Selkirk tiene los mapas que permiten navegar por el Cabo de Hornos esquivando sus peligros. Se ha quedado sin dinero y esa será su arma para que lo acepten como piloto de un barco que va tras un tesoro de otra embarcación. Así se suma a una tripulación en la que destacan dos o tres integrantes, uno de ellos una joven disfrazada de cocinero que va tras el amor de su vida, además del malvado y ambicioso capitán del barco. Los ingredientes están completos para que una típica historia de piratas se ponga al servicio y talento de Walter Tournier, más conocido como el padre de Los Tatitos. Esta aventura que se plantea como el antecedente de Robinson Crusoe puede plantarse sin vergüenza ante logradas animaciones extranjeras, aunque se le pueda criticar alguna falta de ritmo y momentos bastantes artesanales si se compara con las tecnologías actuales. En cuanto al guión, es ágil y entretenido en su arranque y cuando la acción transcurre en el barco pirata, pero decae con Selkirk solo en la isla, apenas rodeado por animales. También le falta fuerza al cierre, un momento de suspenso que desemboque en una atrapante solución final. En su conjunto es una simpática historia en la que Tournier confirma su gran mano para diseñar mundos y personajes de fantasía.