A los surcoreanos les aterroriza la perspectiva de la reanudación de los combates a través del "Paralelo 38" que divide a su país del norte comunista. Pero no todos ellos ansían el desenlace alternativo para su guerra fría: el acercamiento y la reunificación.
La indigencia de Corea del Norte es casi tan temible como su beligerancia. El colapso de su cruenta dictadura -improbable pero no impensable- podría reemplazar una amenaza militar con una diversidad de peligros económicos, incluyendo una inundación de trabajo migrante barato y costosas obligaciones para apoyar a la gente y la infraestructura del norte. El ejemplo de Alemania no es tranquilizador. Dos décadas después de la reunificación, el este todavía aún le exige mucho al presupuesto alemán y le agrega mucho a sus cifras de desempleo.
Antes de la última guerra de Corea en 1950, el norte era el hogar de la mayor parte de la industria pesada del país. Hasta 1975 su ingreso per cápita todavía excedía el del sur, de acuerdo a Eui-Gak Hwang de la Universidad de Corea en Seúl. "Obviamente, más tarde o más temprano el país deberá reunificarse", escribió Joan Robinson, una economista de Cambridge en 1977, "absorbiendo el socialismo al sur".
El banco central de Corea del Sur estima que el ingreso anual per cápita de Corea del Norte era solamente US$ 960 en 2009, o alrededor del 5% del de Corea del Sur (esta estimación valora el producto de Corea del Norte usando los precios de Corea del Sur y su tipo de cambio contra el dólar). Tal disparidad hace parecer pequeña a la brecha en el ingreso existente entre las dos Alemanias en las vísperas de la reunificación. Corea del Norte es más pobre que Alemania del Este, y también es más grande. Su población de 24 millones es alrededor de la mitad de la de Corea del Sur, mientras que la de Alemania de Este era sólo un cuarto del tamaño de Alemania Occidental.
Si se reunifican las Coreas, el gobierno podría enfrentar una disyuntiva difícil. Podría tratar de disminuir la brecha entre los estándares de vida del norte y del sur, a través de asistencia, inversión pública y subsidios. O podría prepararse para una fuerte migración, cuando los norteños pobres se muden al sur en busca de mejores salarios. Alemania se volcó a la primera opción. Los salarios en marcos "ostmark" de Alemania del Este fueron convertidos en marcos de Alemania Occidental a una tasa de uno a uno, luego elevados por presión de los sindicatos cerca de los niveles de Alemania Occidental. Esto disipó los temores de que trabajadores migrantes pudieran inundar el oeste, o que el capital pudiera retirarse. Pero también disuadió la inversión privada en el este -excepto por la altamente subsidiada especulación inmobiliaria que finalmente falló- y encareció, hasta dejarlos afuera del mercado laboral, a algunos de sus trabajadores.
Michael Funke de la Universidad de Hamburgo y Holger Strulik de la Universidad de Leibniz en Hanover son dos de los muchos economistas que han estudiado la reunificación alemana. En 2005 usaron el mismo marco para modelar el caso coreano. Sus cálculos (que describen como "especulación rigurosa") ilustran la escala del problema. Igualar los estándares de vida en ambas partes del país costaría inicialmente más de la mitad de los ingresos fiscales de Corea del Sur. El gobierno podría reducir la carga fiscal al 30% de los ingresos, pero con el costo de recibir a 8 millones de inmigrantes, estiman los economistas.
El gobierno podría, por supuesto, distribuir el costo en el tiempo endeudándose afuera: no hay razón para que los coreanos de hoy deban pagar el costo total de reunificar su país. Y en principio, la productividad de Corea del Norte podría alcanzar la del Sur bastante rápido. Como el capital es escaso en el Norte, los retornos en teoría deberían ser altos. Los inversores serán atraídos a su prometedora localización, su materia prima y sus trabajadores, que son jóvenes, razonablemente bien educados y baratos. Muchas empresas surcoreanas y chinas ya han dado el paso. Hyundai Asan y Korea Land Corporation, por ejemplo, tienen el Complejo Industrial Kaesong unas pocas millas dentro de Corea del Norte. Alberga 116 fábricas que emplean 40.000 norcoreanos, produciendo textiles, químicos, productos electrónicos y otros bienes por más de veinte millones de dólares al mes.
A pesar del compromiso obstinado de Corea del Norte con la planificación central, el mercado está creciendo como una enredadera en las rajaduras del edificio socialista. En su nuevo libro, "Testigo de la transformación", Stephan Haggard y Marcus Noland documentan esta reforma del mercado "desde abajo", basándose en encuestas de refugiados en Corea del Sur y China. Encontraron que 62% de los refugiados en China había dependido del mercado como su fuente primaria de alimentos; sólo 3% dependía del Estado. Y casi el 70% de los refugiados dijo obtener más de la mitad de su ingreso de alguna forma de emprendimiento privado, como la venta de cosechas o la reparación de bicicletas.
Los norcoreanos se volcaron al mercado como consecuencia de la desesperación. Durante la hambruna de mediados de los noventa, por ejemplo, el sistema de distribución pública se quebró, obligando a los hogares a criar ganado, recolectar bellotas y algas marinas, o cultivar alimentos en sus cocinas. Los mercados informales florecieron, mientras la gente ignoraba a la ley o la desafiaba. En 2002 algunos de estos intercambios fueron despenalizados. Pero desde 2005 el régimen los persigue nuevamente.
UN CAMINO ESCABROSO. Este sistema clandestino de tratos, trueque e intercambio puede eventualmente ser la semilla de una economía de mercado más dinámica. Pero el fracaso de la planificación central de Corea del Norte es una bendición mixta. Uno de los pocos países comunistas que liberalizó su economía sin una gran caída en su producción fue China. Lo hizo manteniendo su plan central en funcionamiento durante el tiempo suficiente como para que el crecimiento lo volviera irrelevante. En los primeros años de la reforma, los hogares y las empresas mantuvieron los derechos y obligaciones que se les asignaban centralmente. Pero eran libres de vender o comprar cualquier cosa extra por el dinero que pudieran. Esto le permitió a los precios hacer su trabajo de señalización de escasez y abundancia, aún pudiendo evitar los trastornos y las dificultades sufridas por otras economías en transición.
Corea del Norte se beneficiaría si siguiera el ejemplo de China, sostiene Gérard Roland de la Universidad de California en Berkeley (por lo menos, los hogares deberían tener derecho a una ración de bienes esenciales a precios controlados). Antes de que Corea del Norte pueda lograr una transición exitosa a una economía de mercado, entonces, puede tener que revivir alguna medida, como su sistema de distribución pública. El mejor camino del país puede estar en revivir un plan rudimentario.
El camino hacia una economía de mercado va a ser sin dudas escabroso. El hermano comunista de Corea del Sur es más pobre y más populoso que lo que era Alemania del Este. Pero como señalan Funke, Strulik y Roland, las Coreas tienen una ventaja frente a Alemania. Pueden aprender de su ejemplo.