El mito rural

Desde el gobierno se cuestiona que solo el 5% de la población de Uruguay viva en el campo. Pero el éxito agrícola también se debe a la caída del número de agricultores.

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MIGUEL ARREGUI

Una ínfima proporción de uruguayos vive en el campo. Pese a ello, nunca en la historia nacional la producción agropecuaria fue tan abundante y calificada.

Según las cifras preliminares del censo 2011, apenas el 5,07% de la población uruguaya (164.840 personas) vivía en el campo, contra 12,40% en 1985. Mientras tanto el país procesa una enorme revolución agrícola; las exportaciones de granos, que tradicionalmente fueron muy inferiores a las exportaciones ganaderas, ahora están en pie de igualdad, y pronto los emparejará la producción de celulosa.

MITOS. El proceso de despoblamiento rural, que lleva más de un siglo, preocupa a algunos y es tema de debate esporádico. El presidente José Mujica opinó a principios de mayo que "tendrán que pagar un poco más en Pocitos y Carrasco, donde la gente esta apiñada, para poder subsidiar a los que están cortados en la inmensidad del campo". Habló de la necesidad de "urbanizar" el medio rural: darle más servicios. "Necesitamos un mínimo de población rural para garantizar la soberanía. Alguien se tiene que quedar para avisar si baja un plato volador", ironizó.

La campaña uruguaya requiere más servicios, en particular caminos y electricidad: lo demás viene por añadidura. Pero los reclamos de mayor población responden a un paradigma cuestionado. La enorme mayoría de la humanidad vivió básicamente en el campo y en pequeñas aldeas hasta bien avanzada la historia. La situación comenzó a invertirse con la Revolución Industrial, durante el siglo XIX, y se consolidó en el siglo XX.

En Una historia inacabada del mundo, el británico Hugh Thomas resalta que "el aumento en la cantidad de alimentos en los siglos XIX y XX se produjo en lugares en los que el número de agricultores se había reducido. El éxito de la agricultura moderna se debió no solo a la mecanización, sino también a un simultáneo descenso del número de agricultores".

En torno a 1800, cuando Gran Bretaña gestaba la Revolución Industrial, el mundo estaba poblado por apenas 1.000 millones de personas. La población se duplicó luego en apenas 130 años, y volvió a duplicarse 44 años más tarde, en 1974, hasta 4.000 millones. En el presente suma unos 7.000 millones. En buen romance: la humanidad necesitó unos 100.000 años para crecer hasta 1.000 millones de personas, y luego se multiplicó por siete en dos siglos, pese a la extensión de los métodos anticonceptivos y controles de natalidad.

¿Cómo ocurrió? Fue el fruto de la industrialización, la tecnología y el comercio, que produjeron más medicinas y alimentos que nunca, y a la vez desplazaron la población hacia las ciudades.

Hugh Thomas, cuyo voluminoso ensayo se detiene en la agricultura y los alimentos, afirma: "El descenso de la tasa de mortalidad -y el aumento de la población- que se dio en Europa a partir del siglo XVIII se debe más a la revolución agrícola y a la mejora en la alimentación que a los avances en la medicina. Europa era entonces el centro de todas las fuerzas vitales del mundo, y se benefició con la implantación de frutos provenientes de América (maíz, tomate, papa, chocolate, caña de azúcar, café), Asia y África. A su vez Europa redistribuyó por el mundo los frutos de todos los continentes. También mejoraron los métodos de cultivo…"

CAMBIOS RADICALES. La palabra clave es productividad, que va de la mano con menos personas en el campo y más tecnología. Apenas sobrepasada una etapa económica básica, los campesinos tienden a emigrar a centros poblados en busca de oportunidades: en primer lugar una mejor educación para sus hijos.

La cantidad de uruguayos que viven o trabajan en el campo, si bien baja, es bastante mayor de lo que dicen las cifras censales. La gran mejoría de los caminos y de los medios de transporte en las últimas décadas facilitó que muchas personas residan con sus familias en pequeños centros poblados o ciudades del interior y se desplacen día a día hacia sus trabajos en zonas rurales.

Las viviendas del Plan Mevir mejoraron las condiciones de vida, incrementaron la urbanización y cambiaron la fisonomía del interior del país. Se ven menos paisanos a caballo por los costados de las rutas y muchos más que se desplazan en vehículos diversos.

En las décadas de 1950 y 1960 se vendían en Uruguay entre 2.000 y 3.000 vehículos nuevos por año e incluso menos; en la década de 1990 ya se comercializaban entre 20.000 y 30.000, y en 2011 se superaron los 50.000. Alrededor del 40% de los hogares uruguayos posee al menos un automóvil y la venta de motocicletas, un vehículo popular incluso en campaña, creció en proporción geométrica. Las cuadrillas que trabajan en el campo para la industria forestal o la agricultura son transportadas en camiones, camionetas u ómnibus. Cada vez más técnicos viajan al interior del país, o se radican en ciudades pequeñas, para atender las demandas del sector agropecuario.

Desde comienzos del siglo XXI el interior en conjunto no pierde población ante Montevideo y su área metropolitana. Es la primera vez que ocurre desde la década de 1930, cuando un proceso de degeneración socio-económica provocó una masiva huida hacia el sur y el macrocefalismo. En 1908 solo el 29,7% de los habitantes de Uruguay residían en Montevideo; en 2011 la capital y su área metropolitana significaban el 51,5% del total. La concentración en la capital se detuvo por razones simples: en el interior hay ahora más fuentes de trabajo y oportunidades. Todos los rubros agropecuarios dieron un salto: la producción de leche se multiplicó por dos en los últimos 20 años, el área destinada a la agricultura se multiplicó por tres a partir de 2002, y la ganadería, aunque con igual stock bovino, elevó considerablemente su calidad y productividad. Desde la década de 1990 se agregó la industria forestal, un rubro exportable cada vez más poderoso.

El auge agrícola y ganadero se debe a los buenos precios internacionales, a las fuerzas expulsivas de Argentina y a que el gobierno uruguayo no se entrometió: recibió el capital extranjero y la tecnología de brazos abiertos y no cobró impuestos a las exportaciones. Una consecuencia fue que el precio de la tierra en 2011, que promedió US$ 3.200 la hectárea, era ocho veces superior al de 2000. u

La tierra nacional y extranjera

Uruguay alberga unas 53.000 empresas rurales, en su gran mayoría pequeños y medianos establecimientos familiares que ocupan a menos de cuatro personas. También hay grandes emprendimientos, como las cadenas gestadas en torno a la industria forestal y a la producción agrícola y lechera. Alrededor del 25% de la superficie agropecuaria está en manos de extranjeros. Este fenómeno preocupa a algunos sectores políticos e incluso a los militares; pero de hecho Uruguay nunca fue tan rico en una comparativa internacional como en la década de 1880, cuando alrededor de la mitad de la tierra era propiedad de extranjeros. En febrero de 2006 el presidente Tabaré Vázquez convocó a sus ministros a rever las consignas izquierdistas sobre la "extranjerización de la tierra".

Ciudad, campo y tecnología

Las grandes potencias exportadoras de alimentos suelen tener elevados índices de urbanización: Estados Unidos (82%), Argentina (92%), Australia (89%), Nueva Zelanda (87%) o Uruguay (95%). La tasa de urbanización de Uruguay solo es superada por un puñado de países muy peculiares, como Kuwait, Bélgica o Quatar.

En el otro extremo, los países con mayor porcentaje de población en el medio rural, como Uganda (87%), Etiopía (82) o Ruanda (81), practican una economía de sobrevivencia y una cultura de analfabetismo, guerras tribales y hambre.

"La transformación (alcanzada) con el tractor, la segadora trilladora, los fertilizantes y los insecticidas fue el más extraordinario acontecimiento de la historia de la agricultura", afirma el historiador Hugh Thomas.

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