No entienden al campo

Es increíble. El Gobierno, que podría aprovechar una circunstancia de precios favorable para el campo, de tanto poner palos en la rueda está logrando lo increíble: detener al sector y ahondar la zanja entre los uruguayos, cavada a base de resentimiento.

IGNORANCIA CULPABLE. Las propuestas tributarias del gobierno se basan en errores técnicos muy graves. Estos son:

Primer error: la tierra se concentró. Afirmo una vez más que no hay una sola cifra que pruebe esto hoy. Los censos agropecuarios -el último del año 2000- muestran precisamente que si bien esto sucedió desde siempre, no ocurrió en la década del noventa. Y desde el 2000 para aquí, hay elementos para pensar que no ha acontecido así; por ejemplo el propio precio de la tierra, así como un buen estudio aparecido en el Anuario de Opypa 2010. Es verdad que hay empresas muy grandes que aprovechan todas las ventajas de la economía de escala. Pero en la mayoría de los casos se trata de empresas que tienen en propiedad poca tierra -en general arriendan- en las que, además, la propiedad está dividida en decenas de propietarios, a veces miles, que conforman la persona jurídica.

Segundo error: el campo paga pocos impuestos. Tampoco es verdad y el Gobierno lo sabe bien a través de un estudio de la DGI del año pasado, que comparó los aportes del campo con los de otros sectores económicos, la industria, el comercio y los servicios, llegando a la conclusión de que todos aportan aproximadamente lo mismo. Más aún; el estudio determinaba que el agro sufre una presión algo menor si se consideran solo los tributos de la DGI; pero incorporados al cálculo los impuestos de recaudación de otros organismos, es el agro el que más paga, como siempre. Esto lo sabe el Gobierno. Por supuesto si se cargan al agro otros gravámenes que se visualizan en enfoques de equilibrio general, como los vinculados al tipo de cambio o a la protección de otros sectores de la economía, es indiscutible que el agro es el sector que más paga impuestos.

Tercer error: los impuestos a la tierra favorecen la desconcentración. No es así. Es un error grueso que solo puede sostenerse si prosperaran divisiones truchas para evadir el impuesto. El efecto de un impuesto a la tierra por afectar negativamente su valor, no hace más que favorecer la concentración; el latifundio se da con tierra barata, no con tierra cara. Es obvio que si por cualquier magia se llevaran los campos a 100 dólares, no los comprarían obviamente los más chicos. Pero además y esto es lo más grave, hay un estudio de Cinve (Centro de Investigaciones Económicas), que el ministro de Economía conoce bien y que, expuesto por el actual director de Opypa, me tocó comentar hace unos años atrás. Se trata de un estudio encargado por CAF (Cooperativas Agrarias Federadas) que demostró, utilizando un modelo de equilibrio general computable, que el impuesto a la tierra deprime su valor y promueve -ya había promovido- su concentración. Recuerdo bien este trabajo porque ayudó a eliminar impuestos a la tierra en la discusión que antecedió a la reforma tributaria del agro de 1996, sin duda la mejor. Dicho sea al pasar, en el año 2010, como se puede leer en el Anuario de Opypa, los impuestos a la tierra superaron en la recaudación a los que se aplican a la renta.

Cuarto error: el agro paga poco porque no tributa ni Primaria ni Patrimonio. No interesa lo que se paga por cada impuesto sino por la suma, lo que determina la presión fiscal global, sin duda la más grande. Pero además, si bien el sector agropecuario en general no paga Impuesto al Patrimonio, sí lo hacen las sociedades anónimas, precisamente esas grandes empresas, y nada menos que -en promedio- unos 40 dólares por hectárea.

Quinto error: el agro está ganando mucha plata. Yo debo decir, a cuenta de futuros artículos más detallados, que no es así en mucho rubros. A lo mejor ocurre esto en la caña de azúcar, ya que su precio deriva solo de la magia. Pero en los rubros a la intemperie política no es así. Por ejemplo la producción de carne no cesa de caer desde el año 2006; la producción ovina se encuentra en sus mínimos históricos; y en cuanto a la agricultura de secano, recientes estudios de Fucrea prueban que el margen por actividad en los diferentes cultivos, para productividades medias, se ha estrechado al mínimo, ello debido al fuerte incremento de costos, al retraso cambiario, y a un fenómeno que no hay que olvidar: las empresas grandes comparan situaciones entre países y tienen la facilidad de cargar sus petates y trabajar más donde son mejor recibidas. No están desesperadas por trabajar en Uruguay. Paraguay, Brasil, y aunque parezca mentira Chile y Colombia, son destinos manejados por estas grandes empresas, propiedad de cientos o aún miles de personas. Con todos estos países se han reducido las distancias en cuanto a productividad, precio de la tierra, costos de producción, disponibilidad de infraestructura. Pero nosotros le agregamos ahora el riesgo político, amenazándolas por grandes, por muy rentables, por extranjeras, por plantar transgénicos, etc. Hay que ser muy frívolo para suponer que el país puede dejar de sembrar varios miles de hectáreas de trigo o soja, y que no va a pasar nada con el PIB, las exportaciones, o el empleo en particular en el Interior.

RESENTIMIENTO. Cuando se azuza a la gente contra el latifundio mintiendo sobre su dimensión; o cuando se engaña señalando que hay que gravar al que más tiene mientras se mira de reojo al productor rural, lo que se está haciendo es profundizar la zanja entre "ellos" y "nosotros", que se instala cada vez con más intensidad en nuestro país. Esto es gravísimo, porque va generando polos irreconciliables de gente que se divide no solo según sus partidos políticos, sino también en función de su cultura, de sus sentimientos y resentimientos, y hasta de su ubicación geográfica. Ellos y nosotros, es el primer paso que ya transitamos una vez hacia una sociedad en la que se volaron todos los puentes, que hoy no se podrían volver a levantar porque la educación, que sería la herramienta para hacerlo, está herida y también divide entre ellos y nosotros: los que podemos y los que no, los que nos educamos bien y los que nos educamos mal.

El gobierno no entiende al campo, que uniformemente va quedando todo de un lado de la zanja, y no lo entiende porque no lo conoce. Y no me refiero solo al conocimiento empírico de los que por profesión hemos transitado y lo seguiremos haciendo, hasta los rincones más lejanos y queridos de la patria. No parece querer entender tampoco ni una simple gráfica derivada de trabajos científicos realizados por su gente más competente. Me imagino que de continuar en esta línea algunos miembros del gabinete se irán, para mal o para bien; quién sabe.

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