Este film es un excelente ejemplo de cómo, con apenas gestos, actitudes y silencios, se puede decir mucho más que con palabras. Lo que cuenta ya se ha abordado miles de veces, pero la forma en que lo hace le concede un valor destacado. Jean (Vincent Lindon) es albañil, buen marido, buen padre y buen hijo, con una vida típica de un pequeño pueblo de Francia. Su esposa, operaria de una fábrica, se lastima la espalda y él debe asumir otras responsabilidades, como ir a buscar al hijo a la escuela. Allí conoce a Mlle. Chambon (Sandrine Kiberlain), maestra suplente, que lo contrata para arreglar una ventana. Eso hace que se conozcan más, que Jean descubra que la maestra toca el violín y que entonces la música se vuelva otra protagonista clave del film. La tensión amorosa irá creciendo, colocándolos en una incómoda situación en la que no saben si avanzar o retroceder. Pero nada de eso se dice con palabras, todo se apoya en situaciones: la cálida escena familiar del inicio, la forma amorosa en que Jean cuida a su padre, cómo recibe la música que interpreta para él la maestra, la brillante escena del cumpleaños (donde destaca el papel de la esposa del albañil). Los protagonistas fueron pareja en la vida real y quizás eso ayudó, pero es evidente que su talento va más allá de eso. Una apuesta de Stéphane Brizé al minimalismo en la que se sale del cine con la sensación de que se vio mucho y bueno.