Por: Mariángel Solomita
La cámara de Leonardo Favio no tiene pudor. No le importa remitir explícitamente a otros directores, a otras películas. Va en busca de las emociones. Es guiada por sus insomnios. Tiene 72 años. Está enfermo. En un apartamento del barrio Once de Buenos Aires sigue creando.
Duerme dos horas. Se levanta a las dos de la mañana y se prepara un té. Empieza a trabajar: revisa cintas viejas. Se observa: quiere entender por qué filmó lo que filmó. Cuando no soporta una toma la recorta; sacó cuatro de El dependiente (1968). Ahora la tecnología lo permite y eso lo mantiene entusiasmado.
No sale mucho. Le gustan sus arrugas. Siente la vejez cuando percibe molestia en caminar por la calle rodeado de otra gente. O cuando piensa en hacer una película: el cuerpo ya no permite filmar con exigencias. No hay más salud para otro Juan Moreira (1971). Tiene un equipo de gimnasio completo, y mucha música, de Chopin a Sandro. Tiempo, y la seguridad económica que le siguen dando sus canciones.
Hace dos años predijo que cuando muera lo recordarán por su canción más simple, "Hoy corté una flor". Creador de doble fanatismo, simple y romántico en la canción, un irreverente en el cine. Masivo en sus dos profesiones. Cuando Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll utilizaron esta canción para la escena más recordada de Whisky (2004), no fue un homenaje. Parece demasiado simbolismo para un director que dice hacer un cine "claro, que es lo que se ve en la pantalla", sin asociaciones.
Mientras no puede dormir vuelve a su pasado. A su abuelo -la persona que más quiso-, a su padre -que casi no conoció, que murió por beber agua de un florero recién operado de una úlcera-, a su madre -que le pesa en la conciencia- a sus amigos, a Perón y a sus películas.
Elige parte de su historia y la rearma. Decide filmar Aniceto (2007). Es una historia vieja surgida de un cuento viejo, pero entre sus cuatro paredes mira videos de ballet, y sin saber los nombres de los pasos los apunta. Dice que con ayuda de Dios consiguió a los tres intérpretes. Él nunca hizo casting, "¿cómo se explica sino?" Que Hernán Piquín casi le cortara el teléfono cuando escuchó la voz de Favio. Que estuviera a tres cuadras de su apartamento y que él lo recibiera con un "hola, vos sos Aniceto".
EL CUERPO NO MIENTE. Favio nunca fue amante del ballet. "Era un ignorante", asegura en una entrevista a un medio argentino. Sin embargo mientras estudiaba algunas escenas de "El romance del Aniceto y la Francisca..." -el título original es Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más (1966)- se detenía en los silencios, en los desplazamientos de la cámara, y ponía música. "Beethoven, Bach, Tchaikovsky". En el último cumpleaños de Niní Marshall, Lino Patolano, representante de Julio Bocca y productor teatral, le sugirió pensar en un ballet. Favio se reunió con el compositor musical Iván Wyszogrod, y pensaron en una obra de teatro.
Wyszogrod, es otra asistencia de Dios, "es un milagro". Lo conoció casualmente, cuando en el set de Gatica, el mono (1993) le acercaron un cassette con música hecha por un joven de 21 años. Se encargó de la banda sonora de esta película, el regreso de Favio al cine luego de años de exilio y vida de cantante.
Podía ser una película. Trabajó más de 5 años en el guión. La dedicó a su madre. La canción final de Aniceto la canta Favio, la escribió su hijo Nicolás. Las coreografías estuvieron diseñadas por Margarita Fernández y Laura Roatta. El elenco jamás había filmado en cine. Hernán Piquín, Natalia Pelayo y Alejandra Baldoni, que interpreta a la Lucía, y que desobedeció la orden de Favio: ella sí volvió a ver la película original, la mejor película argentina de todos los tiempos según la crítica de ese país. Le sigue Crónica de un niño solo (1964), también de Favio. Tenía menos de 30 años cuando la grabó. Renovó el cine argentino de la década de 1960 y no le importa que comparen esta película con Los 400 golpes de Francois Truffaut.
Mendoza, su ciudad natal, fue el escenario de El romance del Aniceto y la Francisca. Pero el cine de Favio se ajustó a su mundo interior: quería trabajar como lo hacía Georges Méliès. Filmó en un hangar de la Fuerza Aérea ubicado en Quilmes. Ya había tenido su encuentro con el Ejército. Cuando Favio era adolescente, antes de trabajar como extra en los radioteatros que escribía su madre, antes de empezar a actuar y ser apadrinado por el realizador Leopoldo Torre Nilsson, se inscribió en la Marina. Cuando renunció conservó el uniforme y así vestido pidió limosnas en los barrios adinerados.
En aquel galpón se propuso romper los límites cinematográficos. Explicó: "En esta película no quise reflejar tanto mis ideas sobre el cine sino sobre la belleza del espectáculo audiovisual. En El romance... era la plasticidad, la cámara en movimiento. Acá no, acá es un revoltijo de emociones: la pintura, las sombras, el agua, los gitanos, la danza". Nuevas formas de lograr la emoción. "Nunca estuve tan feliz con una obra mía, es mi película más completa."
Los cielos, la luna, las nubes, son telas pintadas por artistas del Teatro Colón. Las casas están construidas de tal manera que se perciben como decorados. Los árboles se mueven, pero no son reales. Sólo la luz no es del todo artificial. El primer giro: oponerse al realismo de la primera versión. Una puesta en escena teatral que permitió que los bailarines se sintieran más cercanos a su territorio habitual. Les dejó crear libremente. "Participamos con nuestras personalidades. Evidentemente lo que quería se ajustaba a lo que éramos. La fusión fue perfecta", dice Baldoni.
Y está de acuerdo en que la cámara de Favio engrandeció la sensibilidad de la danza. Le permitió conmoverse más que al componer un personaje en un ballet representado en una sala. "Para el público el bailarín es el de la cajita de cristal. Te ve lejana, irreal. Nos convirtió en algo carnal, cotidiano, de todos los días. No hace falta palabras en el "Lenguaje Favio": el cuerpo no miente. Estamos acostumbrados a representar personajes irreales, cisnes, entonces tu cuerpo adquiere una ductilidad. Y hay veces que decimos, `ojalá se pudiera hablar en ballet`. Haberle agregado la voz al cuerpo fue completar la belleza de la danza". En el teatro su interpretación no hubiera sido la misma.
Las emociones aquí se narran con ballet. "Verlos bailar es un espectáculo aparte, por eso utilicé un único plano, para no interferir en sus figuras". En contraste con los primeros planos de los rostros, de las miradas, los gestos, que sustituyen a las palabras. Este juego de planos, la luz plástica, la estética de cada locación transforman a Aniceto en una pintura en movimiento. "Como una forma de llegar al espíritu del espectador, aunque él no lo perciba inmediatamente."
Los ensayos duraron tres meses. El rodaje también. Cada bailarina filmó durante 45 días. "Ensayamos muy poco, si repetíamos era a pedido de ellos. El nivel actoral fue espectacular", contó Favio.
SIN TRINCHERAS. Aniceto se estrenó en Argentina hace tres años. La crítica especializada la avaló con los premios principales. En sus años finales Favio filmó una película intermedia: la estética de las últimas, una historia de las primeras. Su hermano, el director Zahair Jury volvió a encargarse del guión, basado en aquel cuento, El cenizo, que se publicó en el libro El dependiente y otros cuentos (1969), origen de otra de las películas que más conforme ha dejado al realizador.
El Aniceto, 40 años después, es distinto al de Federico Luppi. Es más seguro, más seductor. Se parece más a su gallo, "guapo y peleador". "No me pareció extraño recurrir a la película ¿Por qué volver a Romeo y Julieta, a Hamlet? Es una obra que subyuga y que tiene distintas posibilidades de expresión, y uno no le tiene que tener miedo a nada cuando está creando. No dudaría un segundo en volver a hacer otras películas de nuevo", aseguró a un periodista del diario Clarín.
Favio está enfermo y no da notas a la prensa. Sin embargo en internet se puede encontrar una entrevista que le realizó hace un mes la directora Lucrecia Martel (La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza). A ella le dijo: "Los directores argentinos tendrían que escribir temas como "Quizás simplemente te regale una rosa", porque después de eso te animás a cualquier cosa".
Editó 19 discos. Esta canción la compuso una madrugada, hace 37 años, angustiado porque no alcanzaba a pagar el alquiler. Ya había ganado premios como director. La renta la pagaba habitualmente su madre, que vivió con él hasta sus cinco años y luego lo dejó al cuidado de una bisabuela y unas tías religiosas. Entre santuarios Favio se sentía protegido, y recogió anécdotas que luego utilizó en sus películas. En Aniceto, revisita la película original, se refiere a El dependiente e incluye un recuerdo de su niñez en el que una vecina se transforma en ave. Se lo cuenta la Francisca al Aniceto en la pieza que comparten. Luego él conocerá a su vecina, seductora, libre, la Lucía. Y perderá a las dos. La riña de gallos, asegura, "está transformada, casi, en un acto litúrgico". Él quería una obra romántica, y la consiguió. Para Favio hacer cine es un acto de amor. Por eso debe ser impúdico.
Ha vivido sin filmar y sin cantar. Su felicidad no pasa por ahí, según dice, sino justamente por la felicidad. "El impacto de mi obra pasa como la fugacidad de un periódico. Sirve para los estudiantes, para la gente que ama el cine pero no para modificar la historia. A la historia no la modifican los artistas que hacen este tipo de arte como el mío, a la historia la modifican los artistas que hacen política. No hay mayor obra de arte que la de intentar la felicidad de tus iguales".
Sin Perón, al que "ama por todo lo que me dio". Cerca de Dios, "no hay nada más evidente". Con las fotos de su infancia colgadas en la pared de su estudio, prepara una nueva película ambientada en su infancia, El mantel de hule. Le comentó a Martel: "Es raro, estoy escribiendo primero los perfiles de los personajes. Personajes muy puntuales. Es la primera vez que trabajo un guión de esta manera. Por lo general lo elaboro todo, a veces estoy inspirado y escribo el final, después sigo con la mitad. Acá no tengo estructura". Filmará con Graciela Borges y con Hernán Piquín. "Ahora sí van a poder decir que es autobiográfica", bromea.
Leonardo Favio aseguraba que iba a morir al cumplir 33 años. "La edad de Cristo, de mi viejo, de Evita ¿Querés que te diga la verdad, loco? La muerte me tiene sin cuidado". A veces siguen las pesadillas, sobre todo cuando escribe perfiles en un guión, "tengo metido en los huesos el miedo a que me humille la pobreza".
Lo entrevista una amigo de la infancia, de aquellos que inspiraron su próxima película.
-Leonardo, yo vivo puteando. Por la muerte, por el tiempo. Y porque nos afanan, ¿te fijaste?, los años últimamente duran cinco meses. Desesperante.
Le responde: "Así vas a perder, eh. En esto no hay trinchera. Tenés que hacer todo lo que puedas mientras tengas aliento. Yo en este cuartucho tengo un mundo fabuloso: música, libros, fotitos. Encerradito miro y leo y vuelo. Para mí viajar es una pérdida. Yo no quiero salir, la paso bárbaro conmigo. `Siempre estás solo`, me dicen. No, boludo, estoy conmigo."