César Bianchi
Uno está con una camiseta falsa de Brasil, bermudas y chinelas; otro de short y musculosa de azúcar Bella Unión, otro con camisa abotonada hasta el cuello y los puños de la camisa, por más que el calor es intenso. Todos escuchan a quien tiene la palabra. Y el orador trasmite "la" palabra.
Los cinco hombres siguen con atención la fotocopia como si estuvieran en clase. Dos tienen el pelo largo, todos tatuajes. Están sentados alrededor de una mesa con patas de bloques escuchando a un laico al que algunos llaman "padre" o "hermano" que les habla de Cristo. Pero el lugar no es una iglesia, es un cárcel.
Algunos de los presentes estaban jugando un rudo partido de fútbol en el patio del módulo 7 del Comcar minutos antes de comenzar la clase de catequesis, pero abandonaron la cancha para mojarse el pelo y ponerse a las órdenes de la religión. Es un momento sagrado.
HOY, LAS VIRTUDES. La ceremonia se repite todos los lunes en el Comcar. Un grupo de católicos de la Vicaría de la Solidaridad, dependiente de las autoridades de la Iglesia Católica, cumple el rol de visitador carcelario. Son laicos; llevan la palabra de Dios y algunos víveres no perecederos. La reunión es voluntaria, sólo van los presos que definitivamente creen en la redención divina.
Para estas reuniones y otras similares con fieles de otras religiones fue construido el Centro Interreligioso de Espiritualidad del Comcar. La idea es que católicos, evangelistas y protestantes, entre otros, se reúnan allí con los religiosos. El local fue inaugurado en febrero con la presencia del arzobispo Nicolás Cotugno, pero todavía no se ha utilizado. "No hay guardias suficientes para que lleven a los reclusos hasta ahí y se queden para la vigilancia, entonces las seguimos teniendo en los propios módulos", explicó Carlos Álvarez, de 73 años, visitador carcelario desde 2002, que ostenta un cargo algo pomposo: asociado laico del Buen Pastor de la Iglesia Católica.
El lunes 8 Álvarez llegó al comedor del módulo 7, puso su Biblia Dios habla hoy y se quedó esperando. El primero en llegar fue Miguel Cáceres, de 40 años, un tipo triste con rostro haciendo juego. No es para menos: hace tres años que está preso y no tiene quien lo visite. Fue al colegio religioso Notre Dame de Maroñas y después pasó a la escuela pública. "Yo creo en Dios. Me ayuda mucho acá adentro. Psicológicamente… pienso… en un futuro… en lo que pueda venir… para cuando salga y esté en la calle. La recuperación digo", dice.
Reza todos los días al levantarse. Ese lunes, por ejemplo, lo hizo por todas las mujeres del mundo, especialmente las africanas, ya que era el Día Internacional de la Mujer. Cuando hace unos años viajó a Tenerife a trabajar en un restaurante tuvo contacto con marroquíes e hindúes que estaban como inmigrantes ilegales en España. "Allá en Europa tengo antecedentes también", cuenta y parece que estuviera orgulloso. "Por lesiones graves. Todo el mundo comete errores en la vida. Yo consumí drogas, pero ya no. Siempre creí en Dios, aún cuando robaba. Cuando salga voy a encauzar mi vida. Bah, ya lo hice. Acá estoy trabajando y estudiando, lo que me reduce la pena, y me quedan dos años más. El tema es que cuando salga voy a estar solo", se lamenta Cáceres. Por suerte para él, Álvarez llamó a empezar la cita con la Biblia.
Ya habían llegado Jorge Gómez (40) y Juan Suárez (44) para sumarse. "Hoy vamos a hablar de `las virtudes humanas`", anunció Álvarez, como si fuera un docente. Y en efecto se puso a leer en voz alta una fotocopia que repartió.
Leyó: "Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien", dijo. Los presentes confirmaban que entendían asintiendo con la cabeza.
Luego habló de "cuarto virtudes cardinales": la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Al detenerse en la prudencia dijo: "El hombre cauto medita sus pasos". Y lo repitió. "Lo pueden repasar en la Biblia, cada palabra está amparada en el Nuevo Testamento. Cuando uno reza tiene que rezar con el alma", aconsejó Álvarez. "Con el alma", repitió Gómez.
Jorge Gómez es fervientemente católica ("tomé la comunión y todo"). Está en el módulo 7 por lesiones gravísimas. "Los hermanos vienen y nos dan tremenda ayuda en la parte emocional, y aparte para no perder la religiosidad. Viene una hermana también y se la trata con respeto, obvio", explica. Gómez valora que los visitadores carcelarios llegan de forma honoraria a contenerlos y darles aliento.
"Muchos presos lo usamos como una salida, como una fe, es pensar que Dios me va a ayudar para salir de un problema. Porque nosotros antes nos apartamos de Dios", aclara, como si hiciera falta.
Álvarez sigue leyendo, pero Juan Suárez -su ahijado- prefiere tomar distancia un instante y charlar con el cronista aparte. Se presenta con un apretón de manos y comienza a contar su historia sin que se le pregunte.
Dice que "allá abajo es un infierno". Más allá del lugar común, se refiere a los módulos 2, 3 y 5, donde están los "tumberos", los presos más peligrosos y los que menos toleran a los creyentes. "Allá se pelean a cuchillo, se roban la ropa unos a otros, hay mucha droga allá", cuenta. Él estuvo en el 3, pero por su buena conducta hoy está en el 7.
Está preso por homicidio, le dieron 30, dice, pero quedó en 20 (años de reclusión) y ya va 19. Si todo sale bien, en octubre quedará libre. Cuando salga y se case con su novia "casi" psicóloga, pretende volver a la cárcel como visitador, como encargado de llevar la palabra.
"Lo conocí acá adentro a él", dice en alusión a Dios. "Tuve un sobrino muy grave que se curó después que empecé a orar, entonces empecé tomar la palabra más en serio. Me sirve para el día a día, es una compañía de día y de noche. Yo antes de cenar agradezco por los alimentos. Mirá que acá adentro hay muchos creyentes a su forma, sin Biblia", afirma.
Al igual que Miguel Cáceres, Suárez también cree que aferrarse a una figura todopoderosa es una ayuda "psicológica". "Hay cada bajones acá...", suspira. En casi dos décadas de reclusión, él perdió muchos seres queridos: un hijo por neumonía, su papá, su mamá y un hermano.
Suárez tiene la piel curtida y tres tatuajes a la vista: una espada entrelazada con una cruz y una serpiente significan "muerte al botón". En el mismo brazo izquierdo tiene un tribal. En el derecho tiene un enorme signo de Capricornio y en el pecho la palabra "mamá". Del pecho le cuelgan un rosario y la cruz que identifica a la comunidad a la que pertenece Álvarez, su padrino desde el bautismo en la propia cárcel. Para la importante ocasión, el preso Juan Peirano le regaló un jogging blanco impecable.
TEMPLANZA ES DOMINARSE. En la mesa de al lado, Carlos Álvarez sigue con su catequesis. Está hablando de saber distinguir el bien del mal. Matiza la lectura de la Biblia con moralejas de un fin aleccionador. "Después que te acostumbrás a hacer el bien, te sale el bien. Ya no te llega tanto lo malo", explica. "Lo vas dejando de lado", dice Miguel, demostrando que estuvo atento.
"Oramos más seguido cuando tenemos una caída", aporta "Tito", otro preso. Un tercero pregunta: "¿Qué es templanza? Pregunto porque capaz que alguno no sabe". Y Álvarez, leyendo, reitera: "Es la virtud moral que modera la atracción de los placeres... como los apetitos carnales con estas mujeres que están re buenas y andan ligeras de ropa", ejemplifica y todos festejan la comparación. "Uno tiene que dominar el asunto y pensar en la mujer que sirva para formar un hogar, para criar a los hijos y ayudar al hombre. No una mujerzuela que se desvista fácilmente".
Todos entendieron, pero por las dudas, un ejemplo más correspondiente a una eventual conducta que pueden llegar a vivir: "Muchachos, ustedes salen y viene uno y les dice que tiene un trabajito fácil para ustedes. Sólo tienen que hacer de campana mientras él roba. Ese cae de nuevo en cana... No dejarse tentar es la templanza", concluye el visitador. "Hay que pensarlo", dice "Tito". "Pero a veces uno cae", corrige Álvarez. "A veces uno cae", reitera Juan.
Álvarez sigue con su función didáctica. "Después que uno empieza a conocer a Jesucristo entiende muchas cosas" y lee el repartido: "Perseverar en la búsqueda de la virtud". Miguel lo interpreta de otra forma: "Hay que remarla todos los días", dice. "Exacto... El Espíritu Santo, para no complicarla mucho, es como la voz interior de ustedes. O sea que después que están en el buen camino, es la voz que les avisa: `no lo hagas, ten cuidado`. Los advierte. El `guardarse del mal` es la cosa... ¿subrayaste eso?", le pregunta a Néstor Godoy, que llegó desde el módulo 2 para sumarse a la charla.
Es el mismo dios. Godoy dice que está en la cárcel "engarronado" por rapiña. Lo enviaron al módulo 4 pero no se sintió cómodo con los compañeros y pidió el cambio para el 2, el más peligroso. Dice qué él no sabía y fueron los propios presos los que lo "mandaron" para allá. Cuestión de códigos, concluye abruptamente para no andar explicando.
A los 11 años se hizo evangelista y así comenzó su relación con Dios. "Vengo pidiéndole favores, trompezando (sic) y pidiéndole que me perdone y todo así. Hasta que llegó un momento a los 37 años que pensé: `quizás estoy pagando todo lo malo que he hecho`", especuló.
Ahora está orando en un grupo católico y le importa poco su adhesión a la Iglesia Evangelista. "Es el mismo Dios, es el mismo amor, no hay diferencia".
Godoy está arrepentido de las cosas malas que ha hecho. No se refiere a hechos delictivos, porque -como dijo- está "engarronado", pero sí que ha hecho cosas malas. Confiesa que tiene "un montón de males" en el lomo, "profundos", pero sólo los comparte con Dios, el único que lo puede calmar y perdonar.
Él se lleva bien con los "tumberos" del 2, lo quieren. Aunque lo maltratan y se burlan cuando lo ven con la Biblia bajo el brazo. "Andá vos, te mandaste cualquiera y ahora vas a la iglesia", les dicen a éstos. Godoy prefiere ignorarlos: cree que quizás ellos necesiten a Dios más que él, y sabe que refugiarse en Jesucristo no es un signo de debilidad, sino de fortaleza. "Uno tiene que demostrarles que el amor es más fuerte que el miedo".
A su lado, la cita teológica semanal tiene nuevos laicos de la Vicaría de la Solidaridad haciendo uso de la palabra. El visitador carcelario Agustín Trujillo (75) aconseja: "La cosa es proponerse no meter la pata, luchar contra los malos instintos". Algo así como la templanza, que siempre parece volver a la lección del día. "¿Ustedes creen que hay algunos más pecadores que otros? No, para Dios somos todos iguales, seamos pobres como una rata o ricos millonarios. Nos quiere por seres humanos. Somos débiles si caemos en el pecado, unos más, otros menos. Él está dispuesto a perdonarnos no una sino mil veces, siempre cuando uno esté realmente dispuesto a no caer. Porque si no es: `ta, yo sigo igual, total, Dios es bueno y me va a perdonar`. Pero él quiere que hagamos todos lo posible contra el pecado. Claro que no nos garantiza nada, porque la carne es débil y podemos caer. Si no, no seríamos seres humanos, seríamos dioses", razona Trujillo. "Ahí va, más firme", acota "Tito" Techera.
Lo llaman "Tito", pero se llama José Elbio Techera. Tiene 31 en la cédula, pero no en la cara. Está por cinco delitos de rapiña "supuestamente", porque él se hace cargo sólo de uno. Lo castigaron con nueve años en prisión, ya cumplió cuatro y medio, pero espera que su trabajo como jardinero le reduzca la pena.
-¿Dónde ves la presencia de Dios acá?
-No sé explicarme, pero... en lo que sentís. Yo me siento bien. Te agarrás de eso, ¿viste? Es como una fuerza para salir.
Dice que Dios lo va a ayudar cuando salga. Mejor dicho, la Iglesia lo va a ayudar, porque tiene pensado ir a pedirle trabajo a un cura para después sí, reformarse solito.
-Algunos compañeros tuyos aseguran que por creer en Dios, no van a reincidir cuando queden en libertad. ¿Vos pensás como ellos o... nunca digas nunca?
-Nunca digas nunca. Sabelo.
"Tito" tendrá que repasar mejor las fotocopias que hablan de la templanza y las virtudes humanas... Todos ellos tienen fe: Dios siempre les dará una nueva oportunidad, como dicen los laicos de la Pastoral Penitenciaria.
74
laicos integran el Plenario de Pastoral Penitenciaria de Montevideo, de la Vicaría de la Solidaridad.
70
es el máximo de reclusos creyentes en la Iglesia Católica que atienden en el Comcar.
140
cifra promedio de presos escuchados en Comcar, Tablada, Central, CNR, Cabildo y Medio Camino.