Más de 39 millones de estadounidenses vieron la televisación de los Oscar. Arrasó la nostalgia con premios que fueron para películas que rendían tributo a una era dorada donde la gente corría a los cines y agotaba las entradas. Las añoranzas por los buenos viejos tiempos han venido siendo más evidentes. Los estadounidenses compraron el año pasado 40 millones menos entradas que en 2010. Los espectadores en Estados Unidos están en su número más bajo desde 1996.
Los ejecutivos de la industria del cine acusan de esto a todo lo que pueden desde la debilidad de la economía a los video-juegos. Siguen aferrado a la esperanza de que la próxima cosecha de secuelas, ofertas de franquicias y adaptaciones literarias le traerá una audiencia más grande que la anterior. Se están engañando a sí mismos. La realidad es que un cambio fundamental en los hábitos de los consumidores está destrozando su industria. Como pasa en todos los rubros, la tecnología le está permitiendo a la gente ser más selectiva que antes acerca de cómo, cuándo y dónde puede consumir lo que produzca la industria del cine. Y, cada vez más, están evitando la sala de cine.
Por ejemplo, considérese la métrica conocida como el "múltiplo" que los estudios utilizan para medir el éxito de una película. Eso resulta de la recaudación bruta dividida las ventas de entradas durante el primer fin de semana de estreno. Una década atrás, la industria tenía un múltiplo promedio por encima de cuatro. Hoy el promedio está por debajo de tres. Algunos de los potenciales super-éxitos de la temporada terminaron con múltiplos menores a dos.
Hay buenas razones para que más y más películas se estrenen con una venta fuerte de entradas, sólo para terminar viendo cómo sus cifras de audiencia se desinflan. Desde hace años, las ventas promedio de entrada durante el fin de semana de estreno de una película (ajustadas por inflación) apenas han cambiado. Los fanáticos más fieles -alimentados por las sinopsis, las revistas, el boca a boca, y el músculo de marketing de la industria- van a ver las películas ni bien se estrenan. Siempre lo han hecho y siempre lo harán. Pero son una minoría.
La diferencia ahora es que el grupo dominante de los espectadores -aquellos que esperan a oír qué opinan sus amigos y los críticos- tienen más opciones. Y si lo que se dice de una película no es totalmente persuasivo, más que encarar para los cines, muchos están prefiriendo esperar a que salga en DVD o en Blu-ray, o aún más probable que lo quieren ver en un sitio de videos online, como Netflix, Amazon o VUDU. Esto es así para veinteañeros y treintañeros.
Aquí están los problemas de Hollywood. Los aparatos de televisión pasaron de ser unas voluminosas cajas con pobre resolución a grandes paneles chatos ofreciendo imágenes de alta definición, además de conexiones con internet, software y buscadores para bajar películas, series de televisión, juegos o lo que le interese ver. En la comodidad de su living, una pantalla plana de 50 pulgadas que esté conectada a un grabador digital de video (DVR) y un Blu-Ray puede aportar una experiencia multisensorial igual a la del cine. Dos de cada tres hogares estadounidenses cuentan con al menos un aparato grande televisión de alta definición. Casi la mitad tiene además un DVR y tres de cuatro tienen conexiones rápidas de banda ancha a internet.
Con esos números trabajando en su contra, los grandes complejos de salas en Estados Unidos están perdiendo su papel de intermediación contra los televisores conectados a internet. En tanto, esos televisores conectados están haciendo más o menos lo mismo a los proveedores de televisión por cable o satelital. Más precisamente ambos están siendo "desagregados", más que "desintermediados", por los televisores conectados a la red. En otras palabras, los aparatos de televisión que están conectadas a internet le proveen a los consumidores, y de una manera sencilla, la posibilidad de comprar sólo los programas que quieren ver, en lugar de cientos de canales, por los que tienen que pagar pero mayormente no quieren ver.
Esa tendencia fue especialmente evidente en el reciente Consumer Electronics Show, la feria de novedades tecnológicas en Las Vegas. Aunque no es exactamente un nuevo desarrollo (las televisiones conectadas están ahora en su cuarta generación), esta oleada de inversión y moda sugiere que las firmas de electrónica finalmente se dieron cuenta que tienen que hacer bastante más que agregar conectividad a internet a sus productos. Su futuro depende de transformar la "caja boba" en plataformas inteligentes interactivas -junto con computadoras, tabletas, consolas de juego y smartphones- completadas con su propio ecosistema de aplicaciones y servicios.
El aporte distintivo de la televisión inteligente será su habilidad de personalizar el contenido, así la gente solo recibe lo que quiere, cuando quiere y donde quiere. Utilizando detalles tomados de las gráficas sociales de Facebook, Twitter y otros similares, la televisión inteligente sabrá cómo es individualmente esa gente y cómo le gusta pasar el tiempo. Así podrá hacer recomendaciones útiles acerca del tipo de contenido con el que disfruta cada persona. Además de personalizar el contenido, las compañías serán capaces de confeccionar publicidades para gustos y necesidades individuales.
Transformar la actual televisión en una plataforma social también significa darle a los espectadores las herramientas para interactuar con otros espectadores. Aplicaciones como yap.TV, IntoNow de Yahoo y Miso de Bazaar Labs, permiten a los usuarios anotarse con un show o una película y relacionarse con otros que la están mirando.
Los espectadores dicen que compartir los comentarios en tiempo real sobre lo que están viendo, votar por las mejores actuaciones o simplemente divertirse con otros que tienen intereses similares, mejora la experiencia audiovisual infinitamente. O sea, la TV social será como un dispensador de agua de esos que hay en las oficinas alrededor del cual reunirse y tener una breve conversación que alegre un poco el día. No desestimemos su importancia. Es el ingrediente secreto que ha hecho que redes sociales como Facebook, Twitter y Pinterest sean un éxito tan demoledor.
Inevitablemente, convertir la televisión en una plataforma para las redes sociales afectará la manera en que es consumido el medio. En vez de recorrer canales buscando algo interesante, los espectadores usarán una aplicación para descubrir el URL de una película, un programa o un episodio específicos que quieran ver (o que la aplicación les recomienda), ya sea en YouTube, Hulu, VUDU o cualquier otro sitio de productos audiovisuales online.
En ese proceso, el tradicional mundo de las cadenas de televisión con sus canales en competencia -cada uno con su propia marcada de programas, noticias, deportes y películas viejas- estarán compitiendo cabeza a cabeza contra el más grande suplemento de contenido desagregado. Time Warner puede alardear de ofrecer 900 canales de televisión pero YouTube tiene literalmente decenas de millones de "canales" individuales abarcando todo gusto concebible.
Y a diferencia del modo de transmisión de la televisión, un canal pequeño de corto alcance en YouTube puede hacerse rentable con poca programación. Uno de los más lucrativos (un programa de comedia conducido y producido por Ray William Johnson) sólo agrega 12 minutos de contenido nuevo cada semana, pero consigue cuatro millones de espectadores por cada uno de sus producciones. Las cadenas de televisión matarían por cifras así.
Así, si un canal online puede tener casi un costo cero de producción y puede ser armado alrededor de un programa de seis minutos, ¿cómo podrá sobrevivir la televisión tradicional, con sus costos de producción gigantescos? Quizás las compañías van a tener que crear "canales" alrededor de un solo programa, aumentando su oferta con escenas descartadas, trivias, encuestas y comentarios interactivos.
De vuelta en Hollywood, los jefes de los estudios ven esta agitación en el mundo del video con una mezcla de aprensión y disgusto. Su peor miedo es que, con la televisión social floreciendo en el horizonte, su pesadilla de los últimos 60 años finalmente se está volviendo realidad. Con menos que perder, unos pocos estudios y productores independientes han llegado a internet, yendo aún más lejos como ofrecer para ver online películas que aún están en cartel y en pantalla grande. Tarde o temprano los grandes estudios van a tener que hacer lo mismo.
No es que el cine esté por desaparecer. Los cines podrán eventualmente desaparecer, pero siempre habrá una audiencia para películas que estén bien contadas y tenga buenas actuaciones (además de persecuciones espectaculares y unas explosiones bien vistosas). La tarea de la industria del cine es descubrir cómo ganarse la vida cuando prácticamente todas las formas de entretenimiento en video -las películas y la televisión- se están viendo, exclusivamente, online.
2
de cada tres televisores en EE.UU. son de alta definición. El 75% tiene conexión rápida a internet.
APUNTE
El futuro llegó
Fernán R. Cisnero
Pongamos que, por razones que no vienen al caso, usted necesita ver L`Atalante, el clásico de 1934 de Jean Vigo. La opción más clara es ir al video-club, traerla a casa, verla y al otro día devolverla. No es necesario: está completa en YouTube. Lo único que se necesita es una tele más o menos moderna y una conexión a internet, un cable HDMI y uno tiene L`Atalante en su casa en todo su esplendor y comprobar que es una obra maestra. Y esa es la solución legal del problema porque sabiendo buscar hay decenas de sitios que la ofrecen para bajar, digamos, clandestinamente. Eso está permitiendo ver series al mismo tiempo que en Estados Unidos, apreciar todas las nominadas al Oscar antes que se estrenen en los cines locales. Y está provocando además un combate oficial contra la piratería que tiene sus detractores pero también sus defensores. Se calculaba que el 80% de los hogares uruguayos debería tener una televisión LCD y a eso se suma la creciente venta de laptops y la llegada de la fibra óptica. Todo acelerará aún más los trámites. En tanto, acá no se deciden qué norma de televisión digital se va a utilizar, sin percatarse, una vez más, que el futuro llegó hace rato.