.com