Lo mismo que le pasó a las notas musicales con la llegada de MIDI, le está ocurriendo a las personas.
Me parte el corazón hablar con jóvenes llenos de energía que idolatran a los nuevos iconos de la nueva ideología digital como Facebook, Twitter, Wikipedia y los contenidos agregados de tipo libre/abierto/Creative Commons. Siempre me sorprende la permanente tensión a la que están sometidos. Están constantemente obligados a gestionar su reputación en la red, evitando el mal de ojo incesante de la mente colmena que, en cualquier momento, puede volverse contra un individuo. Un joven de la "Generación Facebook" que de repente es humillado en el mundo on-line no tiene salida, pues solo hay una colmena.
Preferiría no juzgar las experiencias o motivaciones de otras personas, pero sin duda esta nueva tendencia de fetichismo tecnológico está más impulsada por el miedo que el por el amor. En el mejor de los casos, los nuevos entusiastas de Facebook y Twitter me recuerdan a los anarquistas y otros idealistas un poco locos que poblaban la cultura juvenil de mi adolescencia. Las ideas pueden ser tontas, pero al menos los creyentes se divierten rebelándose contra el elemento de autoridad paterna en entidades como las compañías discográficas que tratan de combatir la piratería musical.
Sin embargo, los usuarios jóvenes de Facebook más eficientes -los que seguramente serán los ganadores si Facebook resulta ser el modelo del futuro en el que habitarán de adultos- son los que crean ficciones on-line satisfactorias sobre sí mismos con gran éxito.
Cuidan sus dobles meticulosamente. Deben administrar comentarios ligeros y vigilar la aparición de fotos inocentes tomadas en fiestas con el mismo esmero que pone un político en el cuidado de su imagen. Se premia la insinceridad, mientras que la sinceridad deja una mancha que dura toda la vida. Sin duda alguna, antes de la aparición de la red ya existía una versión de este principio en las vidas de los adolescentes, pero no con una precisión tan inflexible y clínica.
La energía frenética de los inicios florecientes de la red ha vuelto a aparecer en una nueva generación, pero los contactos que la gente establece en la red poseen una nueva fragilidad. Se trata de un efecto secundario que conlleva la falacia según la cual las representaciones digitales pueden reflejar una gran parte de las relaciones humanas reales (...)
Parece ridículo tener que decirlo, pero por si alguien me ha malinterpretado, quiero aclarar que no estoy en contra de internet. Me encanta internet.
Para que sirva de ejemplo, he pasado bastante tiempo en un foro poblado de intérpretes de oud (El oud es un instrumento de cuerda de Medio Oriente). Me da reparo comentarlo, pues temo que cualquier sitio pequeño y especial de internet termine arruinándose si recibe demasiada atención.
El foro del oud recupera la magia de los primeros años de internet. Se respira una ligera sensación paradisíaca. Se nota la pasión de cada participante por el instrumento, y nos ayudamos unos a otros a comprometernos más. Es maravilloso ver cómo intérpretes de oud de todo el mundo alienta a un fabricante de oudes cuando sube fotos de un instrumento en construcción. Resulta emocionante oír fragmentos de una joven intérprete registrados a medida que progresa.
Los elaborados diseños de la web 2.0 de comienzos del siglo XXI empiezan clasificando a las personas en burbujas, de forma que uno se encuentre con los de su tipo. Facebook nutre las agendas de posibles citas, LinkedIn reúne a los profesionales enfocados en sus carreras, etc.
El foro del oud hace lo contrario. Allí uno encuentra a turcos y armenios, viejos y niños, israelíes y palestinos, profesionales ricos y artistas que luchan por abrirse paso, académicos formales y músicos callejeros bohemios, todos hablando entre ellos de su obsesión común. Tenemos ocasión de conocernos; no nos consideramos fragmentos. (...) El foro del oud no resuelve los problemas del mundo, pero sí que nos permite desarrollar parte de nuestra vida al margen de los problemas.
JARON LANIER
Experto informático, escritor, músico
Con un pie en el mundo digital como empresario y generador de ideas -se le atribuye haber acuñado el término "realidad virtual"- y otro en las artes y la filosofía, Lanier es uno de los gurúes de la cultura web. Con un enfoque crítico y lúcido, Lanier desmenuza en el No somos computadoras (Debate) las implicancias del avance tecnológico.