La película de la austríaca Anja Salomonowitz es renovadora. Es un documental ficcionado con herramientas documentales: lo que cuenta no es desconocido, cómo lo hace sí. Eligió 5 historias de mujeres inmigrantes que fueron abusadas. Sexual, psicológica o laboralmente. El texto se compone de estos testimonios, pero no en boca de sus protagonistas. La directora seleccionó a 5 personas, sin experiencia actoral, que relatan la historia como si fueran las víctimas. A lo largo de la cinta el espectador tiene la sensación de estar ante una puesta en escena que debe descifrarse. No coincide con el contexto del relato, pero allí están las claves: ese es el juego que se impone. La cámara parece impersonal y sin embargo espera, insiste hasta conseguir la atención de esos actores de las víctimas que, en medio de sus rutinas, vuelven a mirar a cámara y continúan el relato. La puesta en escena, muy teatral, está llena de detalles que se comprenden a medida que avanza el testimonio. Lo mismo sucede con la banda de sonido que interactúa en ciertas escenas. Ficción y realidad se entrecruzan transformando el ángulo desde el que el espectador acostumbra acercase a estas historias.