Referéndum para todos los gustos

La democracia directa, de la que se escribía aquí la semana pasada, sigue siendo un caballito de batalla, sí, pero también un trámite prescindible. La insistencia del gobierno de promover un proyecto de ley que habilite el voto consular es un ejemplo de ese mal de la política uruguaya: no saber perder. ¿Para qué se hizo un referéndum movilizando a una Corte Electoral sin dinero, por ejemplo, si cuando la decisión es contraria a la que uno propone siempre se otorga una nueva oportunidad? Lo mismo con la Ley de Caducidad. La pregunta es, más allá de la justicia o no de las demandas derrotadas, ¿cuándo se da por cerrado un tema? Se supone que la ciudadanía apela las decisiones de los políticos, no al revés. Pero acá es a la inversa. Se utiliza la excusa de la exigencia de ciertos sectores que, quedó claro, no están en mayoría, por lo menos en las urnas. Se pierde tiempo y energía y, como aquella vieja metodología sindical, se logra que la ciudadanía pierda el interés. Ganan los más perseverantes, no la mayoría. Es un sistema, está bien, pero ahora hay que ver si nos sirve a todos.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar