Lecciones de una crisis perfecta

CARLOS STENERI

El reciente rescate bancario en Irlanda tiene todos los componentes de una crisis financiera perfecta. Sus orígenes corresponden a los excesos de una burbuja inmobiliaria alimentada por una expansión de crédito desmedida por parte de un sistema bancario mal regulado. Desde esa plataforma operativa que permitía prestar evaluando mal los riesgos, fue creciendo de manera desproporcionada un sistema bancario que decía cubrir la demanda insatisfecha de vivienda. Todo el mundo, de alguna manera, tuvo su hipoteca. De ahí a la fase especulativa, medió solo un paso. El episodio siguiente fue el debilitamiento de los balances de las instituciones más expuestas, seguido del clásico retiro de depósitos lo que fue secando la liquidez del sistema. El problema radicado inicialmente en pocas instituciones se fue esparciendo hacia el resto, lo que montó el escenario de una crisis que abarcó todo el sistema.

Preocupado el gobierno ante una situación que iba en bajada, salió el año pasado, primero a respaldar la liquidez y luego la solvencia del sistema con el hombro fiscal a través de garantías. Entre los beneficiados estaban los acreedores que habían aportado fondos al sistema a través de la compra de bonos emitidos por los bancos. Todo ello sin ir a resolver la raíz del problema, cuya cura para estos casos implica reconocer la pérdida, cerrar las instituciones insolventes y buscar la mejor alternativa para repartir la pérdida entre los diferentes sectores involucrados, incluyendo los ahorristas y los bonistas.

La dinámica que muestra este tipo de hechos continuó en forma inexorable: la crisis bancaria devino en una crisis fiscal que mutó rápidamente en una crisis de endeudamiento. Es así que un fisco prácticamente equilibrado, al incluir los costos del bail-out bancario en marcha llegó a un déficit absurdo de 36% del PIB. El endeudamiento público siguió una tendencia similar y, como era de esperar, sobrevino el desplome del valor de los bonos irlandeses con la contrapartida natural de un aumento significativo del costo del nuevo endeudamiento. En estos momentos, rozando el 9%, es decir más del doble del costo de financiamiento que tienen los países considerados libres de riesgo (Alemania).

Crisis de esta envergadura tienen, en la mayoría de los casos, su contrapartida en la erosión de la credibilidad de su cuerpo político, en particular de quien está timoneando la situación. Ello se alimenta de la actitud de rechazar la gravedad de un diagnóstico negativo serio. El resultado consiste en dilatar la adopción de acciones a la espera que haya alguna alternativa menos traumática. A lo cual sigue la etapa de resignación, antesala de la instrumentación de lo que es necesario hacer.

Es justamente en esta etapa en la que se encuentra la dilucidación de la crisis bancaria irlandesa. Superados los esfuerzos locales por la virulencia de la crisis, la búsqueda de asistencia internacional desde la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional fue el paso inmediato que dio lugar a los anuncios recientes de un paquete extraordinario de entre 80.000 y 100.000 millones de euros para sellar la crisis. Todavía se están gestando las reformas estructurales necesarias del sistema financiero, que son la pieza maestra necesaria para consolidar la situación. De todas maneras, el veredicto de cómo todo esto termina aun está por verse. Los sucesos en curso tienen implicancias internacionales, en particular de contagio dentro de la Unión Europea que no pueden desdeñarse.

LAS IMPLICANCIAS. La crisis irlandesa trasciende su espacio geográfico por razones diversas. También el diseño de su estrategia de salida.

En primer lugar, se deben respetar los cánones básicos impuestos por la Unión Europea. Una consecuencia es que no puede devaluar su moneda para facilitar el ajuste, a menos que decida salirse del sistema y enfrentar otro tipo de costos, entre ellos el acceso a un mercado ampliado altamente demandante de sus servicios. El resultado es que parte del ajuste fiscal que necesariamente tendrá lugar, será por medio de la deflación aunado con desempleo. Ya hay anuncios de rebajas salariales nominales.

También la crisis desnudó desequilibrios que se fueron gestando a lo largo del tiempo y que no se compadecen con el resto de la dinámica del espacio europeo. Es así que entre 2002 y 2008 el salario real irlandés corregido por productividad, estuvo creciendo por encima de la media de la mayoría de los países comunitarios. En otras palabras, una suerte de caída de su tipo de cambio real respecto al de socios europeos y, por ende, un freno a su crecimiento. Cómo recuperar esto último, es uno de los requisitos básicos que apuntala toda estrategia de salida. El acompasamiento de los niveles salariales será un componente crucial pero también polémico. La realidad muestra que existen reglas inadecuadas en el mercado laboral para operar en un ámbito donde impera un tipo de cambio fijo, y en particular donde hay socios con productividad creciente.

En definitiva, la pertenencia a la Unión Europea agrega un factor adicional de complejidad al problema, pues limita los grados de libertad de quienes operan buscándole solución. Eso impondrá una mayor carga de estrés a su cuerpo político, pues deberá agregar a las necesidades de la solución propia, los requerimientos de la Unión Europea.

También es una lección para las naciones pequeñas que deciden entrar en espacios de integración donde residen naciones que imponen por la fuerza del propio peso de sus economías, la dinámica y la consecuencia de los hechos.

Y por eso también, es probable que naciones como Suecia, Dinamarca y el Reino Unido decidieran no entregar su soberanía monetaria, al rechazar al euro como su moneda. Es que, cuando hay tormenta, el disponer de una escotilla de salida se torna invalorable.

RIESGO DE CONTAGIO. El sector bancario europeo es uno de los canales a través del cual puede esparcirse la crisis. Las bancas alemana e inglesa están sumamente expuestas a los acontecimientos en Irlanda. En efecto, la crisis inmobiliaria fue alimentada en buena parte con crédito proveniente de esas jurisdicciones a través de sus bancos. La razón fue la existencia de retornos más altos, aprovechando el arbitraje regulatorio favorable que ofrecía ese país. En otras palabras, mayor libertad de acción para buscar retornos. Una vez más, se repitió el error ocurrido ya en Islandia, donde la banca europea incurrió en excesos aprovechando las oportunidades de marcos regulatorios más favorables a los vigentes en otras jurisdicciones. Fue una advertencia, en un país chico que ofrecía servicios bancarios para el viejo continente, aunque por una magnitud menor que la del caso presente.

El dominó de las crisis hace pensar en Portugal, otro de los países comprometidos, donde es la banca española su mayor acreedor.

Por tanto, hay una situación de cuidado para la cual se hace necesario trazar prestamente los cortafuegos correspondientes. Para ello, el Fondo Europeo de Estabilización Financiera de 750.000 millones de euros, parece suficiente para lidiar con eventos de crisis en los países periféricos. Pero en el caso de traspasarse esos ámbitos, se estaría hablando de otras dimensiones del problema, donde esos recursos son insuficientes.

El endeudamiento externo es la otra vía por la cual el contagio puede esparcirse. Los tres países periféricos tienen hoy dificultades para financiarse adecuadamente, es decir pagando costos adecuados y a plazos que eviten la angustia del refinanciamiento permanente. Hoy lo hacen a plazos que no superan generalmente los 180 días y pagando casi 9% en euros, más del doble que los socios comunitarios solventes.

Y aquí radica un desafío en cuya resolución deberán utilizarse la imaginación y las mejores prácticas disponibles. Su punto central es que la banca está expuesta a la deuda de esos tres países. Por tanto, una reestructura tradicional reconociendo pérdidas, implica mayor presión sobre el sistema bancario pues explicita pérdidas que pueden aumentar la desconfianza en la masa de depositantes. Inclusive un refinanciamiento simple dentro de la complejidad que presenta su diseño e instrumentación, como el que hizo Uruguay en el 2003, presenta el riesgo de debilitar la liquidez del sistema.

En conclusión, una situación compleja para la cual pensamos que recién se está en los albores de resolverla completamente. Por consiguiente, hay una luz amarilla en el firmamento. Aunque lejana, esperamos que se apague pronto por el bien de todos. En tanto corresponde estar alertas. El contagio es una categoría real, que una vez desatado puede arribar a confines inesperados.

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