El caso es real más allá de que tenga todos los condimentos para que Hollywood lo convierta en película. En los `80, un hombre fue condenado a cadena perpetua por asesinar brutalmente a una mujer. Fue en el pueblo estadounidense de Ayer, donde Kenny Waters (Sam Rockwell) creció casi como un delincuente juvenil, haciendo travesuras con su hermana Betty Anne (Hilary Swank), varias de las cuales lo llevaron a la cárcel. Hijos de una madre ausente, yendo de un hogar sustituto a otro, cimentaron un lazo fraterno indestructible. Al punto tal que Betty Anne se convirtió en abogada para sacar a Kenny de la cárcel, dejando en segundo plano su propia vida (matrimonio, dos hijos). El director Tony Goldwin logra trasladar a la pantalla esa unión fraterna tan fuerte, con la ayuda de dos grandes actores que siempre parecen estar para más. La parte legal es bastante convencional y, por momentos, parece hasta un poco larga demás. En el elenco también aparecen la oscarizada Melissa Leo, en un papel antipático y bien jugado, y la intermitente Juliette Lewis, convincente en sus pocas escenas. Un drama familiar y legal que, si bien no escapa a las convenciones, mantiene al espectador enganchado.