Una Europa sin profetas

| El viejo continente recorrió con éxito el camino de la integración económica, lo que disminuyó las tensiones nacionalistas. Pero a cierta altura de su evolución se concentró en un "materialismo degradante" y extravió su verdadera alma.

 20111216 800x476

Miguel Arregui

Quien visitó España cada tanto a partir de mediados de la década de 1980 pudo percibir que algo no cerraba. Muchos españoles que contrajeron una hipoteca, años después tenían dos, además de un automóvil prendado. Quien debía el 50% de su patrimonio, pasado un tiempo adeudaba el 100%. Parecía que querían beberse la vida de un trago y, en ese trance, cometían los clásicos pecados del nuevo rico.

El derrumbe del bloque socialista del este europeo y el fin de la "guerra fría" en torno a 1990 abrió una era de placer y superconsumo. La disfrutaron los españoles, los griegos, los estadounidenses y los ingleses, y hasta en el Río de la Plata. Pero al fin de cuentas el mundo sigue siendo un lugar duro y exigente. No se puede ir mucho tiempo contra las reglas básicas de la economía y sepultar la historia bajo una montaña de artilugios financieros y baratijas de consumo rápido. Ahora, tras la borrachera, viene la resaca y una factura abultada. Quienes en Europa votaron gobiernos de izquierda para disfrutar de la expansión ahora votan gobiernos de derecha para que hagan el ajuste, que no será breve.

Fracaso del éxito. Desde cierta perspectiva, los actuales problemas de Europa son el resultado de su propio éxito. Después de siglos de fervor nacionalista y proteccionismo económico, y tras dos conflictos mundiales que costaron 60 millones de muertos, los líderes de los principales estados europeos occidentales -en particular Alemania, Francia e Italia- probaron la receta inversa: integración y dependencia mutua. En 1951 estos tres países y otros tantos más pequeños liberaron el comercio entre sí de carbón y acero, los dos productos más competitivos. Después de un paso tan radical, lo demás fue un tránsito relativamente sencillo.

Pero el énfasis se puso más en lo económico que en lo político y cultural. Durante las últimas dos décadas la Unión navegó la ilusión del dinero fácil y el hedonismo consumista. Olvidó la esencia de lo que le devolvió la prosperidad tras el fin de la Segunda Guerra Mundial: la cultura del esfuerzo, del ahorro y de la productividad. Pasado el mal recuerdo y acabada la fase de reconstrucción y del temor a la Unión Soviética, la comunidad se transformó más en un negocio (y en una manera de neutralizar el poderío de Alemania) que en un proyecto completo. No supo gestar un mito nuevo y superior, como ocurrió durante la creación de los Estados Unidos de América en la década de 1770.

Así, por ejemplo, tomemos el euro, la moneda llamada a competir con el dólar estadounidense por el predominio mundial. Su lanzamiento provocó enorme alborozo entre los burócratas, e incluso entre aquellos que deseaban sepultar para siempre las aristas más cortantes de los nacionalismos, que también se expresan en los billetes. Pero también hubo voces escépticas. Una de ellas fue, inopinadamente, la del filósofo y escritor francés Régis Debray, el antiguo teórico del "foco" guerrillero en América Latina y compañero de las desdichadas andanzas de Ernesto "Che" Guevara en Bolivia en 1967. El 20 de noviembre de 1998 escribió en El País de España: "El euro es una simbología sin carne. Monumentos virtuales para una Europa virtual. Pictogramas comodín. Señales fuera de contexto que delimitan una zona económica sin ambición histórica ni valores morales reivindicados. Mercadotecnia y diseño han parido un sistema de identidad visual con el que nadie puede identificarse afectivamente, tan frígido como un logotipo de Warhol. Es Euroland como no man`s land, no sight`s land, a land of nowhere. Una ópera sin voz. Una maquinaria abstracta, aburrida como un día de elecciones europeas. ¿Es esta tierra flotante, sin pilares en el corazón y en la memoria de los hombres, la `metanación`, el gran pueblo en formación que nos habían anunciado? ¿Euro, Europa año cero?".

Unión y nación. Otra cuestión subyacente ha sido cuántas prerrogativas deben ceder los Estados miembros en aras de la unidad. Desde siempre los gobiernos británicos han sido cautelosos y conciben la Unión Europea como una unidad más económica que política y social. Esas tensiones se pusieron otra vez de manifiesto la semana pasada, cuando el primer ministro británico David Cameron fue el único en rechazar un nuevo tratado con normas fiscales y financieras más estrictas (ver recuadro).

En la vereda de enfrente suelen ubicarse los alemanes y los franceses, viejos enemigos que libraron tres grandes guerras entre 1870 y 1945 pero que, desde entonces, temiéndose a sí mismos, han sido la locomotora de la Unión Europea y de la complementariedad. Berlín y París se muestran proclives a una unidad política y social cada vez más profunda, lo que limita las potestades de los gobiernos nacionales.

La marcha hacia la unidad ha sido extremadamente rápida bajo cualquier criterio de comparación histórica. En poco más de medio siglo el continente se tornó irreconocible -y, en muchos aspectos, para mejor-. Pero no ha sido un viaje sin contratiempos. Así, por ejemplo, en mayo de 2005 la mayoría de los franceses rechazó en un referéndum el proyecto de Constitución europea, una carta increíblemente extensa y detallada, una obra maestra de minuciosidad burocrática. El "No" francés indicó a los tecnócratas de Bruselas, la ciudad belga que reúne la mayor parte de los organismos administrativos de la Unión, que no deben avanzar demasiado rápido y meterse en cualquier cosa.

"materialismo de Bruselas". El historiador conservador británico Paul Johnson recordó en 2007 un comentario de Charles De Gaulle -un nacionalista francés que fue decisivo en la construcción de la unión- que, visto ahora, fue profético. A fines de la década de 1950 el caudillo francés afirmó que la comunidad económica, como fundamento de la futura Unión Europea, no le inspiraba nada. "Para mi gusto, el materialismo de Bruselas es poco interesante. Para mí, Europa es la Europa de Dante, de Goethe y de Chateaubriand" (luego, forzado por la pregunta de un periodista, agregó a Shakespeare a su lista, sin duda una concesión si se tiene en cuenta su legendario desprecio por los ingleses). Paul Johnson estimó que con ello De Gaulle puso "el dedo en la llaga de la verdadera debilidad de la Unión Europea durante el medio siglo transcurrido desde entonces: su materialismo degradante y su completo fracaso a la hora de cimentarse sobre la civilización que constituye la esencia de este continente".

De Gaulle fue un hombre marcado por el nacionalismo y dos guerras mundiales. Y sin embargo tuvo una idea clara y poderosa de cómo debería recrearse el mundo. Fue el artífice de la Francia moderna: le dio instituciones duraderas, terminó con la fase colonial y la empujó hacia la industrialización. Al fin de sus años comentó al novelista André Malraux sobre la comunidad europea: "¡Buena suerte a esta federación sin federador! Sabes tan bien como yo que Europa será un pacto entre los estados o no será nada (…). La Europa cuyas naciones se odiaban entre sí era más real que la de hoy en día". Era un hombre chapado a la antigua, y probablemente no tenía toda la razón, pero sí tal vez en parte.

El futuro de la Unión Europea no está en duda, pese a la crisis del euro y a los contratiempos por venir. La creación de este superestado es una de las aventuras colectivas más grandes de la historia, y registra más éxitos que fracasos. Pero es probable que les haga falta reforzar la idea de una Europa unida y perdurable, compuesta por utopías, nuevos profetas y una refundación espiritual.

Antiguos ricos

El caudillo francés Charles De Gaulle vetó dos veces en la década de 1960 el ingreso del Reino Unido a la Comunidad Económica Europea. Contó con la silenciosa aprobación del canciller alemán Konrad Adenauer, su gran socio en la política continental, quien creía que los británicos eran como esos antiguos ricos que, perdido todo su patrimonio, se niegan a admitirlo. Ambos suponían que, en última instancia, si las papas quemaban, Londres optaría por Estados Unidos en lugar de Europa.

Mejor solos

La semana pasada los líderes europeos acordaron un nuevo tratado que impone al bloque una disciplina fiscal y financiera más estricta. Gran Bretaña optó por quedar fuera.

Alguna prensa tituló que Gran Bretaña quedó aislada y que el primer ministro David Cameron sufrió un grave revés. Parece una interpretación errónea.

Es cierto que el Reino Unido pasa por el período de mayor insignificancia internacional de los últimos siglos. Su economía es más pequeña que la de Alemania, e incluso que la de Francia, y apenas supera a la de Italia. Pero los británicos siempre han mantenido distancia con Europa. Es recelo y orgullo. Y es conveniencia: el gobierno pretende mantener la City londinense, un engranaje clave en el surgimiento del capitalismo y la revolución industrial, lo más libre posible de interferencias e impuestos. Incluso muchos líderes del Partido Conservador acarician la idea de abandonar la UE.

En 1973 el Reino Unido se sumó al fin a la Comunidad; pero solo puso un pie dentro y mantuvo el otro fuera. Procesó una fuerte integración comercial con el continente, pero no mucho más. El aislacionismo cuenta con amplio respaldo en las islas. El gobierno nunca adoptó el euro, que se impuso en la mayor parte de Europa entre 1999 y 2002, y ni siquiera sometió el asunto a referéndum, como hicieron otros estados.

Su alianza estratégica vital desde hace un siglo es con Estados Unidos, más que con Europa. Nunca se aparten de Estados Unidos, recomendaba Winston Churchill a quien quisiera oírlo. La desconfianza de los ingleses en el continente es tan antigua como la conquista romana de Britannia en el siglo I. Prefiere a héroes como Nelson o Wellington, quienes lucharon contra Napoleón, o a Churchill, que optó por la soledad frente a la Europa bajo control nazi, más que a los conciliadores como Neville Chamberlain, quien entregó Checoslovaquia a Hitler en 1938 con la esperanza de mantener la paz.

A los líderes británicos contemporáneos, en particular a los conservadores, les interesa el mercado único que ofrece Europa pero no los dictados de la burocracia supranacional atrincherada en Bruselas.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar