Por: Ximena Aleman
"Hay solamente dos formas de envejecer", grita Dino a una multitud rockera que lo ovaciona durante un concierto de La Trampa en un video que está colgado en Youtube, "o te convertís en un anciano venerable o te volvés un viejo de mierda." Después la guitarra suena y él canta junto a la banda la canción Arma de doble filo. La guitarra y la garganta están intactas.
Quizás impulsado por esa frase o por una rebeldía inquebrantable es que Dino sigue haciendo canciones de rock. Aunque baste con Milonga de pelo largo, Pasa la vida, pasa o Vientos del sur para reconocer en él a un autor venerable. El recuerdo de ese concierto en su memoria es menos solemne que la declaración frente al micrófono: "Qué susto tenía cuando subí al escenario ¡Madre de Dios, si me temblaban las rodillas! Lo más divertido pasó cuando me estaba bajando y alguien gritó: `¡Buena, pelado!` Fue bárbaro, me encantó". Sin solemnidad también es que sus canciones han surcado el tiempo y las generaciones.
-¿Cómo te impacta el reconocimiento de músicos más jóvenes como Fernando Cabrera o La Trampa, que han reversionado tus temas?
-Al principio me asombraba. Decía, ¿cómo estos chiquilines tocan cosas mías? ¡Qué cosa extraña! Lo que pasa es que siempre tuve esa mentalidad de que si no podía meter rock and roll, metía folk, y así mis canciones se pueden tocar en rock o en milonga o en otros ritmos. He escuchado Milonga de pelo largo en cumbia y también en una versión de rock pesado que sonaba muy bien. No me puedo quejar. Una vez me hicieron pasar una vergüenza bárbara, dijeron que milonga era el segundo himno de la república. Casi la mato a la mujer que dijo eso, yo prefiero estar en un segundo plano, ser el tío viejo.
-¿Cómo se da tu preferencia por el rock?
-Se da porque estudiaba guitarra clásica y un día mis profesores me pusieron una guitarra eléctrica en la mano y de ahí en adelante dije: `esto es lo que yo quiero hacer` y solo hubo una época en la que agarré la guitarra española porque subir al escenario con guitarra eléctrica era para que te mandaran a la mierda. Igual siempre que grababa un disco aparecía una guitarra eléctrica, siempre toqué guitarra de cuerda de acero, desde aquel grande que fue el disco Vientos del sur. Me gustas más, sí. Es un tema de sonido, pero claro, en un época, me acuerdo que tocábamos con Paco Trelles y Los Solitarios, donde tocaba Jorge Galemire también, nos gritaban cosas tremendas por tocar con guitarra eléctrica. Decían que era el símbolo del capitalismo y otros disparates más grandes que una casa.
-¿Cuándo empezás a componer?
-De la primera canción, no me acuerdo el nombre, pero recuerdo que era muy mala. Poco a poco empecé a componer, de forma casi buena sobretodo a partir de 1967 cuando estuvimos en Porto Alegre con el grupo Montevideo Sound Machine, donde nació mi hijo mayor. Después de haber visto la tropicalia nos dimos cuenta de todo lo que podíamos hacer. Siempre está bueno ver cosas diferentes. Allí tocamos en el canal de televisión y ganamos un premio a mejor grupo de Porto Alegre y pudimos ver a Rita Lee y al conjunto Os Mutantes. La percusión de ellos era una parte de rock and roll y la otra parte la hacía un cuarteto de samba. Eso fue una revelación.
-Tenés una forma de componer honda y llana, ¿cómo la desarrollaste?
-Yo leí mucho cuando era niño. Con ocho o nueve años ya había leído las novelas de Emilio Salgari y había empezado con Alejandro Dumas, era un lector empedernido. Uno aprende a leer y al mismo tiempo a escribir, de forma inconsciente, y aprende además a ampliar su léxico. Todo lo que yo leía ha hecho carne en la conclusión de que todo lo que estaba escrito estaba escrito de forma simple, sencilla y directa. Y siempre que estos animales escribían había algo de belleza en eso. Después leí a un poeta japonés, cuyo nombre no recuerdo, que escribía de forma sencilla y la prueba la tenía cuando le daba a leer a la cocinera sus poemas; si ella los entendía, estaban bien. Entonces se trata de eso, hacerlo simple, sencillo y directo. He tocado con grandes músicos que no han sabido qué hacer con mi música, y es que a veces la simpleza desarma un tanto. También me acuerdo de la paloma de Picasso y una frase de André Gide que decía que la simpleza llevada al súmmum es una obra de arte.
-¿Cambió con lo años?
-Sí, por supuesto, ya no soy aquel mismo, voy a cumplir 66 años. Aquellas cosas que teníamos de jóvenes, como la utopía, las seguimos teniendo, pero, como dijera Neil Young, las circunstancias cambiaron pero el concepto sigue igual. Uno empieza a desconfiar de ciertas cosas, ciertas actitudes, uno se vigila más a si mismo. Yo con Gastón Ciarlo tengo serios problemas, porque Gastón Ciarlo es una cosa y el Dino es otra. Hubo una época que Gastón Ciarlo anuló al Dino. Fue una época muy fea y durante mucho tiempo no toqué porque tenía ese problema.
-¿Lograste reconciliarlos?
-Y creo que Dino, con la mezcla de locura y de inmadurez, predominó sobre la personalidad de Gastón Ciarlo. Aquí en Dolores un amigo mío muy querido un día se fue de boca y me dijo: `¿a vos no te da vergüenza con los años que tenés colgarte la guitarra eléctrica?` Y yo le dije que prefiero colgarme la guitarra eléctrica y no jubilarme y quedarme mirando la pared. Se trata de eso. En ningún lado dice que yo no puedo tocar, si está escrito en algún lado que me lo traigan y en ese momento veré qué hago. Es más, a los 66 años me compré tres guitarras nueva. A mí me gusta. Y ahora estoy como loco para ver si puedo cambiar el guitarrón por otro mejor. Hay que ahorrar, que vamos a hacer.
-¿Cómo se vive esa doble vida de Gastón Ciarlo, el del molino y Dino, el de los escenarios?
-La doble vida es muy sencilla: con el trabajo sobrevivo y, cuando voy a tocar, vivo. Se trata de eso, no hay que buscarle otra vuelta. Cuando volví de Suiza, hace 17 años, volví a trabajar en el mismo molino donde estaba trabajando cuando me fui. Pero me precisaban en Dolores. En Dolores conocí a Margarita y ya mi vida cambió y nació mi hijo. Es otra historia, uno está más cerca del cielo, de los dramas de la gente; una muerte aquí es una tragedia porque por lo general se conoce a las personas. Es mucho más cercano todo, la relación con los animales, el campo, no hay edificios altos por lo tanto el cielo está siempre presente y los pájaros también, y la luna cuando sale es una cosa esplendorosa. Es diferente.
-En tu último disco, Vivo y Suelto, es cambio es notorio, sobretodo porque la soledad ya no es una presencia fuerte.
-Eso es algo que a mí siempre me marcó, porque por lo general no he tenido buena relación con el sexo femenino. Una de las épocas peores de mi vida fue cuando era un hombrón, tenía más de 30 años y era todo bárbaro. Subía a los escenarios y era aplaudido, pero llegaba a casa y no había nadie. Eso, poco a poco, fue haciendo mella. Tampoco es muy fácil vivir con un músico. Ahora ya está, ya pasó, por suerte. Pero ese sentimiento, de que uno nace y muere solo, es cierto, aunque he notado que he cambiado un poco las composiciones. En la mayoría de las nuevas se nota la esperanza, eso de tener una familia compuesta. En una de las canciones del nuevo disco, Hombre envejeciendo, eso es muy claro y en la canción Margarita también. También está la guitarra y están los muchachos y cuando toco acompañado la historia es muy divertida.
-Desde Autobiografía en el 2001, no sacabas un disco solo, ¿porqué surgió Vivo y Suelto?
-Surgió porque hacía tiempo que no se grababa y la gente de Sondor se interesó. Yo tenía cosas hechas con versiones bien grabadas, había canciones que habían quedado atrás. Y el nombre vino de un dicho muy popular en Dolores. En respuesta del `¿cómo anda?`, la gente dice:` vivo y suelto`. Y luego remata con: `y es un campañón`. Pinta la situación, estoy vivo y estoy suelto, joder. No es poca cosa.