The Economist
Imagine que usted comete un crimen. Una pelea de bar, manejar otra vez borracho. Termina sentenciado a unos años de prisión. Y pongamos que se le ofrece un trato: puede pasar esos años tras las rejas o puede recibir 10 azotes. Ciertamente dolorosos, quizás humillantes, pero le serán aplicados bajo supervisión médica por un profesional del látigo; todo se terminará en cuestión de minutos. Se recuperaría, aunque queden cicatrices, en unas semanas. Y puede seguir con su vida. Usted puede pensar que lo de los azotes es barbárico, pero ¿tiene alguna duda de la opción que elegiría? De acuerdo al sociólogo Peter Moskos, "si el azotamiento fuera realmente peor que la prisión nadie lo elegiría". El nuevo libro de Moskos se titula In Defense of Flogging ("En defensa del azote").
El sistema penitenciario moderno estadounidense evolucionó como una alternativa a los azotes: las penitenciarías fueron creadas para "curar" la criminalidad de sus prisioneros, dejándolos como miembros productivos de la sociedad. Falló en ese objetivo, y en la mayoría de los otros. De hecho, las prisiones parecen causar más crimen en lugar de prevenirlo, lo que no es un resultado muy sorprendente si se junta a un montón de criminales con mucho tiempo libre y nada para hacer.
Hoy viven 2,3 millones de personas en las cárceles estadounidenses, cifra mayor que los habitantes de todas las ciudades de Estados Unidos a excepción de Nueva York, Los Angeles y Chicago. La tasa de encarcelamiento de 750 cada 100 mil es cinco veces mayor que el promedio mundial; casi uno de cada 31 estadounidenses -y uno de cada 11 afroestadounidenses- está bajo alguna forma de control correccional.
Algunos prisioneros son incorregiblemente violentos y deben ser mantenidos lejos de la sociedad, pero la mayoría no. Los azotes, argumenta Moskos, dejarían, al menos que la sociedad los castigue rápida y eficazmente. Podrá ser brutal y arcaico, pero Moskos convincentemente argumenta que el sistema de prisión estadounidense es, por lo menos, así de inhumano. "Si realmente quisiéramos castigar a la gente", escribe Moskos, "podríamos sentenciar a los infractores con drogas a unirse a una pandilla y temer por sus vidas; podríamos castigar a los abusadores de niños a ser torturados hasta la muerte; podríamos obligar a hombres heterosexuales a tener sexo gay de prisión semiconsensuado… Todas esas cosas suceden, pero barremos debajo de la alfombra y miramos para otro lado".
El sistema también está destrozado: las entidades que lucran con los encarcelamientos -los sindicatos de guardias y los constructores privados de prisiones- hacen lobby por sentencias más largas, mientras los políticos construyen prisiones en áreas rurales pobres. "Los cínicos", escribe Moskos, "podrían decir que estamos gastando miles de millones de dólares para pagarle a blancos campesinos pobres y desempleados para que cuiden a negros urbanos pobres y desempleados". Las cárceles tienden a llenarse con las minorías pobres: más de la mitad de los hombres negros que no terminaron el liceo pasan un tiempo en la cárcel.
La propuesta de Moskos empieza como una provocación y termina siendo sombríamente plausible. Pero los azotes aún son los azotes. Puede haber escasa voluntad para legalizar las drogas o reflexionar sobre cómo y por qué se castiga a los criminales, pero Estados Unidos no está por volver a dar latigazos. Quizás la evidencia más flagrante de lo mal que está el sistema penitenciario es que hasta una propuesta por reinstalar el azotamiento parece más o menos razonable. Más o menos.
EL LIBRO
In Defense of Flogging. de Peter Moskos. No hay edición en español. En Amazon, 20 dólares.
Lobby privado
El Justice Policy Institute (JPI), un grupo que aboga por la reforma de la justicia criminal, presentó un informe sobre la industria de las prisiones en Estados Unidos. Corrections Corporation of America (CCA), la empresa más grande entre las dedicadas al negocio de las cárceles, opera 66 instalaciones y tuvo ingresos por 1.670 millones de dólares. Para sus accionistas, CCA ha hecho las cosas muy bien, incrementando las ganancias año tras año a medida que aumentó la cantidad de sus prisioneros. Pero para que a esas compañías les vaya bien, la gente tiene que ir presa. Eso no es por sí mismo un problema: muchos hospitales son negocios y para que les vaya bien, la gente tiene que enfermarse. La diferencia es que esos hospitales no tienden a envenenar a la gente o romper piernas para mantener las camas ocupadas pero las prisiones privadas, como explica el informe de JPI, tienden a hacer lobby por políticas que les sirvan: sentencias más duras y una tendencia a la encarcelación más que a la prisión domiciliaria o a la libertad condicional. Están en todo su derecho de hacer el lobby que necesiten para su negocio. El problema es que sus intereses -meter en la cárcel a más gente y mantenerla allí lo máximo posible- no son los de la ciudadanía. Encarcelar es caro, ineficaz y cada vez más impopular.