JAVIER DE HAEDO
En las últimas semanas ha habido varios temas, tanto a nivel internacional como local, que merecen la atención.
A nivel internacional se destaca la crisis en la Unión Europea como consecuencia de crisis en algunos de los países que la integran. Grecia ha estado más que cualquiera otro en el tope de las noticias, pero otros mediterráneos, no tan pequeños e intrascendentes, también han estado en la vuelta de los principales titulares.
Y si se armó el lío que se armó por Grecia, lo que será cuando les toque a España o Italia. ¿Será replicable el paquete para la solución griega en casos de mayor escala? Es decir, ¿alcanzará la plata?
Una de las soluciones que, al menos teóricamente, se ha planteado es la salida de la Unión de los países en dificultades, de modo de no contaminar al conjunto. La solución clásica a estas crisis incluye entre otras medidas la devaluación de la moneda propia, que hoy no es posible. Saliendo de la Unión, y sustituyendo al euro por un nuevo dracma, eso hubiera sido factible. El problema es que resulta complicado poner como norma que se saca de la Unión al que está en crisis. Más lógico sería que la norma fuera la exclusión ante el incumplimiento sistemático de metas por parte de los miembros. Sería bueno que tomáramos nota de ello por si algún día el Mercosur llega a ser algo en serio.
Entre lo más destacado de esta saga encontré las declaraciones del presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, quien se refirió a las firmas calificadoras de riesgo como un oligopolio que tiene un funcionamiento indeseable. Que se trata de un oligopolio no hay dudas, sobran los dedos de una mano para contarlas. Y en cuanto a su funcionamiento, basta ver la realidad para concordar con el presidente Trichet. Sin ir más lejos, en el caso de nuestro país, hoy el mercado asigna al riesgo soberano una mejor nota que las calificadoras. Estas siempre corren desde atrás a la realidad, con un rezago que a veces termina jugando procíclicamente. Y ni qué hablar de su desempeño en la gestación de la crisis de los créditos hipotecarios sub-prime en Estados Unidos.
Pero, nuevamente, el problema está en cómo se resuelve esta situación. ¿Es creando una calificadora nueva, por ejemplo en Europa? ¿Quién sería el responsable de ella? ¿Cómo se evitarían problemas de riesgo moral? ¿O se podría crear una ligada a algún organismo internacional?
Mientras tanto, en la región tenemos a Brasil resuelto a enfriar la economía para controlar la inflación, y ya se espera un crecimiento del PIB no mayor al 4% este año. Y Argentina, todo lo contrario, resuelta a recalentar más la economía sin importar la inflación porque igual el índice miente y a los que hacen índices en serio los multan. En ambos casos, de un modo u otro, hay un creciente encarecimiento en términos de dólares. En Brasil, por la combinación de una inflación moderada con una caída del tipo de cambio. En Argentina, por una inflación en verdad entre 25% y 30% frente a un dólar que sube entre 7% y 8%.
Nuestro barrio nunca antes estuvo tan caro relativo a la extra región como lo está actualmente. Considerando promedios históricos, a finales de los noventa se llegó a estar casi 40% por encima de la media y hoy estamos más de 50% arriba. Los fundamentos de largo plazo no dan sustento alguno a esta situación, que solo es sostenible en el corto plazo por la situación mundial. Es solo cuestión de tiempo para que el barrio se abarate significativamente en dólares y vuelva a la realidad a la que tarde o temprano siempre volvemos.
Eso implica que nuestro país, que en el corto plazo está lógicamente pegado a la región, tiene un considerable y creciente "atraso cambiario" con fuera de ella. Los números del propio Banco Central lo demuestran con contundencia: al mes de mayo el índice de tipo de cambio real de Uruguay con fuera de la región estaba 35% por debajo del promedio histórico, situación que se agravó en junio y julio.
Es por aquella situación mundial y por esta realidad regional y local que hoy día es unánime el reclamo al Gobierno de introducir mayor sensatez y consistencia en las políticas económicas, de modo que dejen de ser procíclicas y pasen a ser más cautelosas.
En ese contexto, los supuestos que son la base de la programación financiera conocida en la exposición de motivos del proyecto de ley de rendición de cuentas, no son los más adecuados para considerar. Como vimos en detalle en mi columna anterior, de hace dos lunes, dichos supuestos parten de la base de que el mundo seguirá tal como está por cinco años más, es decir, creciendo fuerte y muy caro en dólares. Ese escenario genera, en los papeles, recursos considerables que se habrán de gastar hasta tal extremo que seguirá habiendo déficit fiscal en cada uno de esos años. Y si mañana el escenario cambia y los recursos no aparecen, las finanzas públicas quedarán colgadas del pincel.
Esto significa que desde la política fiscal nada se está haciendo en beneficio del objetivo antiinflacionario. En el caso de la política salarial creo que hay atenuantes porque en la actual realidad del mercado de trabajo, con desempleo real casi nulo, los salarios subirían aún sin la existencia de los Consejos.
Y en el caso de la política monetaria-cambiaria, el BCU termina de complicar las cosas cuando pretende seguir aplicando un libreto inadecuado para nuestro país. Si a esta altura no se han dado cuenta de que con la suba de las tasas de interés en pesos incentivan el gasto privado en vez de incentivar el ahorro, creo que ya no hay esperanza de que algún día lo entiendan.
Mientras tanto, siguen adelante con el festival de emisiones de Letras en pesos y en unidades indexadas a troche y moche y en abierta contradicción con la política de deuda del Ministerio de Economía y Finanzas. Mientras que el BCU se muestra dispuesto a pagar cualquier tasa y acepta todas las ofertas que le permitan cubrir los muy elevados montos previstos para sus emisiones, el MEF corta por tasa de interés y deja parte de las emisiones previstas sin cubrir. El BCU, de este modo, termina pagando tasas mayores que el MEF por títulos a plazos menores, lo que no tiene lógica.
Por último, ya no hay dudas de que las exportaciones están cayendo. Ya lo venían haciendo, medidas a precios constantes, desde marzo. Pero el dato de junio ya muestra una caída en dólares corrientes (4%) a pesar de que los precios de exportación son extraordinariamente superiores a los de un año antes (34%), por lo que a precios constantes la caída es enorme (28%). El crecimiento de las exportaciones ya es historia y la evolución de las tasas trimestrales de crecimiento da fe de ello; si se comparan las exportaciones a precios constantes de cada trimestre (considerando el índice de precios respectivo de la Cámara de Industrias) con las de igual período del año anterior, la evolución es la siguiente: suben 29% en el segundo trimestre de 2010, 17% en el tercero y 5% en el cuarto, vuelven a subir, pero solo 3% en el primero de 2011 y ahora bajan 15% en el segundo trimestre.
Como consecuencia de ello, la cuenta corriente de la balanza de pagos está en caída libre. De un superávit de 0,2% del PIB en el año finalizado en agosto pasado, se ha pasado a un déficit de 2,2% del PIB en el período de 12 meses finalizado en junio (supongo que el resto de la cuenta corriente se mantiene estable en el nivel de marzo).
En fin, lamentablemente todo "cierra" en el sentido que venimos escribiendo desde hace tiempo: un mundo complicado, una región transitoriamente muy cara, nosotros pegados al más caro del barrio (y más caros que nunca antes en relación al resto del mundo), inconsistencias entre las políticas económicas y entre los principales órganos del área económica del Gobierno, creciente atraso cambiario y ahora, claro deterioro del sector externo.