América Latina y sus encrucijadas

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CARLOS STENERI

Entre la euforia de una América Latina que sigue creciendo a tasas rampantes y voces de advertencia sobre riesgos latentes, acaba de culminar la Asamblea de Gobernadores del BID.

Justo es decir que en los últimos sesenta años nunca se presenció un período de bonanza tan prolongado y profundo que abarcara a la mayoría de los países de la región.

Sin duda, el cambio estructural que indujo la irrupción de China y su periferia asiática explica buena parte de los resultados que cada país de la región potenció a su favor de acuerdo al grado de calidad de sus políticas y sus instituciones. Salvo escasas excepciones, todo el continente se cubrió con un manto de crecimiento que le permitió mejorar indicadores sociales pero que fue despertando nuevos desafíos.

En paralelo, el mundo desarrollado soportó una crisis financiera sin parangón en la historia reciente, aún no resuelta en el continente europeo. Una de sus consecuencias es el fortalecimiento del stock de liquidez y la permanencia de tasas de interés bajas en el mediano plazo.

Sin duda que hay coincidencia casi generalizada en que el crecimiento fue inducido por la extraordinaria bonanza internacional que abrió mercados fortaleciendo el precio de las materias primas, ya sean minerales o alimentos. A su vez, esa abundancia financiera tuvo como una de sus contrapartes la expansión de la inversión directa extranjera y el financiamiento de actividades productivas a tasas de interés bajas.

Pero esa dinámica también genera efectos colaterales adversos que hoy complican la ejecución de las políticas económicas y deja planteadas diversas interrogantes en clave de riesgos latentes para la región, para las cuales no hay respuestas a nuestro entender adecuadas. Eso porque su ámbito generatriz es la incertidumbre que otorgan las situaciones nuevas.

INCERTIDUMBRES. Sin duda, que el devenir económico del mundo está atado al comportamiento de China, India y su periferia aledaña. Ellos han sido las fuerzas motrices por detrás del fortalecimiento del precio de las materias primas. Sobre su comportamiento futuro mucho se ha hablado y el consenso de opiniones muestra que un aterrizaje suave de esas economías a tasas de crecimiento de un dígito, oscilantes entre el 7-8% anual, puede tener un efecto a la baja más pronunciado en el precio de los minerales que en el de los alimentos. Por tanto, un enfriamiento en el ciclo de crecimiento mundial afectará menos a los países exportadores de productos agropecuarios que a los mineros.

Entre tanto análisis para discernir sendas futuras del comportamiento de esos precios, las series históricas largas de precios muestran que los niveles actuales en términos reales son inferiores a los vigentes entre 1914-18 y los correspondientes a los inicios de la década del cincuenta del siglo pasado, esto en particular para los precios agrícolas. Por ende, el mundo ya ha vivido con episodios similares de gran euforia, seguidos con caídas vertiginosas por razones de especie diversa.

Aunque nos afiliamos a la tesis que las cotizaciones actuales tienen un cierto piso, dados los cambios estructurales permanentes que han ocurrido en el mundo, una nota de cautela es saludable para limitar el optimismo permanente.

Un segundo aspecto que alimenta la incertidumbre actual es cómo será absorbida la enorme liquidez internacional que se continúa inyectando en el sistema monetario internacional. Sin duda que ya algunos de sus efectos de corto plazo se hicieron presentes, apreciando las monedas de la región. Su consecuencia ha sido una batería de medidas ineficaces para revertirla, centradas en limitar el movimiento de capitales mediante impuestos o instrumentos de efecto equivalente. Pero como era esperable eso promovió argumentos para el proteccionismo, categoría que bajo diversas modalidades se hizo presente con fuerza en el seno del Mercosur. El mayor riesgo de esa postura, más allá de los daños inmediatos, son las dificultades para revertirlo una vez que se ha afincado al amparo de una causa "justificada y temporaria" para compensar un efecto adverso que se entiende proviene exclusivamente desde el resto del mundo.

Esto lleva de la mano a considerar dos riesgos conexos ligados con la crisis europea, a nuestro entender aún sin resolver. El primero se conecta con la visión, a nuestro entender equivocada, que supone que la enorme liquidez internacional sea una fuente permanente de financiamiento para la región. En otras palabras, que las reversiones en los flujos de capital externos (sudden stops) son una cosa del pasado o algo con una probabilidad muy baja. Para ello debemos recordar que el sistema financiero internacional continúa con una herida abierta explicada por las dificultades de Grecia, aún no resueltas y las potenciales de varios países de la periferia del Mediterráneo europeo. Eso aplica incertidumbre no tan solo a los mercados de capital, sino también que abre signos de interrogación sobre la estabilidad del propio sistema bancario europeo. Más aún, ante situaciones de estrés en los bancos del viejo continente motivados por los episodios de la crisis de deuda soberana de algunos miembros de la Unión Europea, nuestra región puede convertirse en una fuente de liquidez de última instancia para las matrices de instituciones bancarias afincadas en la región. Ante ello se estaría ante una nueva modalidad de un sudden stop, esta vez generando una contracción a través de la disminución del crédito doméstico y debilitando la liquidez disponible del sistema.

Por otro lado, en una comunidad global de agentes económicos donde la aversión al riesgo se dispara rápidamente ante los rumores desechando los fundamentos, se generan las condiciones para protegerse ante el primer signo adverso. En la práctica eso implica que aplican sus fondos en activos que consideran sin riesgo aunque deban pagar una penalidad alta por pérdida de rendimiento. En los hechos, eso implica invertirlos a una tasa de interés nominal cercana a cero. Para la región eso desata un sudden stop, con las consecuencias contractivas consabidas. No debemos olvidar que en la mayoría de Latinoamérica, y Uruguay no es la excepción, el aumento de la inversión bruta vino de la mano del crecimiento de la inversión directa extranjera. El esfuerzo propio para consolidar la inversión por aumento del ahorro público o privado fue prácticamente nulo.

EL CORTO PLAZO. Ese marco estructural internacional que otorga oportunidades pero genera riesgos, conlleva necesariamente a la instrumentación de políticas adecuadas para atender ambas circunstancias. En otras palabras, aprovechar al máximo lo positivo y protegerse de las circunstancias negativas.

Sobre esos andariveles quedan encerradas tanto las naciones grandes como las chicas, aunque las primeras por su tamaño son quienes determinan las sendas de los grandes acontecimientos.

Sobre esto es que las dos naciones más grandes del Cono Sur se han sumergido en una senda proteccionista. Quizás por necesidades diversas, pero entendemos que bajo un tronco ideológico común de cómo potenciar su crecimiento. La situación internacional actual es la excusa necesaria, en otras palabras, el motivo de fuerza mayor que los lleva por ese camino.

Solamente como recordatorio, ambas naciones han transitado ese camino hace varias décadas atrás, con los resultados conocidos. El estancamiento en el largo plazo fue la tónica generalizada, no habiendo justificativos para decir que esta vez será diferente. El tema del crecimiento se apoya en aumentos de productividad, como lo ha demostrado la revolución agropecuaria que ha tenido lugar en Uruguay y Brasil, y no el proteccionismo. Algunos argumentan que la protección es la condición necesaria previa al aumento de la productividad. La experiencia empírica desmiente esa visión. La productividad se fortalece por otros caminos más complejos como la educación, la inversión en infraestructura en su acepción más amplia y el perfeccionamiento institucional, todo con el cometido último de bajar los costos unitarios de producción.

Sobre estas encrucijadas complejas se encuentra la región, y nuestro país. No son temas fáciles, lo cual obliga a actuar con mente certera para tomar el rumbo adecuado y evitar entrar en tentaciones cortoplacistas estériles.

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