La ineficacia del afán distributivo

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JORGE CAUMONT

Algunos "igualitaristas" proponen mejorar la distribución del ingreso; otros se inclinan por mejorar la distribución de la riqueza. Los primeros quieren hacerlo a través de la modificación de flujos que hoy ya van en ese sentido: darle más a los que reciben menos, transfiriéndoles más desde aquellos que reciben más. Los segundos lo quieren hacer modificando stocks: transfiriéndoles a los que poseen menos desde quienes poseen más, aunque para hacerlo instantáneamente no haya instrumentos que no sean equiparables a una expropiación sin contrapartida. Distribución del ingreso y distribución de la riqueza son dos conceptos muy diferentes. En la semántica de quienes tienen afán igualitarista y distributivo se observa que no hay comprensión que un stock, como la riqueza, es un conjunto de flujos de ingresos netos acumulados ya gravados y que entonces, habiendo aplicado instrumentos redistributivos a partir de impuestos sobre el ingreso, volverlos a aplicar a través de impuestos al patrimonio es un doble castigo -doble tributación- sin el fundamento empírico de la mejora buscada. El problema del "igualitarismo" no se soluciona con acciones tributarias, gravando a unos y transfiriendo ingresos a otros, que dejan fuertes contingentes de dinero en el camino entre la fuente y el destino de los fondos y que provocan costos sociales impresionantes según el impuesto que se utilice y la forma que adquiera la transferencia. Tampoco se soluciona con acciones de menor o mayor gasto público en esto o en aquello, pues el sedimento que las transferencias dejan no es necesariamente el que corregirá el problema distributivo definitivamente en el futuro. Peor aún, las transferencias sin contrapartida, como las hay, lo pueden agravar. Evidentemente, la solución, por ser imposible, no se puede alcanzar en plazo alguno. La evidencia empírica muestra que, con las propuestas actuales, el problema de la distribución desigual -sea del ingreso o de la riqueza- no es posible corregirlo, no hay una solución definitiva, estable. Y eso es así porque la igualdad de oportunidades, natural o intentada forjar por intervenciones de política que sería en gran medida lo que está detrás del problema, no existe ni se puede crear. La igualdad de oportunidades es una entelequia y la forma de luchar contra algo que no es posible en la realidad, no sólo es utópico, es también muy costoso frente al resultado que podría alcanzarse con el funcionamiento natural de una economía.

FLUJOS VERSUS STOCKS. En la discusión de estos días se confunden flujos con stocks. Algunos hablan de que es necesario mejorar el ingreso pero se refieren a la riqueza; otros hablan de mejorar la riqueza pero se refieren al ingreso. En definitiva, lo importante para llegar a un buen puerto es tener claro lo que se desea: ¿mejorar la distribución del ingreso o mejorar la distribución de la riqueza? Porque si no existe claridad de objetivos o no se distingue bien entre ellos, los instrumentos para lograrlos pueden ser inadecuados. ¿Quién cree que transfiriendo ingresos logrados a través de una recaudación tributaria concentrada sobre quienes más ganan a aquellos que menos retribución reciben es algo que contribuye a mejorar la distribución del ingreso o aún de la riqueza? No existe evidencia empírica en nuestro país que lo que ocurre desde el año 2008 con el impuesto a la renta haya logrado otra cosa que no sea mayor ineficiencia del sistema tributario y altos costos explícitos e implícitos para los contribuyentes sin el correspondiente beneficio para alguien en la magnitud de la exacción. En términos de valor presente o actualizado de los flujos de pagos de impuestos, lo que dejan de ganar los más gravados en diez años es mucho más que el beneficio actualizado de quienes reciben la transferencia. Pero si eso es un problema de traslación de ingresos entre particulares, entre privados, peor aún es para la sociedad en su conjunto para la cual el valor social neto de las transferencias actualizadas es negativo. Quienes reciben la transferencia de ingresos no obtienen todo lo que pagan quienes son gravados y la contribución a la sociedad de los receptores de los ingresos transferidos es notablemente menor a la que dejan de hacer, por falta de mayor "fondeo" de sus inversiones o de la asignación de sus activos, quienes son gravados.

TRABAJADOR GRAVADO. En Uruguay el ingreso está gravado por varios conceptos. Tomando solamente el caso de un trabajador, su ingreso está gravado con su aporte personal a la seguridad social para acumular fondos para cuando se jubile, y digo que está gravado porque lo debe hacer obligatoriamente y no voluntariamente, y porque seguramente recibirá menos que lo que ahorró. También debe pagar el impuesto al FONASA y puede estar gravado con el impuesto a sus ingresos como persona física y con impuesto de primaria. Y con el resto de su ingreso, debe pagar por sus gastos el impuesto al valor agregado. Si a lo largo de su vida laboral puede de todos modos ahorrar, el patrimonio que va acumulando -el ingreso neto que genera en el tiempo y que va sumando- vuelve a estar gravado. En otras palabras, se grava su flujo de ingresos y se grava el stock de ingresos netos acumulados o patrimonio. Evidentemente, la persona deja de contribuir al producto de la sociedad en la medida que podría hacerlo si tuviera un patrimonio mayor o un ingreso menos gravado. Los impuestos que paga fluyen, desde sus ingresos y desde su patrimonio, hacia la Tesorería que los usa para financiar, entre otras cosas, a la salud y a la educación y también las transferencias sin contrapartida que se vuelcan en programas sociales. En el camino, parte de esos pagos de impuestos se asignan a transferencias que no son necesarias -por sueldos, etc., que se pagan a quienes recaudan, controlan, etc., por el costo de la recaudación- e incluso se pierden sin que nadie los recoja configurando el costo social de la tributación. Cuando los fondos llegan mermados a la Tesorería, se los asigna a actividades que no son enteramente las que supuestamente mejoran la distribución del ingreso o de la riqueza. Considérese el caso de la educación terciaria, el presupuesto creciente que se le concede y los resultados que se obtienen. De acuerdo con investigaciones académicas, quienes culminan las carreras universitarias y se reciben, pertenecen en proporción mayoritaria a sectores de ingresos más altos. Lo que ocurre con la educación es más grave aún cuando se observa que sectores de ingresos relativamente más altos reciben un subsidio también a través de la educación secundaria.

Es comprensible la preocupación distributiva, igualitarista, pero ante una entelequia como la que se plantea y que se intenta de todos modos, es recomendable medir los costos que tiene para la sociedad, una utopía con peligroso sesgo electoralista.

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