CARLOS STENERI
Hace un año atrás nadie hubiera pronosticado que la nación más poderosa del mundo se iba encontrar al borde de la cesación de pagos de su deuda, en tanto que la Unión Europea iba a continuar sumida en una crisis que arrancó en algunos de sus miembros periféricos y que ya contaminó a Italia, su tercer socio en orden de importancia.
Por otro lado, volcando la vista hacia el mundo en desarrollo latinoamericano, tampoco nadie hubiera pronosticado que continuaría una marcha con tasas de crecimiento inusuales, apalancadas por una demanda vibrante de sus exportaciones con precios al alza. Otra de sus características es el aumento del gasto doméstico, donde el consumo corriente predomina sobre la inversión.
Si bien su especie es diferente, ambas realidades plantean interrogantes cruciales sobre el futuro. En el primero de los casos, se trata de hechos que al estar enraizados en los mercados de capitales y el sistema financiero pueden tener repercusiones sistémicas sobre el resto del mundo. En el otro, se trata de la sostenibilidad de un modelo apoyado en las exportaciones de materias primas que conlleva un fuerte sesgo hacia el consumo presente pero que no genera tracción suficiente en aumentar la inversión que apuntale aumentos de productividad. Esta carencia promueve una debilidad latente que generalmente se desencadena cuando se normaliza el ciclo de los precios internacionales de exportación.
EUROPA Y SU CRISIS. Una vez más, el Banco Central Europeo y Alemania se encuentran enfrentados en cómo resolver la crisis de la deuda griega. En tanto, permitieron que se ampliara el perímetro del contagio profundizando el nivel de los desafíos. Parecen ignorar que con los niveles de endeudamiento actuales de Italia -rondando 120 por ciento del PIB, contratado a corto plazo y en su mayoría a tasa variable- un aumento marginal de su costo de refinanciación de 2 por ciento implica un aumento de su costo fiscal de 2,4 por ciento del PIB. Peor aún, en una economía que continúa estancada, esos costos de financiamiento pueden conducirla a escenarios de insolvencia de no mediar cambios drásticos que promuevan su crecimiento y disminuyan su gasto público.
Se ha llegado a un límite en el tratamiento del tema, donde lo económico se reduce a un mero resultado que le da paso a la majestad de la política. Todos los actores, y en particular los gobernantes de naciones poderosas, conocen sobradamente las aritméticas a las que conducen sus propuestas. O las ignoran, pues se movilizan por visiones a las que nada puede anteponérsele. En este caso, es Alemania quien juega el papel de árbitro supremo, en un juego raro donde se mezcla un liderazgo bien habido contaminado con un enfoque cortoplacista obtuso. La mayoría de la opinión especializada concuerda que no hay ajuste fiscal posible que permita revertir la insolvencia de Grecia. También opina que en esta coyuntura ningún banco relevante puede ser sometido a mayores tensiones, y mucho menos quebrarlo. El ejemplo de Lehman Brothers es una muestra de lo que no se debe hacer en tiempos de crisis. Es bajo estos preceptos que el Banco Central Europeo se opone encarnizadamente a la propuesta alemana, que implica que el sector privado aporte su sacrificio.
En definitiva, Alemania rehuye los compromisos implícitos que conlleva su condición de líder de una unidad monetaria que incluye transferencias fiscales hacia socios en problemas en momentos de emergencia.
Su visión política no puede ignorar las realidades económicas que genera. La política no actúa en un vacío. En materia económica generalmente puede hacer lo que quiera, pero nunca evitar sus consecuencias.
La crisis europea ha sumido ya a cinco de sus miembros -Irlanda, Grecia, Portugal, España e Italia- en un atolladero del cual deben salir rápidamente antes que se instale un escenario de insolvencia generalizado de consecuencias insondables.
Es curioso que un continente con experiencia en resolver episodios similares, recaiga en esta situación. Máxime cuando el país generador del impasse, es quien sufrió la miopía de la política después de la primera gran guerra. Keynes en su libelo "Las consecuencias económicas de la paz" predijo la inviabilidad de las reparaciones de guerra impuestas a Alemania y sus focos de inestabilidad política subyacente. Es por eso que cuesta entender la tozudez y la búsqueda del escarmiento mal entendido de las autoridades alemanas.
EE. UU. Y SUS DILEMAS. La política, en este caso cargada de fragmentaciones extremas, también reaparece en el escenario económico norteamericano. Una suerte de fundamentalismo mesiánico en contra de los aumentos de impuestos tiene en jaque a la administración Obama, arriesgando a que no pueda pagar su deuda. Su magnitud económica es marginal, pero su impacto tiene dimensiones extremas. Está en juego la calificación de activos financieros donde la mayoría de sus tenedores son extranjeros. De paso, también pone en tela de juicio la solidez de la divisa preferida como reserva de valor.
Y todo por un mal llamado principismo fiscal dedicado a la tribuna interna, que se enraíza en un populismo que se nutre de sentimientos básicos como el no querer pagar impuestos, pero que ignoran la complejidad del mundo real y sus consecuencias ulteriores.
Sin duda que estamos en presencia de una disfuncionalidad que es común al mundo desarrollado, y que se plantea con virulencia extrema en el siglo que todos pronosticaban como el de la gran globalización. Esta realidad muestra que hay provincialismos políticos, a veces desatados por circunstancias económicas, que ensucian el funcionamiento de la economía global y quizás también su vigencia absoluta. Quizás eso siempre fue y seguirá siendo así. Como ejemplo cercano que convalida esa presunción, los acontecimientos que siguieron a la primera gran guerra son un ejemplo elocuente. El mundo venía de una experiencia globalizadora profunda ejercida a través del Imperio Británico que se encuentra con un Estados Unidos en ascenso que actuaba de locomotora del resto. Acontecimientos políticos de especie diversa terminaron con una fragmentación del escenario geopolítico y económico que tomó casi un siglo reencauzar. Para evitar malos entendidos, no estamos proyectando un escenario similar. Simplemente recordar que los cambios dramáticos no tienen una probabilidad desdeñable.
EL RESTO DEL MUNDO. En este ajetreo de situaciones, el mundo latinoamericano parece haber encontrado en el "Lulismo" una fórmula de acompasarle al crecimiento económico, la posibilidad de que se derrame hacia los sectores postergados de la sociedad. El eje político de la región, con los matices propios de cada situación parece irse inclinando en ese sentido.
Sin duda aquí también la política ha dejado su impronta, mostrando como resultado práctico la disminución de los niveles de pobreza y la mejora de los indicadores sociales. De todos modos, comienzan a aflorar preguntas sobre la sostenibilidad de la profundización de dicho proceso, lo cual aún no tienen buenas respuestas. La principal duda está referida a que la bonanza liderada por un boom exportador se agota en un mayor consumo corriente y escaso arrastre hacia la inversión. Aquí aparece una diferencia sustancial con el modelo asiático, incluyendo el chino: las exportaciones actúan como máquina de arrastre apoyada por un alto nivel de inversión, siendo el consumo la variable residual. En otras palabras, el sistema actúa bajo las reglas de un modelo de acumulación primitiva, donde el alto nivel de inversión es el trampolín que busca asegurar niveles de crecimiento estables.
En Brasil, hoy los consumidores de las clases medias y bajas están destinando el 25 por ciento de su ingreso disponible a servir su endeudamiento, cuando en Estados Unidos en el clímax de la reciente crisis ese porcentaje era del 16 por ciento. Los créditos en problemas vienen en ascenso, creciendo a un ritmo en lo que va de 2011 (22 por ciento) que es el mayor de los últimos nueve años. En tanto, la inversión no supera el 19 por ciento del PIB, a pesar de los generosos incentivos crediticios y fiscales.
Con características diferentes, las mismas tendencias se observan en los seguidores del Lulismo a lo largo y ancho del continente. Una constatación, fruto de las reglas de la política, es la dificultad de graduar el equilibrio entre el consumo corriente y la inversión. Lo primero está ligado por definición a las aspiraciones del electorado y por ende al ciclo político, por más loables que sean los objetivos buscados. En cambio, los efectos de lo segundo, incluyendo la inversión en educación, se efectivizan en el mediano plazo. Y eso le quita prioridad frente a la otra alternativa.
Desde esta otra dimensión, una vez más la política muestra su predominio en explicar el acontecer económico.