Por: Ximena Aleman
Es un hombre de opiniones rotundas y frases contundentes. Desde hace 50 años la voz de Jorge da Silveira comenta los partidos de fútbol uruguayo. Se inició a los 17 años en Radio Sarandí, pero las puertas del periodismo deportivo se le abrieron de par en par cuando a los 21 años se convirtió en el comentarista de Carlos Solé. A partir de allí inició un periplo de opiniones que lo llevaría por todos los canales uruguayos, varios diarios y muchísimas radios. Flamante ganador del Iris por comentarista deportivo, hoy Da Silveira hace de las suyas en las radios Nuevo Tiempo y Carve. Una trayectoria que resume en dos componentes: "trabajo y credibilidad".
compromiso. Un sentido del compromiso personal se cristalizó en un noviazgo de seis años y un matrimonio de 41. En una carrera de derecho hecha para cumplir una promesa a sus padres: ser abogado. En una vocación que le implica trabajar siete días a la semana desde las seis de la mañana, con la televisión y los diarios y hasta las once de la noche cuando mira el último informativo deportivo internacional. "Es mi trabajo, tengo que ver programas y partidos. Yo tengo un deber, tengo un compromiso con los tipos que me escuchan, yo no puedo fallar. Tengo que hablar con propiedad. La gente sabe que veo todo, se dan cuenta y así me gano su respeto y la credibilidad. Si generás credibilidad la gente se calienta, te putea, pero al día siguiente vuelve. Eso se consigue con el día a día, es la gota de agua."
el barrio. Creció en la calle Viejo Pancho, cuando Pocitos era un barrio plagado de muchachos que jugaban al fútbol. A los trece años su mamá enfermó de cáncer y falleció y para Da Silveira esa circunstancia todavía explica mucho. "El principio que rige la existencia no es el de la casualidad, sino el de la causalidad. Yo fui tan temprano periodista porque la vida me llevó a eso. A los 13 años me enteré de que mi madre tenía cáncer, eso me hizo madurar de golpe, me tuve que hacer cargo de cosas relacionadas a ella: había que ir a buscar practicantes, órdenes, medicamentos. Mi padre me daba el auto y yo manejaba por Montevideo haciendo esas cosas. Entonces a los 15 años, cuando murió, la madurez fue mayor. A los 17 tenía la cabeza de un tipo de 30, no era una cosa descabellada que ya estuviera trabajando." El barrio fue importante en esos primero años, y en estos también, especialmente cuando precisa un refugio. "Esos días en que ando medio flojo, me voy al barrio y salgo con una inyección de fe, de optimismo, de ganas. Paso por Viejo Pancho, miro por donde nací y donde crecí y digo ¡puta, que lindo, soy un privilegiado!"
un error. "Si cometí muchos errores en mi vida uno de los grandes fue haberme ido como me fui de Radio Sarandí. Eran tiempos en los que yo no tenía la experiencia que hoy tengo sobre la vida, las miserias humanas, envidias que en este ambiente están a la orden del día. Había gente que no veía a bien que un gurí de 21 años fuera comentarista de Solé, que tuviera en mí la confianza que tenía. Él me mandaba antes de las transmisiones para arreglar los detalles y a las reuniones de Andebu. Un día, fue un error mío, Solé había hablado de un gol como lícito y yo dije que era off-side y cuando el lunes llegué a la radio era un hoguera. Él era un tipo que hablaba muy fuerte y yo que tengo carácter le dije `mire, quédese tranquilo, que yo me voy a ir`. Ahí me propuse irme. Hablé con un amigo y tenía todo listo para irme a fin de año. Pero un día en setiembre, me dijo `mirá que trascendió, te tenés que ir ya`. Yo le pedí que me dejara avisar con tiempo. Pero no, dejé que la radio armara su estructura y me fui. Y conmigo se fueron mis compañeros. Quedó Solé solo, fue feo. No pensé en mí, ni en la relación, me fui mal. Durante casi dos años la relación con Solé se interrumpió."
cómo enmendar un error. "La vida siempre da una oportunidad para demostrar quién uno es", dice Da Silveira cuando recuerda el episodio. En 1970, en el mundial de México, él, que iba por Radio Ariel, conocía bien a la gente que estaba en la organización. Sin embargo, una vez allá se enteró de que no podría transmitir porque que se habían incrementado los costos y las ventas no alcanzaban para cubrir los gastos. Por otra parte, las radios uruguayas habían hecho un pool para lograr que a Solé le cobraran los derechos del mundial más caros y no le dieran permiso para entrar a la canchas. "No podía transmitir desde el estadio, eso lo hubiera matado, porque nunca hubiera relatado desde un televisor." Da Silveira entonces facilitó los contactos con la organización e hizo fuerza para que incumplieran el negocio con el pool y que Solé pudiera transmitir. "Pedí que le dieran a él lo que tenía preparado para mí. Al final accedió. Un día me encontré con Solé. Y me dijo `Usted, se comportó como un caballero` y yo le dije `Me sorprende que usted haya pensado que no lo era`. Después nos dimos un abrazo y nos tomamos un whisky.
un acierto. El término es del relator Alberto Kesman. Se refiere a que Da Silveira fue quien descubrió y apostó por un relator llamado Víctor Hugo Morales. Cuando Da Silveira se fue de Radio Sarandí a Radio Sur, el puesto de relator estaba vacante y él trajo a Morales desde Colonia a Montevideo para que fuera parte de su equipo. Cuando le ofrecieron de Radio Ariel pasarse a esa emisora también le ofrecieron un joven como relator de primera, que él rechazó para seguir con Morales. Ese joven era Alberto Kesman. "Apostó a Víctor Hugo y tuvo éxito. En los ´80 fue el relator más importante de Uruguay. Apostó bien, no era fácil elegir pero su olfato lo llevó a elegir bien." Así se inició la etapa de El Clan 10, grupo de periodistas deportivos fermental de esa época.
La casa. Sobre la entrada de la paredes cuelgan cuadros pintados por su hija Manuela cuando era chica y sobre un trinchante hay una docena de portarretratos con fotos familiares. Un living grande y paredes empapeladas de marfil. Una mesa de comedor señorial con Cd´s grabados y una mesa ratona de madera rústica con varias revistas y diarios. En un rincón del living sobre el escritorio de la computadora están los vestigios de una vanidad incipiente: caricaturas que lo muestran dibujado por Arotxa, una foto con el Papa Juan Pablo II, el título de Doctor en Derecho y otros reconocimientos. Los premios están desparramados en distintas estanterías de la casa, lejos de la vista de los visitantes. Entre lo cotidiano y lo formal, entre lo cálido y lo ampuloso.
el equipo. Da Silveira se refiere a su familia como un equipo. Y así lo entrenó. No solo porque su hija mayor, Florencia, haya sido medalla de oro en un sudamericano con récords de atletismo vigentes, o porque Manuela, la del medio, sea campeona nacional de gimnasia olímpica. O porque desde chicos Da Silveira haya adiestrado a sus tres hijos, el menor se llama Jorge, en la disciplina del deporte. Ni siquiera porque todas las noches oficiaba de entrenador de esa troupe haciéndolos estirar o concentrar en la casa cuando había campeonatos o desafíos deportivos. Da Silveira cuando habla de equipo no alude a esos encuentros 15 años atrás, sino al espíritu de grupo que los ayudó a superar un accidente de tránsito que puso en riesgo su vida, problemas económicos cuando saltó la tablita y alguna amenaza durante las épocas más comprometidas de su trabajo.
La jubilación. "No, no me puedo retirar, porque fui un estafado por el sistema de previsión social. Hace 50 años que trabajo y 50 que aporto, y si mañana me jubilo no cobro la plata ni para pagar la mutualista de mi familia. Estoy condenado a morir arriba del micrófono. Lo único que le pido a Dios es que si me tiene que mandar una enfermedad no me la mande a la cabeza y ni en la lengua porque tengo que trabajar hasta que me muera. Yo cobro una jubilación aceptable de la caja profesional a la que aporté toda mi vida y dos años y medio más, porque no me enteré de que podía dejar de pagar. Tengo esa jubilación y es la única que voy a tener, porque con la otra no da para nada. No me pasa ni por la cabeza jubilarme."
Sus frases. "No hay que creérsela. Eso de ser el número uno, el slogan, es una creación publicitaria", levanta las cortinas del ventanal del living frente al parque Villa Biarritz. Esta frase, una de las tantas que dice cuando habla, actualiza los proverbios de su padre, profesor de historia de profesión, y fallecido muy recientemente, pocos días después de esta entrevista.
Dice que lo crió repitiéndole las máximas: "El hombre que sube y se marea es un ordinario", "Pobre el que piense que tiene el éxito asegurado o la suerte comprada", "Estoy cansado de ver fracasados talentosos y exitosos mediocres." Esas mismas sentencias son las que ahora repite Manuela, cuando al recibir algún premio dice: "Los premios hay que disfrutarlos pero no creérselos". "En lo único que yo creo es en la trayectoria", continúa Da Silveira. "Cuando conseguís que una persona, en una actividad que es netamente pasional, como esta, después de que dijiste algo que no le gustó, vuelva, quiere decir que generaste un sentimiento de respeto en esa persona. Eso es trayectoria, ese respeto es importante, pero hay que cultivarlo todos los días".
La trayectoria. "La trayectoria es trabajo, trabajo y trabajo", dice Da Silveira. Trabaja siete días a la semana. Los domingos empieza a las 10.30 de la mañana y sigue hasta las doce de la noche sin parar: Punto penal, fútbol, Subrayado, y La hora de los deportes. Es un tema de actitud mental. Yo soy un tipo en primer lugar optimista, trato de ver el aspecto positivo, pienso que tengo la suerte de trabajar en lo que me gusta que me encanta el periodismo. Tengo al suerte de que me ha ayudado mucho mi entorno, tengo una familia fenomenal. Todo lo que se hizo humildemente se hizo en base al trabajo y a la sed de aprendizaje y a la credibilidad que la gente depósito. No le ganamos a nadie, ¿eh?"