Luciana Malamud, LA NACION, GDA
D elia le creyó a su tía cuando le prometió un buen sueldo y la posibilidad de estudiar en Buenos Aires. Los problemas económicos de su familia la habían obligado a dejar la carrera de Ciencias de la Comunicación en cuarto año por un trabajo de muchas horas y muy mala paga en La Paz, Bolivia. Suponía que en el país vecino tendría la posibilidad de recibirse y ahorrar para mandar dinero a sus padres. Pero la desilusión llegó rápido. Su tía y el marido la metieron en el taller de costura, le pagaron un tercio de lo que le habían dicho, y no tuvo más vida hasta mucho tiempo después.
Delia tuvo suerte, sin embargo. Dejó el taller y regresó a Bolivia. La realidad la obligó a emigrar nuevamente y decidió volver a Buenos Aires, pero esta vez sabiendo que no sería de la misma manera. Ya lleva 7 años en la Argentina. Vive con Juan, también boliviano, y con la hija de ambos, argentina. Trabaja en una fábrica textil y participa activamente en la difusión de derechos junto con otros jóvenes en la organización que fundaron hace tres años, Simbiosis Cultural. De los 50 integrantes originales, 40 trabajaban en talleres. Hoy sólo queda uno, que después de 5 años pudo comprarse una casa en Bolivia.
"Yo pensé lo que piensa la mayoría: me voy un tiempo para ahorrar. Pero no podés ahorrar casi nada", dice Delia, en un cuarto de la casa que alquilan con otras compañeras como sede de su editorial Retazos, en Villa Crespo. "Lo peor es que no sabés nada del país a donde llegás. Y encima te dicen que si no tenés documento, te van a deportar. Entonces te hacen trabajar muchas horas, te pagan mal. Pasan los años, terminás armando tu familia y haciendo tu vida acá."
En las últimas décadas, Argentina se convirtió en el país de mayor recepción de inmigrantes en América latina. Es un país de puertas abiertas, sobre todo a partir de la sanción de la nueva Ley de Migraciones, en 2004 que habilitó la regularización de buena parte de los extranjeros provenientes de países del Mercosur y asociados, con un énfasis puesto en la igualación de derechos entre nacionales y extranjeros.
Los investigadores aseguran que la nueva ley representa un gran avance, y coinciden en que ninguna política restrictiva desalienta la inmigración sino sólo la ilegalidad y la precariedad de quienes se van quedando. También los representantes de las comunidades de inmigrantes admiten que la ley 25.871 implicó una mejora, pero con eso no alcanza: las malas condiciones de vivienda y de trabajo siguen siendo la regla para la mayoría de los que llegan, casi siempre por invitación de un familiar, porque aun así están mejor que en sus lugares de origen.
"El aumento de inmigrantes en las ciudades requiere respuestas en materia de vivienda, salud, educación y ordenamiento de la población en el territorio", afirma Lelio Mármora, director de la Maestría de Políticas de Migraciones Internacionales de la Universidad de Buenos Aires.
Los expertos en inmigración coinciden en que ningún extranjero viene porque quiere, sino que siempre hay una necesidad. No es fácil llegar, ni quedarse, ni conseguir trabajo o vivienda. Como tampoco lo fue para los inmigrantes de principios de siglo pasado ni lo es para jujeños, salteños, chaqueños o formoseños que migran en su propio país.
Cien años atrás, un tercio de la población era extranjera. Según el censo de 1960, lo era un 13%. En 2001 bajó a 4,2%, y hoy, todavía sin cifras oficiales, se estima un porcentaje similar. La diferencia es que en 1900 venían, en su mayoría, obreros de países europeos, mientras que a partir de la década de 1960 comenzó a darse más fuertemente la inmigración regional. El objetivo fue siempre el mismo: buscar una vida mejor para ellos y sus hijos.
Pero la Argentina los recibe como puede. Hay una marcada distancia entre las "puertas abiertas" a la inmigración que se enuncia como política solidaria hacia los países vecinos y la realidad con que esos inmigrantes se encuentran una vez dentro. Quienes llegan de Bolivia, Perú o Paraguay no siempre lo hacen con oficio previo y aceptan casi cualquier actividad. En la fábrica donde trabaja Delia, de 8 a 16, hacen ropa para conocidas marcas de indumentaria deportiva que se vende en los centros comerciales a muy alto valor. "Somos unos 500, entre extranjeros y argentinos. A todos nos pagan una miseria, no les interesa si sos inmigrante o no. Y aunque hay representantes sindicales, a cualquiera que quiera reclamar lo despiden", cuenta.
Buenos Aires tiene mayor porcentaje de inmigrantes que el resto del país porque es donde hay más posibilidades de trabajo, y en general se están integrando los sectores más pobres", explica una fuente. Señala también lo que muchos: hay más déficit habitacional que inmigrantes. "Si no tenés dónde instalarte, terminás haciéndolo irregularmente. No hay planificación urbana", afirma esta misma fuente. "En todo el país hay asentamientos, y esto tiene mucho que ver con las migraciones temporales. O se discuten posibilidades de política de tierras, vivienda y urbanización, o la Argentina está en serios problemas más allá de los inmigrantes. Los últimos conflictos en la ciudad pusieron en debate políticas públicas en general", dice en alusión a la ocupación, en diciembre, del parque Indoamericano.
"Una mayoría de compatriotas arranca en la villa, y en muy poco tiempo se hace su casita", dice Salomón Ramírez Santa Cruz, vicepresidente de la Federación de Paraguayos en la Argentina. Sabe de qué está hablando. Vive en Buenos Aires desde 1975 e hizo ese mismo recorrido con su familia.
Muchos paraguayos vienen del campo, cuenta, donde cada nueva hectárea de soja expulsa un pobre. "En mi pueblo era todo selva y ahora son sojales. Eso es una causa muy fuerte de migración: es gente que está acostumbrada a tener su tierra con cultivo, aunque sea de subsistencia." Pasan primero por Asunción y terminan desembarcando en Buenos Aires. Salomón pudo terminar acá la secundaria y sus hermanos estudiar en la universidad. Hoy se ocupa del negocio del calzado que les dejó el padre, un soñador socialista que logró lo que buscaba para sus hijos. u