Con cinco cabezas

| La misma familia. Mallas, musculosas y posiciones de ballet. Cinco hermanos dedicados a la danza.

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Por. Ximena Aleman

Todo empezó cuando El abuelo se encontró con Dios. El abuelo es Sebastián Arias, uno de los bailarines solistas del Sodre y todavía no tiene hijos. Pero tiene cuatro hermanos, los cuatro son bailarines. Dos de ellos bailan junto a él en el Ballet Nacional, son Ismael Arias y Walter Lauterlade y ambos tuvieron papeles protagónicos en el ballet El Corsario. Los otros dos, Santiago y Mateo Almeida, todavía aprenden en la Escuela de Danza. A Sebastián los cuatro le dicen El abuelo.

El milagro. Quizá, si Sebastián no se hubiera encontrado con Dios, no hubiera ocurrido el milagro de que en una familia con siete hermanos los cinco varones fueran bailarines de ballet. Las mujeres que completan la troop familiar no optaron por la danza. Al contrario, y como completando la gracia, la menor practica boxeo.

-Igual, yo te voy a decir algo, vos fuiste el mentor de todos, porque Walter vino porque los vio a vos y a Ismael, y nosotros también vinimos por eso- declara decidido Mateo, que a sus 13 años es el menor de los bailarines.

-Yo no fui el inventor de nada. Fue nuestra madre. Si vamos a echarle la culpa de las cosas malas vamos a echarle también la culpa de las buenas.

"Lo de mamá fue un golazo de media cancha. Hay mucha gente que ha intentado bailar. Estudia 8 años y no ingresa al Sodre. Y no creas que a los hombres se les da todo en bandeja, muchos no pueden entrar. Intentan y no llegan o dejan después de estar en la compañía. Ahora entrar es cada vez más difícil. Hay uruguayos que bailaron en Estados Unidos, por todo el mundo y no lograron entrar. Y a mí de chico no me gustaba el ballet. Pero no había tutía. Iba obligado", cuenta Sebastián.

Su madre lo obligó a bailar folklore. Pero no se conformó con eso. Los anotó a él y a Ismael en la Escuela de Danza. Tenían diez y once años.

"A mí el ballet no me cabía. Tenía muchos prejuicios, creía que era para nenas". En la memoria de Sebastián todavía resuena la contestación que le espetó a su madre cuando fueron a comprar la primer malla: "La malla te la pondrás vos". No entró al negocio y esperó sentado en le cordón de la vereda. Cómo se iba a poner una malla, pensaba. "Sin embargo, lo peor fue el suspensor. Es una etapa cruel. Para cualquier varón, pasar del calzoncillo al suspensor es muy difícil".

El encuentro. Ese día cambió su vida. Estaba con un amigo y pasaron por un templo evangelista. "Fui a mirar mujeres, ¡estaba con un amigo y tenía catorce años!", recuerda Sebastián. Pero adentro el espectáculo no era femenino. Los hombres levantaban las manos, gritaban aleluya y uno adelante hablaba de Dios. La situación le resultó interesante. Alguien invitó a los presentes a recibir a Jesús en su corazón. Su amigo pasó al frente. Sebastián miró para los costados esperando que no lo viera ningún vecino del barrio y para no ser menos también fue. "Abrí los ojos y empecé a ver todo distinto, empecé a sentir paz. No entendía qué me estaba pasando, parecía que estaba drogado. Eso empezó a crecer y empecé a creer en Dios".

El día que conoció a Dios cambió su vida. Porque poco después, Sebastián, que ya estaba en la Escuela de Danza, habló con Dios y le dijo que quería dedicarse al ballet. "Fue como cambiar el chip. Pasaron dos semanas y un compañero entró en el ballet del Teatro Colón. Fue Javier Pérez, el primer uruguayo en entrar a esa compañía. Entonces quedó un puesto para ir a un concurso en Brasil, me dieron su papel y ganamos el primer premio. Fue un incentivo brutal. Ahí conocí a Rolando Saravia, que es una estrella impresionante. Tenía 12 años, tres años menos que yo, y bailaba mejor que yo ahora con 32. Era un niño prodigio. Empecé a descubrir todo eso".

de a dos o de a cinco. Son dos niños que estiran en un barra o en el piso mientras el Cuerpo de baile del Sodre toma la clase antes de comenzar los ensayos, o que aguardan a sus hermanos luego de alguna función. Morochos, bajitos y con ojos rasgados. Antes de ellos otros dos niños les abrieron el camino. Y fue a punta de ballet y sacrificio.

Caminaban 14 kilómetros para aprender folklore y sobre las diez de la noche, cuando volvían a su casa en el barrio Transatlántico, pasando Toledo Chico, pasaban por la panadería pidiendo pan para tener algo que desayunar al otro día. Con los años el sacrificio lo hizo Sebastián vendiendo masitas en el Sodre y en los ómnibus para enviarle dinero a Ismael que había conseguido una beca en Cuba.

Cada generación pasó las suyas. A Walter y su hermana les tocó vender artesanías y a Santiago y a Mateo vender nísperos.

"Lo único que tenemos a nivel familiar es la abuela, que tiene un corazón enorme y fue la que nos crió a todos. No usa ni bastón de tesonera que es. En la casa no hay portón pero siempre hay abrigo y comida", cuenta Ismael.

"Y también tuvimos el apoyo de mucha gente que ha sido mamá y papá de nosotros. Como nuestros profesores de folklore, Jorge García y Griselda Salcedo", agrega Sebastián. "Fueron piedras fundamentales. Nos enseñaron cómo estar preparados antes de subir a un escenario, cómo entrar a un camarín, cómo colocar en un sitio tus cosas y tu ropa porque detrás de ti vienen otros artistas".

Entrenamiento. Sebastián compró una casa y le parece mentira. Tanto como le pareció mentira estrenar una apartamento alfombrado en Chile cuando bailó allá.

Patio central, aljibe y muros de ladrillos que él ha tenido que restaurar. Debajo de la claraboya Walter estira el empeine de Santiago para que llegue al piso. Es una mínima y poco percibida parte del cuerpo para la mayoría de las personas, pero para los bailarines es fundamental. "No solo por la estética, es mejor para girar, para saltar y por la línea", explica Walter, "El que tiene mejor empeine es Mateo".

"El muerto se ríe del degollado", dice Ismael. "Nosotros con Sebastián salimos más falladitos en ese tema. Pero cada generación viene mejorada. Igual artísticamente nadie se puede poner al lado de Seba y técnicamente de Walter. Mateo y Santiago están armándose", agrega.

"Ellos son chicos y no se les ve todavía. Yo ahora puedo mostrar más, pero de chico no era laxo, como es Mateo por ejemplo. Tuve que trabajar y pude" dice Walter para saldar la cuestión.

Para poder lo ayudó Sebastián, que lo llevó a Chile cuando las circunstancias no lo ayudaban acá. Allá iban a clases durante el día y en la noche seguían estirando.

"Qué estamos hablando de trabajar, estamos hablando de tortura, de abrir las piernas y que duela. Aguantar durante un minuto y desgarrar las fibras pequeñas del tejido para lograr la flexibilidad".

Disciplina y actitud. La imagen interna es la de un jabalí. Él está con el cuchillo. El jabalí está enfrente, lo mira, lo provoca, se le va encima. Y él tiene que estar firme como un rulo. Esa es la imagen mental de Sebastián cuando la dama del tutu en sus finísimas zapatillas de ballet, durante el pas de deux se lanza en sus brazos. "Que venga que yo estoy firme y tengo que impartir seguridad. Porque la muchacha va a venir con los ojos cerrados a tirarse al vacío y yo no puedo generarle miedo".

Pero esa seguridad no es solo un pensamiento. Implica esfuerzo y sobretodo disciplina. Esa disciplina, que se adquiere desde la Escuela de Danza, se traduce en las ocho horas diarias de entrenamiento del cuerpo de baile. Y para los hombres también en un plus de ejercicios complementarios: pesas.

"En general, los hombres trabajamos más que las mujeres. Acá todos los varones hacemos pesas, abdominales, torso superior, es un poco de testosterona que empieza a dispersarse", cuenta.

"A mí no me pasa eso, pero lo que pasa es que sino no podés hacer tu trabajo. No podés levantar mujeres o varones", dice Ismael. "Yo la mitad de los portés (levantadas) las practico con ellos. Después agarrar a una mujer es nada. Yo peso 63 kilos y Sebastián 70, y una mujer pesa entre 20 y 25 kilos menos".

No solo pesas, años de práctica. Porque la imagen mental que Sebastián evoca viene a razón de que Santiago recién comienza a practicar esos pasos. "A mí, Rolando Di Candia, un maestro cubano que estuvo unos años acá, me mandaba a practicar caminando alrededor de la columna del ómnibus, rodeando el caño con las manos pero sin tocarlo, como si esa fuera la cintura de la bailarina. Eso es bueno para que la caminata sea pareja. Contigo, Walter, te acordás que practicábamos con una silla el mecanismo".

Ahora. "El momento que estamos viviendo es increíble" dice Ismael. "La carrera nos ha llenado de alegrías, de momentos que ni siquiera imaginábamos. Nosotros nos ponemos en plan paternal y el orgullo es tan grande que si alguno de nosotros está arriba del escenario, está adelante y está pasándola bien, se está divirtiendo, nos llena el alma".

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